LA METAMORFÓSIS DE ESPAÑA: A PROPÓSITO DE CINCO CONSIDERACIONES SOBRE NUESTRA HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Como si  se tratara de un desconcertado Gregorio Samsa, España un día se despertó  convertida en un insecto (permítase la elisión del adjetivo “monstruoso”), o mejor dicho, en un bicho raro, si tenemos en cuenta  el  punto de partida y la velocidad de su metamorfosis.

En efecto, las transformaciones operadas en  nuestro país durante los últimos cuarenta años son realmente notables, y han hecho de él un caso sui generis dentro de la Europa del siglo XX y XXI,  lo que no deja de causar perplejidad a poco que se adopte una mínima  perspectiva histórica. No corresponde ahora elaborar un listado exhaustivo de estos cambios, ni por supuesto detallar las causas y características de sus procesos de implantación, pues todavía hoy (y en la medida en que se trata de un proceso en  pleno desarrollo) estas son cuestiones ampliamente debatidas en la historiografía contemporánea, y el número y la magnitud de los cambios  son en exceso variables dependiendo del  ámbito de estudio (político, económico, sociológico, cultural…) al que nos ciñamos.

Por el contrario, sí vamos a intentar explicar razonadamente algunas de estas mutaciones, las más evidentes, así como su reflejo actual  a partir de  cinco consideraciones iniciales que sobre el tema han sido formuladas  por el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III de Madrid, Ángel Bahamonde. A este análisis se añadirán asimismo algunas ideas y preguntas adicionales sobre  aquellos aspectos de nuestra historia reciente que a día de hoy siguen siendo fuente de debate y polémica, incluso fuera de los foros de ámbito estrictamente científico:

  1. “España es un país de corta tradición democrática, una democracia joven”:

Esta es una afirmación a la que difícilmente se le pueden poner objeciones en términos absolutos, pero mucho menos si nos referimos específicamente al contexto geográfico europeo. Así, frente a democracias muy consolidadas que cuentan ya con una antigüedad de  más de un siglo (Francia, Reino Unido, Holanda, Alemania, Italia…solo interrumpidas en estos últimos casos por las dictaduras fascistas a las que puso fin la Segunda Guerra Mundial), España ni siquiera llega a los cincuenta años de sistema democrático entre el siglo precedente y el actual: solo la II República (1931-1939) y el periodo posterior a la muerte del general Franco en 1975 pueden considerarse realmente democráticos, habida cuenta de la sucesión de pucherazos electorales del poder caciquil en tiempos del turnismo, primero;  y de la sucesión de dictaduras, después: Primo de Rivera (1923-1930), Berenguer (1930-1931), y Franco (1936-1975). Si a lo dicho le sumamos la herencia del siglo anterior, tenemos que España es, junto con Bolivia, el país del mundo que más golpes de Estado ha sufrido en su historia.

Resulta extremadamente complejo y aventurado extraer consecuencias directas de este corto recorrido democrático, pero sí es una circunstancia relevante (de ningún modo definitiva) para poner de relieve dos notas que parecen definir a nuestro sistema en la actualidad: por un lado, la escasa participación de los ciudadanos en la vida pública, más allá de las fechas propiamente electorales;  por otro,  la desafección  generalizada hacia la vida política (agudizada por las corruptelas y los lastres derivados del asentamiento de una “democracia de partidos” bipartidista), que  en buena parte de los casos  parece más bien producto del simple desinterés, cimentado sobre lugares comunes, desinformación y pereza (en este sentido, hasta la llegada de la crisis aún era frecuente el “mejor no meterse en política” que tan bien definía la pasividad ciudadana impuesta por el franquismo).

  1. “España solo rompió tardíamente con una situación de (variable) aislamiento internacional en el siglo XX”:

Estrechamente relacionada con lo explicado más arriba está esta circunstancia, en la que los casi cuarenta años de dictadura del general Franco jugaron un papel decisivo: el anacronismo del régimen en un contexto de florecimiento democrático europeo tras la II Guerra Mundial (con la sola excepción peninsular de Portugal), así como su nulo respeto a los derechos y libertades ciudadanas, que se convirtieron en principios informadores de los Ordenamientos Jurídicos de los nuevos Estados de Derecho en el continente, convirtieron a España en un país al margen de las políticas de colaboración entre potencias occidentales. Un país, en definitiva, que fue condenado al ostracismo y a la soledad diplomática, y que solo de manera gradual pudo ir haciéndose un hueco y mejorando su imagen en  el ámbito internacional: primero, con su ingreso en la ONU en 1955; después, con una sensible apertura económica, religiosa y cultural durante los años del desarrollismo, que sin embargo no evitó la repulsa de los europeos cuando se ejecutaron las últimas y ejemplarizantes penas de muerte con los coletazos finales del régimen..

Los efectos de este aislamiento apenas resultan perceptibles hoy en día a simple vista, lo cual pone de manifiesto que la equiparación a los niveles de desarrollo  de otros países de nuestro entorno geográfico  ha sido meteórica: la incorporación de España a la Unión Europea en la OTAN en 1986, la organización de los Juegos Olímpicos en 1992…todos ellos son hitos de este proceso, en el que el país ha pasado de ser considerado un país “en vías de desarrollo” a formar parte del anhelado club de las “potencias mundiales”, en buena medida gracias al apoyo económico y financiero de los países vecinos. Quizá uno de los efectos de ese atraso histórico se pueda percibir en el  problemático estatus económico que ocupa España dentro de la Unión Europea desde que empezó la crisis, que ha revelado la existencia de un modelo productivo  anticuado que no ha seguido una evolución pareja a la del resto de países miembros.

  1. “La modernidad económica en nuestro país fue tardía, así como la conformación y desarrollo de una clase media importante”:

Desde el fin de la Guerra Civil y hasta el año 1959 con la puesta en marcha del Plan de Estabilización, España fue un país sumido en la miseria: entre otras causas, por la penosa situación de posguerra, en la que la escasez obligó a implantar un sistema de reparto de productos básicos a través de cartillas de racionamiento; por el ya citado aislamiento internacional, que llevo al régimen  a optar por una economía autárquica; por la falta de mano de obra cualificada y la  existencia un sistema educativo público devastado…  Será en los años 60 del siglo pasado cuando las clases medias empiecen a convertirse en el motor económico del país, con el consiguiente impulso a la industria, la empresa privada y la educación universitaria. Asimismo, será en esta época cuando el sistema de Seguridad Social comience a ser verdaderamente eficiente, lo que si bien no eliminó la desigualdad (las  grandes familias burguesas, la aristocracia terrateniente y la iglesia afecta al Régimen nunca perdieron su poder), sí mejoró notablemente la situación de una inmensa mayoría de la población que sobrevivía bajo mínimos o se veía obligada a buscar fortuna laboral en Centroeuropa y Sudamérica. Obviamente, la apertura hacia el ámbito internacional, que tiene su hito más importante con la entrada de España en la UE, favorecerá de modo muy notable el crecimiento económico de España y la conformación de un modelo económico realmente moderno.

La herencia de este atraso en el crecimiento económico se aprecia en determinados lastres que aún hoy tienen un peso muy relevante: el mantenimiento de un modelo productivo basado en la construcción y el turismo, la pervivencia de  grandes familias con privilegios heredados tanto en el ámbito de la empresa privada como en el ámbito rural, el peso relativo del sector primario en la producción nacional (que se ha intentado resolver de manera muy problemática  mediante la discutida política agraria comunitaria), el déficit estructural en la inversión industrial (a excepción de las áreas periféricas peninsulares) …herencias de las que  parece que solo hemos sido conscientes una vez finalizada la borrachera económica que supusieron los felices años 90 y el primer lustro del siglo XXI.

  1. “España es un país con grandes problemas de cohesión nacional”:

Esta afirmación se explica por sí misma a la luz de los últimos acontecimientos que están sucediendo en Cataluña: en efecto,  tanto la llamada “cuestión catalana”  como  el “problema vasco”, que engloban un amplio listado de implicaciones aledañas (el debate sobre modelo territorial del Estado, la definición de la identidad nacional,  el acotamiento de la soberanía, la lucha armada en el caso de Euskadi) siguen siendo elementos centrales en el debate público nacional, lo que parece  poner de manifiesto que el Estado se enfrenta aún hoy a un problema anacrónico, que la mayor parte de los países de nuestro entorno tienen resuelto desde el siglo XIX (solo Bélgica, Italia, y Reino Unido pueden apreciarse debates similares, aun cuando el empuje independentista parezca mucho menor).

Una vez más, podemos señalar  la dictadura como factor de incandescencia clave en la cuestión territorial: el lema “Una, Grande y Libre” se concretó en la práctica en el aplastamiento de las reivindicaciones de los territorios históricos, así como en la prohibición del uso y fomento de sus lenguas propias y de su idiosincrasia cultura particular. Se impuso así una visión totalizadora  y unitaria de la patria española, asociada a una única lengua, un único territorio (con los matices introducidos por un tibio regionalismo), un solo himno y una bandera. La cuestión de los símbolos, de hecho, sigue siendo muy polémica en la actualidad incluso en aquellas regiones en las que la problemática territorial está ausente, en tanto en cuanto se han mantenido con pocas variaciones desde la muerte del dictador y se ven asociadas muy frecuentemente a  connotaciones propias del régimen; una prueba clara de que los problemas de cohesión nacional no se limitan a lo puramente territorial.

Es evidente, sin embargo, que aún siendo importantísima la influencia de la dictadura en este  asunto, no podemos conformarnos con respuestas tranquilizadoras y simplistas que nos liberen de toda responsabilidad: durante la Transición y el periodo democrático constitucional se cerraron en falso buena parte de estos debates, a los que habría que sumar el debate sobre la forma política del Estado o el reconocimiento y exhumación de las víctimas y desaparecidos durante la Guerra Civil. Una visión carente de perspectiva podría llevar al arrogante vicio de sentenciar sobre los errores en la implantación del sistema constitucional y a formular ficciones históricas a posteriori; pero  lo que parece claro que algunos de los temas señalados debían haber aflorado en el debate público y legislativo hace ya largo tiempo, pues su preterición solo ha generado una mayor división y enfrentamiento una vez que, inevitablemente, han acabado saliendo a la luz.

  1. “España es un país de cambios vertiginosos y radicales en lo que a mentalidad y religión se refiere, especialmente en los últimos treinta años”:

Pero si en algo somos  en España una rara avis es en lo que concierne al progreso de los usos sociales, valores éticos y vivencia del hecho religioso: España fue con diferencia el país más conservador de su entorno geográfico durante la segunda mitad del siglo XX, pues la moral de  Estado impuesta por el nacionalcatolicismo del régimen castró cualquier conato de avance en materias de libertad religiosa y moralidad.  Por ello, y a pesar de que el Concilio Vaticano II marcó un cambio sensible en lo que concierne a la tolerancia de otros cultos, hubo que esperar hasta la Constitución de 1978 para que la unidad indisociable entre iglesia y Estado se quebrara. La influencia de esta alianza afectaba a casi todos los planos de la vida ciudadana: limitación del matrimonio civil, prohibición del divorcio, censura de prensa, literatura y cine por contravención de principios católicos (las comisiones de censura contaban incluso con al menos un miembro de la iglesia católica); penalización de las prácticas homosexuales, prohibición del uso de métodos anticonceptivos, veto de la educación sexual y obligatoriedad de la educación religiosa…

Es evidente que los logros conseguidos  en estas materias no han sido fáciles, en la medida en que la religión católica sigue siendo la mayoritaria en nuestro país y  en que la iglesia se ha mantenido privilegiada como uno de los poderes fácticos más influyentes sobre el poder político desde la firma del Concordato de 1979 con la Santa Sede; e incluso que muchas de estas cuestiones siguen siendo polémicas para un porcentaje nada desdeñable de la población (los debates públicos sobre  el cómputo de la asignatura de religión en la  LOMCE , sobre la modificación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, o la ya casi olvidada polémica sobre la aprobación del matrimonio homosexual  son ejemplos palmarios de ello), pero también es obvio que el salto cualitativo de nuestro país en todas ellas es francamente  sorprendente y difícilmente encuentra parangón en el entorno occidental, no solo por la rapidez de los cambios, sino también por la asunción de un papel pionero en algunos de estos frentes, como es la defensa de los derechos del colectivo LGTB.

Un cambio paralelo es apreciable en lo tocante a la realidad de la población femenina en España. No vamos a profundizar ahora en un asunto que por su complejidad y extensión daría para varias tesis doctorales, pero incluso reconociendo que aún queda mucho por hacer en materia de igualdad, parece claro que determinadas iniciativas como la Ley Integral contra la Violencia de Género, la tan criticada Ley de Igualdad, las ayudas a la maternidad, o, por supuesto, la equiparación de derechos civiles y laborales de las mujeres a los de los hombres (que acabó con una de las mayores aberraciones jurídicas de la dictadura), son pasos muy importantes para conseguir que todos los ciudadanos tengan efectivamente las mismas oportunidades y garantías jurídicas con independencia de su sexo.

El examen de estas  cinco consideraciones  nos será útil para contextualizar las manifestaciones culturales de las tres últimas décadas, que en buena medida dependen y son un reflejo de los cambios analizados: dentro de estas manifestaciones, la literatura se convertirá en un vehículo prioritario para la reflexión sobre los fundamentos  del pasado reciente que definen nuestro presente, como veremos al analizar los principales tópicos y corrientes de los distintos géneros literarios.

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