Rafael Chirbes y el futuro de la novela social en España

La reciente muerte de Rafael Chirbes duele profundamente, no solo por la  pérdida que supone para las letras hispánicas contemporáneas (no me corresponde a mí poner en valor el incontestable legado literario del que es quizás el autor que más unanimidad ha suscitado en las dos últimas décadas entre la crítica especializada, aunque el reconocimiento por parte del público lector haya sido tardío y a todas luces escaso), sino también por el vacío que deja  en la aún incipiente corriente de la nueva novela social, camino en el que se convirtió en principal adalid con sus demoledoras, desesperanzadas y (de puro realistas) transgresoras obras Crematorio (2007, Anagrama) y  En la orilla (2013, ídem).

En efecto, en un momento  en el que la literatura española  parece discurrir por cauces ajenos a la realidad sociopolítica de un país que ha caído a los infiernos de la crisis desde las alturas ilusorias del crecimiento sin fin, la literatura se hace de nuevo necesaria en su doble función de espejo y arma del cambio social. Como espejo, en tanto que nos devuelve con su honestidad brutal una imagen de nosotros mismos absolutamente depredadora; como arma, en la medida en que esa imagen que con altas dosis de autoengaño, hipocresía y  buscada ignorancia  hemos sepultado se nos revela insoportable, y en consecuencia,  acciona el mecanismo mental de la toma de conciencia y transformación social.

No debemos caer con esto en posturas extremas derivadas  la dictadura de lo ideológico, que nos pudieran llevar a la sobrevaloración del puro panfleto sobre cualquier calidad estética (sobre esta cuestión  Sergio del Molino afirmaba, en su reciente artículo “Lolita Sexagenaria”, que en el panorama editorial actual la  magna novela de Nabokov difícilmente se publicaría hoy “porque es un libro demasiado literario y no tiene moraleja ni compromiso ideológico”, teniendo en cuenta que “en el mundo literario, el adjetivo literario, aplicado a una obra narrativa, se ha convertido en un defecto ante el cual tuercen el gesto los jefes de marketing”); pero sí llama poderosamente la atención que en un momento de absoluta efervescencia política y social, en ese interesantísimo hervidero ideológico que supone la España post-crisis para la ficción, sea aún tan corta la nómina de autores que hayan abogado decididamente por una la literatura comprometida que no rehúya el realismo social.

Así, dejando de lado el caso excepcional del teatro, en el que textos de marcado contenido ideológico parecen vivir una nueva edad de oro gracias, en muchos casos, a la proliferación y empuje de los teatros de barrio, en el mundo de la literatura todavía son excepcionales los casos de escritores que de manera más o menos explícita han dado un paso adelante a favor de  la revivificación de la literatura social: Chirbes, Isaac Rosa,  Belén Gopegui, Juan Bonilla en la narrativa corta…pocos son los ejemplos relevantes que se nos vengan a la cabeza (y lo mismo sucede con la Lírica, en el que la poesía social es a  todas luces marginal: Pablo García Casado y Benjamín Prado son los ejemplos más notables de esta corriente). Todo ello sin obviar, por supuesto, a los autores más reseñables en el ámbito de la novela negra (González Ledesma, Marta Sanz, Lorenzo Silva…), un subgénero que por sus propias características temáticas y narrativas sí impone una mirada descarnada de las aspectos más infames de la realidad.

La situación constatada no implica per se una nota negativa del panorama de la ficción española contemporánea, pero resulta paradójica si atendemos al creciente éxito del ensayo y la no ficción sobre la crisis y aledaños (desde Sampedro o Muñoz Molina hasta una larguísima nómina de expresidentes, políticos novatos  y jubilados) y sobre todo, si echamos un rápido vistazo al florecimiento de muy prolijas corrientes temáticas y estéticas en las últimas décadas en España: desde los existencialistas universos juveniles  de buena parte de los autores de la llamada Generación X (Loriga, Mañas, Trueba, la propia Gopegui), pasando por el boom sin parangón de la novela sobre la Guerra Civil (Cercas, Alberto Méndez, Almudena Grandes…la lista es casi interminable), hasta la vanguardia y experimentalismo narrativos  de la muy discutida “Generación Nocilla” ¿Por qué no ha sucedido algo así con la novela social, una novela que reflexione sobre su tiempo como lo hicieron Galdós y Baroja, o de manera más velada, pero si acaso más meritoria, Delibes o Cela?

La concesión en el año 2014 del Premio Nacional de Narrativa y el de la Crítica a la citada En la Orilla supuso en buena parte un reconocimiento expreso no solo a un autor que ya había sido multipremiado e incluido en todas las listas de pesos pesados de la literatura contemporánea, sino también a la consagración del panorama de crisis como material novelable, en una excelente obra que es  un aldabonazo sobre la moral del avestruz y la corrección política. Chirbes se convertía así, sin renunciar en ningún momento a la calidad estética,  en la  más destacada voz de un movimiento que denuncia las traiciones intergeneracionales y el cainismo que aflora en la España de nuestros días,  sin concesiones a las lecturas bienintencionadas de nuestra historia  de buena parte de los nombres más reconocibles en el panorama de la ficción literaria posterior a la Transición. Un movimiento que no solo bebe de  los  evidentes referentes nacionales nombrados (al que habría que sumar la también evidente influencia de Martín Santos en lo que a técnicas narrativas se refiere), sino que también corre parejo al renacer de la gran novela realista americana de Roth o Franzen tras el 11-S (una crisis en la forma y en el fondo diferente, pero que comparte con la que ahora vivimos en Europa el hondo pesimismo que nace del velo caído, de la verdad hiriente revelada). Pintor a tiempo real de la intrahistoria de un país en pleno ocaso, el caso del escritor valenciano es aún más sui generis si se toma en consideración a la generación a la que por edad pertenece; una generación que a menudo se muestra complaciente con el presente y recurre a la crítica nada discutible pero también menos problemática de los años de la dictadura y la Guerra Civil.

¿Qué va a ocurrir con este movimiento tras el fallecimiento del novelista? ¿Se consolidará una nueva generación de narradores de tono realista, que recuperen esa mirada certera al tiempo en progreso que incluso a nivel mediático está más vivo que nunca?  ¿Ha llegado el momento de volver a poner en valor a  la injustamente denostada Generación de los 50 y de desmontar la crítica esteticista  que la ha tachado de pedestre y poco literaria?

Resulta difícil plantear hipótesis  de futuro con tan poco recorrido. Quizá sea necesario dejar pasar el tiempo para que las nuevas generaciones de escritores puedan realizar una crítica mesurada y serena sobre las España de la crisis y sus implicaciones económicas, ideológicas y morales. Quizá cuando sea ya tarde para que la literatura atienda a esa realidad, una vez que volvamos a olvidarnos de ella, habida cuenta del común  vicio de la amnesia a corto plazo. Quizá por ello Chirbes era hoy más necesario que nunca, porque no contaba simples historias imbricadas en un contexto perfectamente reconocible, sino que, genialidad mediante y a bofetada por línea,  nos estaba contando.


Rafael Chirbes y el futuro de la novela social en España