CONSIDERACIONES ACERCA DE LA ENSAYÍSTICA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX: ORTEGA Y SUS CRÍTICOS

Acometer un estudio teórico preliminar del ensayo en la España de los dos últimos siglos es una tarea harto difícil, pero se revela  imprescindible en tanto en cuanto se trata sin duda del género que se enfrenta a mayores dificultades de deslinde y definición (una indefinición que podemos calificar como histórica, en la medida en que está presente ya desde los textos seminales de Montaigne), y en ese sentido, es preceptivo clarificar, antes de entrar a considerar corrientes, autores… qué debe ser aquello que entendamos por ensayo en la actualidad.

En efecto, pese a que han transcurrido más de cuatrocientos años desde que el autor francés publicara sus Ensayos, la definición de los rasgos caracterizadores del ensayo como género literario sigue siendo aún un tema relativamente candente en la Teoría de la Literatura, y el público no avezado a menudo lo asimila de manera intuitiva a ese cajón de sastre que los suplementos literarios, librerías y las propias editoriales llaman no ficción (una categoría importada del mundo anglosajón, a partir de las novelas testimoniales que en los años 60 del siglo pasado publicaron autores del Nuevo Periodismo norteamericano): parece evidente que, por  muy sagaz que parezca este principio clasificatorio, es del todo inexacto, en la medida en que la no ficción engloba textos de carácter biográfico, histórico, económico, científico…  que tienen poco que ver con el ensayo; y aún más, en tanto en cuanto que el ensayo incluye con frecuencia relatos de ficción entreverados y ejemplos en los que la imaginación juega un papel fundamental, lo que convertiría al género que analizamos en la parte más literaria de la no ficción.

Ya desde el Prólogo a la obra fundacional de Montaigne, el ensayo aparece como un género asistemático y de prosa fluida y no solemne; un género que discurre, pues, al margen de la corriente principal de la modernidad científica y filosófica que alcanza su mayor impulso con Descartes.  Es así  definido como un género de carácter privado, que rehúye cualquier pretensión de objetividad y en el que no importa demasiado el provecho gnoseológico del lector, sino más bien la libertad del autor para reflexionar sobre temas humanísticos  o de interés general por medio de una prosa líquida, alejada del método. Una definición primaria que ha sido complementada  a lo largo de los siglos, y de modo especialmente pormenorizado por Adorno en su texto “El ensayo como forma” (1958), en el que procede mediante la negación sistemática de las Reglas para la dirección del Espíritu cartesianas (1628). Es quizá esta última la definición genérica más influyente y aceptada en la actualidad por su  rigor analítico, pero es preciso señalar que se trata en todo caso de una definición muy compleja y en último término, demasiado restringida, que pone de manifiesto que la caracterización del  ensayo es quizá un problema que no tenga una solución definitiva y unívoca (pero ¿qué género literario la tiene?).

No viene al caso ahora estudiar cada una de las reglas de definición que contiene el texto de Adorno, pues dicha tarea sobrepasa con mucho las intenciones de este blog y mis propios conocimientos, pero lo dicho en el párrafo anterior es interesante para poner de relieve una nota característica del ensayo moderno frente a su definición clásica: a saber, que con el paso de los siglos el ensayo se presenta como un vehículo  prioritario para la reflexión filosófica, frente a la idea degradada que del género habían tenido los pensadores vinculados a la tradición cartesiana, que asimilan la reflexión filosófica a la ciencia y al pensamiento lógico-matemático.

Centrándonos ya en el caso de nuestro país, es necesario dejar clara una premisa que condicionará de modo crucial la evolución del género ensayístico contemporáneo: España es un país con una tradición filosófica muy débil, sobre todo si la comparamos con la robustez de otras tradiciones europeas como la alemana o la italiana. Esta desventaja comparativa explicará la escasez de autores españoles  de ensayos con renombre e influencia en el continente, así como la escasa difusión en el propio territorio de las principales corrientes de pensamiento de la época, que acabarán por convertirse en muchos casos en patrimonio exclusivo de élites académicas o universitarias.  Es muy llamativo, además, que alguna de las corrientes filosóficas más arraigadas en estos ámbitos, como lo fue el krausismo durante buena parte del siglo XIX y principios del XX, apenas tuvieran importancia en sus países de origen, lo que solo se puede explicar por el pírrico número de especialistas en filosofía europea en la universidad española decimonónica, que sobredimensionaron la importancia de los pocos autores que llegaron a conocer con cierto nivel de detalle (una sobredimensión paralela a la que se ha operado en la actualidad en algunas facultades de Humanidades con autores del XVIII como Feijoo o Jovellanos, que aunque sean valorables en su rol de precursores nacionales, no tienen parangón alguno con su coetáneos franceses o anglosajones, ni en lo literario, ni por supuesto en lo filosófico) .

Todo este panorama cambiará con la llegada de José Ortega y Gasset (1883-1955), una figura absolutamente clave para el asentamiento en España de un sistema filosófico cosmopolita, y por lo tanto, el autor de referencia indiscutible en la España del XX.  Hombre de enorme cultura, conocedor de  las tradiciones de pensamiento más vigorosas y de las corrientes más vanguardistas de  la Europa de su tiempo (especialmente de la filosofía alemana),  Ortega fue  capaz de construir un edifico teórico renovador (publicó muchísimo y sobre todo tipo de temas, aunque su contribución fundamental fue el Raciovitalismo, que aunó los últimos coletazos teóricos relevantes de la  ya gastada escuela racionalista con el vitalismo filosófico nietzscheano)  de suficiente amplitud y trascendencia como para convertirse marco teórico fundamental en el ámbito de la Metafísica para la práctica totalidad de filósofos españoles durante décadas.  Así,  desde la tercera década del siglo XX nos encontramos con una amplísima nómina de autores  (estos sí, muy relevantes en el panorama filosófico de nuestro país)  que consideran al filósofo  madrileño su maestro y mentor y que dedican en buena medida sus esfuerzos intelectuales a complementar y matizar las líneas de pensamiento iniciadas por él: María Zambrano,  Xavier Zubiri, José Gaos, Julián Marías, etc., de manera que todos ellos serán incluidos a posteriori en el discutido marbete de la Escuela de Madrid.

Vinculando a Ortega con el tema inicial de la entrada, hay que admitir que el filósofo es el gran ensayista de su siglo: en efecto, su pensamiento  ha llegado hasta nosotros  sobre todo a través de artículos,  textos ensayísticos breves y publicaciones en revistas (fundamental en este sentido fue la Revista de Occidente, que el propio filosofo fundó en 1923) y no tanto de profusos tratados metódicos de vocación totalizadora.  Este mosaico (por lo demás, amplísimo)  de textos hace de la ausencia de sistema y cerrazón una de las características esenciales del gran  edificio teórico orteguiano, que prefiere escribir para el gran público sobre temas, sí, altamente especulativos, pero en los que el rastro de la personalidad y parcialidad del autor son siempre patentes. Se sirve, pues, Ortega del género ensayístico tal como género esencialmente alejado de la exhaustividad metódica y definido por su temática humanística y su  carácter parcial y subjetivo.

Será precisamente la omnipresencia presencia subyugante no ya del filósofo, sino de la persona (o más bien, del figurón, un tanto ególatra y paternalista) no solo en sus textos sino también en el mundo académico, político y en la vida pública en general durante la primera mitad del siglo XX, el primer factor que condicionará la aparición de una corriente de autores extremadamente crítica con Ortega, una corriente que con el paso del tiempo ha cobrado cada vez más vigor  y ha acabado por reducir al filósofo a una caricatura  pedante, burguesa y  apoltronada . Muy célebre es, por ejemplo, el retrato que del filósofo madrileño traza Luis Martín Santos en Tiempo de Silencio  (1961, Seix Barral), parodia feroz de un predicador intelectualmente agotado que toma ventaja de una sociedad burguesa que asiente ciegamente a los discursos vacíos que este pronuncia en reuniones banales durante la posguerra. Una imagen satírica la que se irán sumando progresivamente connotaciones deformantes (mujeriego, cursi, políticamente vendido) y  que pasará por  la mano de autores como Goytisolo y llegará hasta nuestros días (así aparece un Ortega lujurioso y adúltero en Fabulosas narraciones por historias de Orejudo, cuyo contenido ya vimos de manera sucinta la semana pasada).

Especialmente relevantes, son, sin embargo, los ácidos ataques e invectivas dirigidos al filósofo por Rafael Sánchez Ferlosio , dado el papel destacadísimo  de este en el ensayo español contemporáneo, y sobre todo, porque sin dejar de ser feroz en ningún momento aporta muchos matices a la sátira ad hominem  un tanto simplista que ha enterrado al pensador y su influencia , hasta tal punto que si bien es cierto que existen múltiples estudios y traducciones de la obra de Ortega, no hay una escuela filosófica hoy en día que pueda considerarse propiamente orteguiana.

Abordaremos con más detalle la figura de este escritor fundamental en las siguientes entradas, a propósito del análisis que vamos a acometer de su texto “La señal de Caín” (publicado en el número 64 de la revista Claves de Razón Práctica en 1996), pero ahora procederemos a explicar el porqué de su animadversión al legado de Ortega:

En efecto, Sánchez Ferlosio no ha dejado pasar la oportunidad en sus textos  y entrevistas para atacar al que considera un vendedor de humo teórico, de prosa afectada  y construcciones lingüísticas vacías y estereotipadas.  Se trata en el fondo,   de un desprecio heredado de su padre, el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas,  sobre el que Javier Cercas basó su novela-testimonio (un ejemplo prototípico de lo que llamábamos literatura de no ficción) como confiesa  en esta entrevista :  “A lo mejor yo estaba en mi cuarto y él [mi padre] entraba sin llamar a la puerta diciéndome: “Rafaelito, ¿tú crees que se puede escribir gémula iridiscente?”. Se refería a Ortega. La manía a Ortega me la transmitió él. Claro que yo luego he detectado cosas muchos peores.  “

Valga esta anecdótica respuesta y otras en la misma línea para entender que, además de la crítica de fondo a determinados constructos teóricos muy discutibles (como la presunta construcción del Estado por medio del ideal  de la Cohesión nacional que desarrolló en su España invertebrada, o la concepción proyectiva de la historia que a juicio de Sánchez Ferlosio ha servido para justificar todo tipo de injusticias a lo largo de los siglos), lo que de verdad existe es una crítica esencialmente lingüística y literaria a un estilo prosístico que destila paternalismo divulgativo por los cuatro costados y que a día de hoy sería manifiestamente impracticable. En efecto, en la obra de Rafael Sánchez Ferlosio existe una preocupación absolutamente primordial por la depuración conceptual del lenguaje, por la eliminación de entelequias expresivas y epítetos vacíos, así como de pretendidos conceptos que bajo su apariencia de profundidad esconden todo un catálogo de causas justificativas de la barbarie. Por ello, sin atreverse a negar su cultura filosófica, le tacha de “periodista” y “frívolo”, subrayando intencionadamente la debilidad de unos cimientos teóricos recubiertos de pompa y amaneramiento conceptual.

Veremos, pues, en las próximas semanas cómo Rafael Sánchez Ferlosio procede en reflexiones sobre cuestiones políticas, morales o históricas a través  sobre todo de la reflexión lingüística, de modo que el estudio etimológico y la aplicación de categorías procedentes de la Filosofía del Lenguaje van a ser una constante tanto en su obra ensayística como en algunos de sus relatos (caracterizados, además de por su enjundia,  por una precisión terminológica modélica)  Sirvan, pues, estas consideraciones iníciales sobre el ensayo en general y sobre los precedentes fundamentales para poder desarrollar en adelante este análisis de la obra del célebre autor de El Jarama (novela de la que el autor reniega en la actualidad, a pesar de ser la causa fundamental de su inclusión en las Historias de la literatura española del siglo XX).

CONSIDERACIONES ACERCA DE LA ENSAYÍSTICA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX: ORTEGA Y SUS CRÍTICOS

ANTONIO OREJUDO: LA FÁBULA CONTRA EL DOGMA

Posmoderno pero cervantino, rabiosamente punk  y a la vez decididamente culturalista, explícito hasta la nausea pero alejado de la cohorte de autores que citan cansinamente a Bukowski como modelo totémico de transgresión e incorrección política, profundamente beligerante pero alejado de cualquier posible encasillamiento ideológico. Así se nos muestra (o así lo interpretamos, a la luz de lo que se puede leer en sus múltiples entrevistas, enjundiosos artículos, y sobre todo, en sus novelas, la verdadera razón de su reconocimiento en la literatura española actual) Antonio Orejudo (Madrid, 1963), uno de los grandes nombres de la narrativa hispánica del nuevo siglo.

Crítico con todo y con todos (sin caer nunca en el cinismo autocomplaciente),  orgulloso portador de la infravalorada condición de humorista, su obra es un auténtico torpedo en la línea de flotación de buena parte de los dogmas sobre los que se asienta la crítica canónica, una crítica con la que comparte espacio vital en su doble condición de agitador columnista ( 1 y 2 ) y profesor universitario en la Universidad de Almería, y a la que lleva atizando sin contemplaciones desde su primer gran éxito  editorial, la desternillante Fabulosas narraciones por historias (Lengua de Trapo, 1996). Pero no solo la crítica más inmovilista es objetivo directo de sus dardos envenenados, también lo es en igual medida el esnobismo y la actitud despreciativa de la posmodernidad literaria  hacia los grandes referentes literarios patrios, de los que el autor madrileño es especialista y apasionado. Todo ello convierte al escritor, antes de formular cualquier juicio de valor sobre su (aún corta) obra, en un caso digno de atención y estudio para todo amante de la buena literatura.

Mi primer encuentro con la literatura de Orejudo se produjo de manera casual hace apenas tres años, sin saber casi nada de su producción literaria (tiempo antes había oído opiniones muy positivas sobre su ya mencionado debut novelístico, pero mi memoria borró el vínculo con el autor de la novela que entonces llegaba a mis manos), a través de la que hoy es considerada por buena parte de la crítica como su obra más lograda, Ventajas de viajar en tren (Alfaguara, 2000). El flechazo fue instantáneo: en sus pocas páginas descubrí  una  “novela de novelas”  fascinante, de una complejidad temática asombrosa (en ella se abordan, partiendo del clásico tópico de la delicada frontera entre realidad y ficción, cuestiones que van desde las más elevadas teorías narratológicas hasta los trastornos de personalidad y su tratamiento, pasando por otros como la violencia o las parafilias sexuales, retratadas con tal crudeza y realismo que resultan imborrables a pesar de demostrarse luego falsas en la propia ficción; y todo ello  enriquecido  con una gran profusión de claves en tono irónico y connotaciones semánticas que revelan, en definitiva la gran broma que el autor implícito nos está gastando), complejidad temática que corre pareja a una  libérrima e intrincada superposición de planos narrativos  y subtextos, que hacen que la obra sea todo un modelo  de narrativa caleidoscópica. Cada elemento argumental desempeña, pues, más de una función y depende radicalmente del conjunto (esta es, a mi juicio, una diferencia clave con otros novelitas de su generación, en los que la experimentación narrativa suele desembocar en un fragmentarismo que rompe cualquier eje argumental, y por lo tanto, la narratividad del conjunto, como  en el caso de Fernández Mallo y sus acólitos).

Pero si este mosaico de historias es valioso por su carácter múltiple en tópicos y técnicas, lo es mucho más por la agilidad de su prosa, por el dominio perfecto de un lenguaje que suena renovado y huye de la afectación y el abigarramiento: en efecto, nos encontramos con un verdadero experto en literatura barroca que, sin embargo, escribe en un castellano perfectamente reconocible para casi cualquier lector del siglo XXI, un lenguaje contemporáneo cuya nota definitoria  es( y esto es quizá lo más difícil) la naturalidad. Orejudo huye así de la arrogancia intelectual de la que podría hacer gala y pone todo su empeño en acercar su novela  al lector de su época; un objetivo que en ningún caso implica empobrecer  o degradar el lenguaje (la inclusión en Ventajas de una descacharrante “crítica literaria” escrita al modo de un estudiante de Secundaria  poco brillante es una buena prueba de ello), sino más bien depurarlo de los dejes manieristas a los que muchos narradores de época actual nos tienen acostumbrados.

El mayor mérito de Orejudo (no solo de Ventajas, sino también de sus otras novelas) radica, por lo tanto, en esa aparente naturalidad y sencillez, en la que se cuelan multitud de referentes literarios sin que apenas nos demos cuenta , sin que el autor tenga necesidad de subrayarlos (un poco al contrario de lo que sucede a menudo con autores coetáneos muy dados a los juegos intertextuales, como Vila-Matas o Luis Mateo Díez): en sus páginas se cuelan la genialidad de Cervantes o del Nabokov de Pálido Fuego (obviamente, el más cervantino), pero también rasgos de otros  autores menos apreciados por el canon, como Mihura o el Mendoza más cómico, a los que no duda en reivindicar siempre que la prensa le da la oportunidad.

Y hablando no ya de referentes sino propiamente de referencias literarias, es muy pertinente el comentario sobre Fabulosas narraciones por historias,  la novel a galardonada con el Premio Tigre Juan a la mejor  primera novela del año 1997 (aunque su mayor éxito comercial se produjo a partir de la reedición por parte de Tusquets en el año 2007); una obra que devoré a carcajada limpia y que me  sirvió para confirmar un talento e ingenio inconfundibles, así como una capacidad rompedora para la desacralización  de ciertas vacas sagradas de la literatura a través de un sarcasmo cruel.

Con esta obra, el novelista  persigue dinamitar la Historia oficial de la Edad de Plata por medio de la ficción grotesca y paródica, que transforma a personajes conocidos reales a la Residencia de Estudiantes (Lorca, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Unamuno…) en seres ficticios fascinantes y siempre cómicos. Orejudo se convierte así, por medio de una imaginación desbordante en una suerte de terrorista infiltrado dentro del ámbito de la historiografía literaria, y exactamente así reza la contraportada de la primera edición del libro: “un atentado en la historia de la literatura”.  De este  modo, a través de una trama absolutamente disparatada y carnavalesca pero siempre verosímil, en la que la que se puede percibir la alargada sombra de Rabelais (en la el humor escatológico presente en las extravagantes historias eróticas entreveradas en la novela),  la más obvia del Mendoza de El misterio de la cripta embrujada, pero también la de autores menos de menos renombre como Manuel Talens y su Parábola de Carmen la Reina (un revisión genial, a medio camino entre lo cómico y lo trágico, de  la historia decimonónica de nuestro país, una novela que viene mereciendo una reedición desde hace tiempo), el autor madrileño construye una cosmovisión esperpéntica de la intelectualidad de la época, marcada por las luchas de egos  literarios y las rencillas personales ajenas a cualquier tipo de discusión académica.

Parece evidente, además, que la recreación de este universo de escritores frustrados, intelectuales de barra de bar y ridículos donjuanes esconde una crítica furibunda dirigida también y sobre todo al mundillo literario actual y sus aledaños editoriales y académicos, así como al clásico  y artificial enfrentamiento entre generaciones de creadores, resumido en el  simplista “vanguardia versus tradición”, que  acaba siempre reducido a un absurdo que en la novela alcanza tintes hilarantes (son inolvidables los pasajes en los que los estudiantes, con carácter anual, se reúnen para boicotear los actos de un presuntuoso, apoltronado y ya agotado Juan Ramón).

Tenemos, pues, una obra subversiva, que si bien reformula por medio del humor un tiempo y un lugar que habitualmente escapan del revisionismo  de los especialistas, no deja de lado, sin embargo, una rigurosísima labor de documentación a partir de fuentes de distinta procedencia (prensa, bandos municipales, anuncios oficiales de la Residencia de Estudiantes, panfletos políticos) que  no solo viste la trama y la dota de una gran verosimilitud, sino que también da pie a la reflexión histórica y política (un eje temático secundario, en tanto que los idearios a los que  los caracteres se muestran afines no son sino pantallas para camuflar los más bajos instintos y la hipocresía que motivan sus acciones).

Y precisamente es este último rasgo que acabamos de resaltar el que define de modo incuestionable la tercera y última de las novelas que  vamos a  analizar en esta entrada (aún tengo una cuenta pendiente con su  previsiblemente ácida visión del panorama universitario  en Un momento de descanso [2011, Tusquets]), la espléndida (y en mi opinión, la mejor de las tres, aunque calibrar esto es siempre una tarea difícil) Reconstrucción (2005, Tusquets):

A primera vista,  lo que encontramos en Reconstrucción es un acercamiento explícito del autor al siempre denostado subgénero de la novela histórica, un tipo de novela basada en datos históricos verificables y documentados que, en este caso, se refieren a la agitada vivencia del hecho religioso en la Europa del Siglo XVI, un siglo convulso en el que las guerras de religión entre la(s) Reforma(s) y la Contrarreforma, las revueltas y los cismas fueron una constante. Tenemos, pues, una aparente novela histórica que, sin embargo, se desenvuelve mediante el uso de técnicas narrativas comúnmente asociadas a la novela negra (el título mismo alude a una reconstrucción policial de los hechos que se narran), y que, finalmente, tiene una intencionalidad meridianamente política y filosófica, que no se limita al análisis externo (más menos divulgativo o erudito) de una época, sino que dibuja una alegoría terrible que resulta perfectamente extrapolable a nuestro presente.

Novela histórica, novela negra, novela de carácter político…la obra es todo eso al mismo tiempo  y nada en particular: un artefacto literario inclasificable, en la que una vez más interviene el brutal aguijón de su genial autor, que a través de una trama cuya nota más relevante es el dinamismo y la concentración de acciones, logra condensar una crítica radical a los extremismos (ya sea en su vertiente política, religiosa o simple y llanamente, ética) que sirven de fundamento a las utopías/distopías totalitarias, y a la respuesta igualmente fanática de los poderes fácticos más conservadores, representados aquí por  una jerarquía católica absolutamente podrida y corrupta (absténganse de su lectura las mentes biempensantes y los católicos acríticos, pues la novela  herirá de muerte su sensibilidad desde las primeras páginas).

En efecto, y aunque pueda parecer paradójico, la mayor verosimilitud histórica de lo narrado hace que en esta novela la incorrección política alcance cotas desconocidas en la obra previa del autor (y ya sabemos que la mirada benevolente y serena nunca ha sido un rasgo que caracterice su literatura); pero también motiva que la mirada satírica, que en ningún caso desaparece, adquiera matices  mucho más solemnes.

La fabulación, no obstante, sigue estando bien presente, por mucho que el telón de fondo y núcleos narrativos esenciales (el cisma religioso protagonizado por Bernd Rothmann en 1535, por un lado; y la persecución del teólogo y científico Miguel Servet de Villanueva por parte de la Inquisición española por la publicación un libro herético, por otro) hayan sido tomados de la investigación histórica. Si  decíamos que Fabulosas narraciones por historias era un atentado consciente contra la historiografía literaria, aquí nos encontramos con auténtica dinamita contra la interpretación aséptica  y  pretendidamente de la Historia en general.  Huye así el autor madrileño de cualquier compadreo con la novela histórica pseudodivulgativa y supuestamente “seria” que suele copar los puestos más altos de las listas de ventas del mercado editorial, y no renuncia a su inequívoca mirada imaginativa, que desemboca  en un feroz juicio condenatorio a una sociedad  enferma de dogmas.

Para concluir, he de decir que dada la libertad temática que me ofrecía esta semana el blog, me he sentido en la necesidad de reivindicar (consciente, lo admito, de mi escasa originalidad) a un fabulador ineludible en el panorama actual de las letras españolas, un creador con una capacidad única para subvertir  por medio del ingenio la realidad y presentarla en toda su absurdidad, en su estado originalmente deformado,    a partir de una máxima presente siempre en su pensamiento estético: “el realismo es también una manifestación de la imaginación.

ANTONIO OREJUDO: LA FÁBULA CONTRA EL DOGMA

MEMORIA HISTÓRICA Y LITERATURA: “CORAZÓN TAN BLANCO” O EL DESCUBRIMIENTO DE LA HERIDA

Continuando con la introducción  general  al contexto histórico de la España de los siglos XX y XXI  que esbozamos la semana pasada, nos centraremos ahora en una de las cuestiones que mayor presencia mediática y política han cobrado en los últimos diez años: la recuperación de la llamada memoria histórica y el reconocimiento  y visibilización de las víctimas del franquismo y de la Guerra Civil, es decir, de todos aquellos que formaron parte del bando de los vencidos y desaparecieron sin dejar rastro físico ni documental.  Que nos hayamos referido a la última década  como el periodo de mayor relevancia  de esta problemática no significa, en absoluto, que anteriormente hubiera sido olvidada o que no se produjeran importantes reivindicaciones en este sentido: no fue, sin embargo, hasta  la primera legislatura del gobierno socialista de Zapatero cuando se atendió por fin una demanda histórica de un amplio sector de la izquierda española  y de varias asociaciones en defensa de la recuperación de la memoria de los asesinados durante el conflicto fratricida, así como de los represaliados y exiliados en los años de la dictadura.

Ha sido, en efecto, con el debate previo  y la posterior  aprobación de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, conocida popularmente como Ley de Memoria Histórica, cuando este tema, preterido y olvidado durante largo tiempo por todos los grupos políticos con verdadera capacidad de  decisión en el parlamento (el color de las manos de Pilatos, en este caso, es indiferente), ha saltado a la palestra de la vida política y del debate público cotidiano. Un debate público que, profundamente afectado por el partidismo carpetovetónico de determinados poderes mediáticos, en ningún momento ha dejado de plantearse en términos polémicos, lo que ha vuelto a abrir  viejas heridas y ha reavivado de manera artificial la idea del enfrentamiento entre las generaciones de estas “dos Españas” que vivieron los años más negros de nuestra historia reciente.

Dejando  de lado el encendido debate científico sobre el significado mismo del concepto memoria histórica, su virtualidad, alcance e implicaciones (pues profundizar en esto  nos llevaría a terrenos de la historiografía y la ciencia política absolutamente inabarcables); no cabe duda de que  la morosidad del legislador se explica porque esta es una cuestión incómoda para muchos sectores de la sociedad,  dado el dolor y  la culpa que genera: la revisión de la propia historia puede ser altamente traumática, en la medida en que hace corpóreos vergonzantes episodios y realidades terribles que parecían condenados  al olvido autoconsciente y legal en nuestro país.

¿Es, pues, una irresponsabilidad investigar los crímenes del franquismo, decretar la exhumación cadáveres en las fosas comunes, juzgar a los torturadores del régimen?  ¿Podría evitarse un dolor mayor confiando su olvido a la sucesiva y esperable desaparición de generaciones afectadas?   Parece evidente que el cierre en falso que supuso la Ley de Amnistía de 1977 (siempre esgrimida por la derecha española como argumento jurídico definitivo para evitar la condena a los crímenes del franquismo) no ha conseguido que la memoria de los que fueron despojados de la dignidad por el fascismo perezca, e incluso podría afirmarse lo contrario para buena parte de las familias que soportan una historia trágica sin ningún apoyo institucional (no olvidemos que los caídos “por Dios y por la patria” sí obtuvieron su reconocimiento a lo largo de  casi cuatro largas décadas): la España democrática tenía que enfrentarse tarde o temprano, a una suerte de tratamiento psicoanalítico para resolver una cuestión que, nos guste o no, sigue siendo esencial, en la medida que es una de las claves más evidentes para explicar los actuales problemas de cohesión nacional y que de manera más clara marcan el presente de una parte nada desdeñable de las generaciones de mayor edad.

El incipiente proceso de recuperación de la memoria se ha visto, no obstante, claramente truncado a la luz de los últimos acontecimientos políticos y judiciales: paralización de los fondos destinados a las excavaciones en fosas comunes, permanencia de calles y monumentos en homenaje a destacados miembros del bando nacional, torpedeo judicial de las iniciativas municipales en esta línea…lo que no es sino una piedra más en el camino hacia el restablecimiento de la dignidad debida a los que han sido expulsados a los márgenes de la historia oficial.

Ante esta pereza e indiferencia de las instituciones, se ha intentado construir un relato paralelo de esta memoria perdida a través de la literatura, las artes plásticas y (especialmente desde los años 90 del siglo pasado) el cine: como suele ser habitual, el discurso triunfante en el mundo de las artes es precisamente el de los vencidos, de manera que en la actualidad es bastante difícil encontrar algún nombre entre las filas afectas al régimen franquista que destaque en las Historias de la Literatura (y allí donde ha habido un cierto reconocimiento, siempre se ha visto tamizado por un sesgo ideológico bastante claro por parte de la crítica, como en el caso de Manuel Machado o Torrente Ballester). Este nuevo relato, en el que se funden  las diferentes corrientes estéticas de época contemporánea con los datos de la investigación histórica que se ha visto impulsada con la democracia, tiene, pues, un evidente afán político, que busca la dignificación de las izquierdas que la Historia oficialista del fascismo borró del mapa.

Es preciso señalar, sin embargo, que se trata en todo caso de un relato no unívoco, en la medida en que se ha ido conformando  a partir de  múltiples voces, experiencias y  posturas ideológicas; por ello convendría hablar más de relatos en plural, que recuperan la memoria de la intrahistoria de nuestro país en los años más negros con un tratamiento literario. Añadiremos, por otro lado, que si bien estos relatos han proliferado de manera especialmente notable (y con no poco oportunismo, a rebufo del éxito editorial que durante bastante tiempo ha tenido el tema)  a partir de los años 80 del siglo XX, no son en absoluto una novedad: ya el propio Baroja, con su nada maniquea obra póstuma Miserias de la guerra ,  había dejado un testimonio literario de primera magnitud sobre las  atrocidades de la contienda; pero serán principalmente escritores en el exilio los que pondrán las bases de esta lucha contra el olvido a través de obras de marcado carácter trágico y documental:  Arturo Barea con La forja de un rebelde, Max Aub con los desgarradores Campos  que componen la saga El Laberinto Mágico, o Ramón J. Sender con su célebre Réquiem por un campesino  español.

Centrándonos en la prosa actual, especialmente en la de las dos primeras década del nuevo siglo, lo primero que salta a la vista es que en el mundo de la ficción la Guerra Civil sigue ocupando un lugar absolutamente preferente, frente a los años de la posguerra o el franquismo (en el género ensayístico este contraste existe, pero no es tan acusado). Tratar de insertar aquí  un listado aproximado de autores y novelas  que han adoptado el conflicto como tema central o como contexto determinante (al modo naturalista), resultaría un esfuerzo inútil y siempre inexacto:  podríamos citar algunas muy destacadas por su éxito editorial y de crítica, como El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas (1999, Alfaguara); La voz dormida, de Dulce Chacón (2002, Alfaguara); Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez  (2004, Anagrama); o Soldados de Salamina, de Javier cercas (2009, Tusquets) (estas tres últimas han tenido incluso versión cinematográfica); pero teniendo bien claro que no son necesariamente las de mejor calidad desde el punto de vista narrativo.

La memoria del franquismo (quizá por ser una época sobre la que ya escribieron de manera velada los más destacados autores de la Generación de los 50 y  la de los 60) y  sobre todo, de sus secuelas posteriores  parece a simple vista mucho más limitada en la literatura contemporánea: han profundizado esta línea Chirbes (La caída de Madrid, Los disparos del cazador, La larga marcha) o Almudena Grandes, pero lo cierto es que no resulta fácil encontrar novelas destacadas en este ámbito.

Por ello, nos parece interesante traer aquí a colación una de la lecturas obligatorias del curso del máster, que aunque en apariencia aborda la época franquista de modo colateral y puramente contextual, encierra dentro de sí una interpretación en clave política que resulta absolutamente pertinente para la cuestión que ha vertebrado esta entrada: la brillante y más celebrada novela de Javier Marías, Corazón tan blanco (1992, Alfaguara).

Obviando el análisis de la técnica narrativa, del explícito diálogo intertextual con el Macbeth de Shakespeare y del intrincado atlas de psicología humana que la obra dibuja (cuestiones que quizá vuelvan a salir a la luz en este blog en un futuro), nos interesa la alegoría política que se puede extraer de las  oscilantes y complejas relaciones de Juan Ranz y su padre sobre la historia de España en la segunda mitad del siglo XX.

Tenemos aquí perfectamente perfilados dos caracteres entre los que media un secreto (ese “fantasma” shakesperiano que es la clave de la novela): a medida que este secreto se va abriendo paso gracias a la intervención de terceros, la visión que tiene el protagonista sobre su padre va cambiando dramáticamente, hasta llegar al descubrimiento de la verdad esencial, que revelará la responsabilidad de Ranz padre de este sobre un hecho terrible que condiciona el presente de Juan (no solo su sistema de valores e ideas en torno al matrimonio, sino su misma existencia, que sin ese hecho no podría darse). Una vez que Juan, testigo oculto de las palabras de su padre, afirma “ver” el secreto, cobra sentido una de las preguntas que encontramos desde el inicio: “¿y ahora qué?”. La respuesta que da el protagonista es, en todo caso, vaga y errante, a medio camino entre el incipiente rencor y la voluntad de olvido.

El paralelismo con la situación que hemos explicado al inicio es más que evidente: Ranz padre es un personaje que ha medrado en y gracias a la dictadura  y sus corruptelas, y podría simbolizar por lo tanto a parte de esa generación (hoy anciana o ya desaparecida) de personas afectas al régimen que no solo toleraron, sino que pusieron su grano de arena en las tropelías del régimen. El asesinato de su primera esposa, aunque se trate  aquí de un hecho sin una vertiente social o política explícita, es un ejemplo manifiesto de la amoralidad interesada de dicho colectivo, que apenas duda en cometer un crimen por puro egoísmo y para mantener su estatus.  Nótese además (aunque esta interpretación pueda parecer demasiado forzada) que nos encontramos con dos episodios cruentos de los que Ranz es causante directo: en este sentido, el suicidio de su segunda esposa podría verse como el sacrificio del país al fanatismo y el terror del gobierno de Franco, tras el primer episodio que encontraría su correlato objetivo en la guerra civil española. Su actitud fría y distante en el acto de la confesión parece, además, casi una paráfrasis de los lugares comunes típicamente autoexculpatorios por los correligionarios del franquismo reconvertidos en rejuvenecidos demócratas.  Efectivamente, Ranz con su aparente pereza e indiferencia  parece  estar diciendo “eran  otros tiempos, estábamos en guerra” o “¿Qué importa eso ahora?”.

Ranz hijo, por su parte, simbolizaría aquí a la generación inmediatamente posterior de españoles que, ignorante de muchas de las claves de su pasado (pues ha mamado desde su infancia el discurso único familiar en torno a la muerte de su tía) se autoimpone una venda que le evite enfrentarse a los insoportables cimientos de su propia existencia. Se trata, pues, de un personaje contradictorio, que como Lady Macbeth, no participa directamente en el atroz crimen, pero sí que comparte  en cierto modo la culpa desde el mismo momento en que conoce el hecho que no ha querido saber, pero ha sabido, y no es capaz de ofrecer una respuesta. Confía en la fuerza devastadora del tiempo como motor de  un olvido que sabe que ya no podrá ser exculpatorio a sus propios ojos: la historia oficial de su padre, el discurso único familiar, se perderá en el paso de los años, que convierte los acontecimientos más graves en fútiles; sin embargo, en su interior Juan sabe que nunca podrá limpiar la ponzoña que envenena la memoria de lo que su respetado progenitor fue un día y nadie quiso saber.

No parece demasiado aventurado afirmar, a la vista de los vínculos señalados, que en su gran novela de los años 90 exista una crítica implícita de Marías a la actitud de la sociedad derivada del llamado “pacto de silencio” de la Transición. Una sociedad que aún hoy se empecina en desoír las indicaciones de los organismos internacionales y  sigue dando el mutis por respuesta, o en el peor de los casos, asiente positivamente a la punzante y nada inocente pregunta que cierra el multipremiado y muy interesante film de Alberto Rodríguez La isla mínima (2014): “Todo en orden ¿no?”.

MEMORIA HISTÓRICA Y LITERATURA: “CORAZÓN TAN BLANCO” O EL DESCUBRIMIENTO DE LA HERIDA

LA METAMORFÓSIS DE ESPAÑA: A PROPÓSITO DE CINCO CONSIDERACIONES SOBRE NUESTRA HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Como si  se tratara de un desconcertado Gregorio Samsa, España un día se despertó  convertida en un insecto (permítase la elisión del adjetivo “monstruoso”), o mejor dicho, en un bicho raro, si tenemos en cuenta  el  punto de partida y la velocidad de su metamorfosis.

En efecto, las transformaciones operadas en  nuestro país durante los últimos cuarenta años son realmente notables, y han hecho de él un caso sui generis dentro de la Europa del siglo XX y XXI,  lo que no deja de causar perplejidad a poco que se adopte una mínima  perspectiva histórica. No corresponde ahora elaborar un listado exhaustivo de estos cambios, ni por supuesto detallar las causas y características de sus procesos de implantación, pues todavía hoy (y en la medida en que se trata de un proceso en  pleno desarrollo) estas son cuestiones ampliamente debatidas en la historiografía contemporánea, y el número y la magnitud de los cambios  son en exceso variables dependiendo del  ámbito de estudio (político, económico, sociológico, cultural…) al que nos ciñamos.

Por el contrario, sí vamos a intentar explicar razonadamente algunas de estas mutaciones, las más evidentes, así como su reflejo actual  a partir de  cinco consideraciones iniciales que sobre el tema han sido formuladas  por el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III de Madrid, Ángel Bahamonde. A este análisis se añadirán asimismo algunas ideas y preguntas adicionales sobre  aquellos aspectos de nuestra historia reciente que a día de hoy siguen siendo fuente de debate y polémica, incluso fuera de los foros de ámbito estrictamente científico:

  1. “España es un país de corta tradición democrática, una democracia joven”:

Esta es una afirmación a la que difícilmente se le pueden poner objeciones en términos absolutos, pero mucho menos si nos referimos específicamente al contexto geográfico europeo. Así, frente a democracias muy consolidadas que cuentan ya con una antigüedad de  más de un siglo (Francia, Reino Unido, Holanda, Alemania, Italia…solo interrumpidas en estos últimos casos por las dictaduras fascistas a las que puso fin la Segunda Guerra Mundial), España ni siquiera llega a los cincuenta años de sistema democrático entre el siglo precedente y el actual: solo la II República (1931-1939) y el periodo posterior a la muerte del general Franco en 1975 pueden considerarse realmente democráticos, habida cuenta de la sucesión de pucherazos electorales del poder caciquil en tiempos del turnismo, primero;  y de la sucesión de dictaduras, después: Primo de Rivera (1923-1930), Berenguer (1930-1931), y Franco (1936-1975). Si a lo dicho le sumamos la herencia del siglo anterior, tenemos que España es, junto con Bolivia, el país del mundo que más golpes de Estado ha sufrido en su historia.

Resulta extremadamente complejo y aventurado extraer consecuencias directas de este corto recorrido democrático, pero sí es una circunstancia relevante (de ningún modo definitiva) para poner de relieve dos notas que parecen definir a nuestro sistema en la actualidad: por un lado, la escasa participación de los ciudadanos en la vida pública, más allá de las fechas propiamente electorales;  por otro,  la desafección  generalizada hacia la vida política (agudizada por las corruptelas y los lastres derivados del asentamiento de una “democracia de partidos” bipartidista), que  en buena parte de los casos  parece más bien producto del simple desinterés, cimentado sobre lugares comunes, desinformación y pereza (en este sentido, hasta la llegada de la crisis aún era frecuente el “mejor no meterse en política” que tan bien definía la pasividad ciudadana impuesta por el franquismo).

  1. “España solo rompió tardíamente con una situación de (variable) aislamiento internacional en el siglo XX”:

Estrechamente relacionada con lo explicado más arriba está esta circunstancia, en la que los casi cuarenta años de dictadura del general Franco jugaron un papel decisivo: el anacronismo del régimen en un contexto de florecimiento democrático europeo tras la II Guerra Mundial (con la sola excepción peninsular de Portugal), así como su nulo respeto a los derechos y libertades ciudadanas, que se convirtieron en principios informadores de los Ordenamientos Jurídicos de los nuevos Estados de Derecho en el continente, convirtieron a España en un país al margen de las políticas de colaboración entre potencias occidentales. Un país, en definitiva, que fue condenado al ostracismo y a la soledad diplomática, y que solo de manera gradual pudo ir haciéndose un hueco y mejorando su imagen en  el ámbito internacional: primero, con su ingreso en la ONU en 1955; después, con una sensible apertura económica, religiosa y cultural durante los años del desarrollismo, que sin embargo no evitó la repulsa de los europeos cuando se ejecutaron las últimas y ejemplarizantes penas de muerte con los coletazos finales del régimen..

Los efectos de este aislamiento apenas resultan perceptibles hoy en día a simple vista, lo cual pone de manifiesto que la equiparación a los niveles de desarrollo  de otros países de nuestro entorno geográfico  ha sido meteórica: la incorporación de España a la Unión Europea en la OTAN en 1986, la organización de los Juegos Olímpicos en 1992…todos ellos son hitos de este proceso, en el que el país ha pasado de ser considerado un país “en vías de desarrollo” a formar parte del anhelado club de las “potencias mundiales”, en buena medida gracias al apoyo económico y financiero de los países vecinos. Quizá uno de los efectos de ese atraso histórico se pueda percibir en el  problemático estatus económico que ocupa España dentro de la Unión Europea desde que empezó la crisis, que ha revelado la existencia de un modelo productivo  anticuado que no ha seguido una evolución pareja a la del resto de países miembros.

  1. “La modernidad económica en nuestro país fue tardía, así como la conformación y desarrollo de una clase media importante”:

Desde el fin de la Guerra Civil y hasta el año 1959 con la puesta en marcha del Plan de Estabilización, España fue un país sumido en la miseria: entre otras causas, por la penosa situación de posguerra, en la que la escasez obligó a implantar un sistema de reparto de productos básicos a través de cartillas de racionamiento; por el ya citado aislamiento internacional, que llevo al régimen  a optar por una economía autárquica; por la falta de mano de obra cualificada y la  existencia un sistema educativo público devastado…  Será en los años 60 del siglo pasado cuando las clases medias empiecen a convertirse en el motor económico del país, con el consiguiente impulso a la industria, la empresa privada y la educación universitaria. Asimismo, será en esta época cuando el sistema de Seguridad Social comience a ser verdaderamente eficiente, lo que si bien no eliminó la desigualdad (las  grandes familias burguesas, la aristocracia terrateniente y la iglesia afecta al Régimen nunca perdieron su poder), sí mejoró notablemente la situación de una inmensa mayoría de la población que sobrevivía bajo mínimos o se veía obligada a buscar fortuna laboral en Centroeuropa y Sudamérica. Obviamente, la apertura hacia el ámbito internacional, que tiene su hito más importante con la entrada de España en la UE, favorecerá de modo muy notable el crecimiento económico de España y la conformación de un modelo económico realmente moderno.

La herencia de este atraso en el crecimiento económico se aprecia en determinados lastres que aún hoy tienen un peso muy relevante: el mantenimiento de un modelo productivo basado en la construcción y el turismo, la pervivencia de  grandes familias con privilegios heredados tanto en el ámbito de la empresa privada como en el ámbito rural, el peso relativo del sector primario en la producción nacional (que se ha intentado resolver de manera muy problemática  mediante la discutida política agraria comunitaria), el déficit estructural en la inversión industrial (a excepción de las áreas periféricas peninsulares) …herencias de las que  parece que solo hemos sido conscientes una vez finalizada la borrachera económica que supusieron los felices años 90 y el primer lustro del siglo XXI.

  1. “España es un país con grandes problemas de cohesión nacional”:

Esta afirmación se explica por sí misma a la luz de los últimos acontecimientos que están sucediendo en Cataluña: en efecto,  tanto la llamada “cuestión catalana”  como  el “problema vasco”, que engloban un amplio listado de implicaciones aledañas (el debate sobre modelo territorial del Estado, la definición de la identidad nacional,  el acotamiento de la soberanía, la lucha armada en el caso de Euskadi) siguen siendo elementos centrales en el debate público nacional, lo que parece  poner de manifiesto que el Estado se enfrenta aún hoy a un problema anacrónico, que la mayor parte de los países de nuestro entorno tienen resuelto desde el siglo XIX (solo Bélgica, Italia, y Reino Unido pueden apreciarse debates similares, aun cuando el empuje independentista parezca mucho menor).

Una vez más, podemos señalar  la dictadura como factor de incandescencia clave en la cuestión territorial: el lema “Una, Grande y Libre” se concretó en la práctica en el aplastamiento de las reivindicaciones de los territorios históricos, así como en la prohibición del uso y fomento de sus lenguas propias y de su idiosincrasia cultura particular. Se impuso así una visión totalizadora  y unitaria de la patria española, asociada a una única lengua, un único territorio (con los matices introducidos por un tibio regionalismo), un solo himno y una bandera. La cuestión de los símbolos, de hecho, sigue siendo muy polémica en la actualidad incluso en aquellas regiones en las que la problemática territorial está ausente, en tanto en cuanto se han mantenido con pocas variaciones desde la muerte del dictador y se ven asociadas muy frecuentemente a  connotaciones propias del régimen; una prueba clara de que los problemas de cohesión nacional no se limitan a lo puramente territorial.

Es evidente, sin embargo, que aún siendo importantísima la influencia de la dictadura en este  asunto, no podemos conformarnos con respuestas tranquilizadoras y simplistas que nos liberen de toda responsabilidad: durante la Transición y el periodo democrático constitucional se cerraron en falso buena parte de estos debates, a los que habría que sumar el debate sobre la forma política del Estado o el reconocimiento y exhumación de las víctimas y desaparecidos durante la Guerra Civil. Una visión carente de perspectiva podría llevar al arrogante vicio de sentenciar sobre los errores en la implantación del sistema constitucional y a formular ficciones históricas a posteriori; pero  lo que parece claro que algunos de los temas señalados debían haber aflorado en el debate público y legislativo hace ya largo tiempo, pues su preterición solo ha generado una mayor división y enfrentamiento una vez que, inevitablemente, han acabado saliendo a la luz.

  1. “España es un país de cambios vertiginosos y radicales en lo que a mentalidad y religión se refiere, especialmente en los últimos treinta años”:

Pero si en algo somos  en España una rara avis es en lo que concierne al progreso de los usos sociales, valores éticos y vivencia del hecho religioso: España fue con diferencia el país más conservador de su entorno geográfico durante la segunda mitad del siglo XX, pues la moral de  Estado impuesta por el nacionalcatolicismo del régimen castró cualquier conato de avance en materias de libertad religiosa y moralidad.  Por ello, y a pesar de que el Concilio Vaticano II marcó un cambio sensible en lo que concierne a la tolerancia de otros cultos, hubo que esperar hasta la Constitución de 1978 para que la unidad indisociable entre iglesia y Estado se quebrara. La influencia de esta alianza afectaba a casi todos los planos de la vida ciudadana: limitación del matrimonio civil, prohibición del divorcio, censura de prensa, literatura y cine por contravención de principios católicos (las comisiones de censura contaban incluso con al menos un miembro de la iglesia católica); penalización de las prácticas homosexuales, prohibición del uso de métodos anticonceptivos, veto de la educación sexual y obligatoriedad de la educación religiosa…

Es evidente que los logros conseguidos  en estas materias no han sido fáciles, en la medida en que la religión católica sigue siendo la mayoritaria en nuestro país y  en que la iglesia se ha mantenido privilegiada como uno de los poderes fácticos más influyentes sobre el poder político desde la firma del Concordato de 1979 con la Santa Sede; e incluso que muchas de estas cuestiones siguen siendo polémicas para un porcentaje nada desdeñable de la población (los debates públicos sobre  el cómputo de la asignatura de religión en la  LOMCE , sobre la modificación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, o la ya casi olvidada polémica sobre la aprobación del matrimonio homosexual  son ejemplos palmarios de ello), pero también es obvio que el salto cualitativo de nuestro país en todas ellas es francamente  sorprendente y difícilmente encuentra parangón en el entorno occidental, no solo por la rapidez de los cambios, sino también por la asunción de un papel pionero en algunos de estos frentes, como es la defensa de los derechos del colectivo LGTB.

Un cambio paralelo es apreciable en lo tocante a la realidad de la población femenina en España. No vamos a profundizar ahora en un asunto que por su complejidad y extensión daría para varias tesis doctorales, pero incluso reconociendo que aún queda mucho por hacer en materia de igualdad, parece claro que determinadas iniciativas como la Ley Integral contra la Violencia de Género, la tan criticada Ley de Igualdad, las ayudas a la maternidad, o, por supuesto, la equiparación de derechos civiles y laborales de las mujeres a los de los hombres (que acabó con una de las mayores aberraciones jurídicas de la dictadura), son pasos muy importantes para conseguir que todos los ciudadanos tengan efectivamente las mismas oportunidades y garantías jurídicas con independencia de su sexo.

El examen de estas  cinco consideraciones  nos será útil para contextualizar las manifestaciones culturales de las tres últimas décadas, que en buena medida dependen y son un reflejo de los cambios analizados: dentro de estas manifestaciones, la literatura se convertirá en un vehículo prioritario para la reflexión sobre los fundamentos  del pasado reciente que definen nuestro presente, como veremos al analizar los principales tópicos y corrientes de los distintos géneros literarios.

LA METAMORFÓSIS DE ESPAÑA: A PROPÓSITO DE CINCO CONSIDERACIONES SOBRE NUESTRA HISTORIA CONTEMPORÁNEA