MEMORIA HISTÓRICA Y LITERATURA: “CORAZÓN TAN BLANCO” O EL DESCUBRIMIENTO DE LA HERIDA

Continuando con la introducción  general  al contexto histórico de la España de los siglos XX y XXI  que esbozamos la semana pasada, nos centraremos ahora en una de las cuestiones que mayor presencia mediática y política han cobrado en los últimos diez años: la recuperación de la llamada memoria histórica y el reconocimiento  y visibilización de las víctimas del franquismo y de la Guerra Civil, es decir, de todos aquellos que formaron parte del bando de los vencidos y desaparecieron sin dejar rastro físico ni documental.  Que nos hayamos referido a la última década  como el periodo de mayor relevancia  de esta problemática no significa, en absoluto, que anteriormente hubiera sido olvidada o que no se produjeran importantes reivindicaciones en este sentido: no fue, sin embargo, hasta  la primera legislatura del gobierno socialista de Zapatero cuando se atendió por fin una demanda histórica de un amplio sector de la izquierda española  y de varias asociaciones en defensa de la recuperación de la memoria de los asesinados durante el conflicto fratricida, así como de los represaliados y exiliados en los años de la dictadura.

Ha sido, en efecto, con el debate previo  y la posterior  aprobación de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, conocida popularmente como Ley de Memoria Histórica, cuando este tema, preterido y olvidado durante largo tiempo por todos los grupos políticos con verdadera capacidad de  decisión en el parlamento (el color de las manos de Pilatos, en este caso, es indiferente), ha saltado a la palestra de la vida política y del debate público cotidiano. Un debate público que, profundamente afectado por el partidismo carpetovetónico de determinados poderes mediáticos, en ningún momento ha dejado de plantearse en términos polémicos, lo que ha vuelto a abrir  viejas heridas y ha reavivado de manera artificial la idea del enfrentamiento entre las generaciones de estas “dos Españas” que vivieron los años más negros de nuestra historia reciente.

Dejando  de lado el encendido debate científico sobre el significado mismo del concepto memoria histórica, su virtualidad, alcance e implicaciones (pues profundizar en esto  nos llevaría a terrenos de la historiografía y la ciencia política absolutamente inabarcables); no cabe duda de que  la morosidad del legislador se explica porque esta es una cuestión incómoda para muchos sectores de la sociedad,  dado el dolor y  la culpa que genera: la revisión de la propia historia puede ser altamente traumática, en la medida en que hace corpóreos vergonzantes episodios y realidades terribles que parecían condenados  al olvido autoconsciente y legal en nuestro país.

¿Es, pues, una irresponsabilidad investigar los crímenes del franquismo, decretar la exhumación cadáveres en las fosas comunes, juzgar a los torturadores del régimen?  ¿Podría evitarse un dolor mayor confiando su olvido a la sucesiva y esperable desaparición de generaciones afectadas?   Parece evidente que el cierre en falso que supuso la Ley de Amnistía de 1977 (siempre esgrimida por la derecha española como argumento jurídico definitivo para evitar la condena a los crímenes del franquismo) no ha conseguido que la memoria de los que fueron despojados de la dignidad por el fascismo perezca, e incluso podría afirmarse lo contrario para buena parte de las familias que soportan una historia trágica sin ningún apoyo institucional (no olvidemos que los caídos “por Dios y por la patria” sí obtuvieron su reconocimiento a lo largo de  casi cuatro largas décadas): la España democrática tenía que enfrentarse tarde o temprano, a una suerte de tratamiento psicoanalítico para resolver una cuestión que, nos guste o no, sigue siendo esencial, en la medida que es una de las claves más evidentes para explicar los actuales problemas de cohesión nacional y que de manera más clara marcan el presente de una parte nada desdeñable de las generaciones de mayor edad.

El incipiente proceso de recuperación de la memoria se ha visto, no obstante, claramente truncado a la luz de los últimos acontecimientos políticos y judiciales: paralización de los fondos destinados a las excavaciones en fosas comunes, permanencia de calles y monumentos en homenaje a destacados miembros del bando nacional, torpedeo judicial de las iniciativas municipales en esta línea…lo que no es sino una piedra más en el camino hacia el restablecimiento de la dignidad debida a los que han sido expulsados a los márgenes de la historia oficial.

Ante esta pereza e indiferencia de las instituciones, se ha intentado construir un relato paralelo de esta memoria perdida a través de la literatura, las artes plásticas y (especialmente desde los años 90 del siglo pasado) el cine: como suele ser habitual, el discurso triunfante en el mundo de las artes es precisamente el de los vencidos, de manera que en la actualidad es bastante difícil encontrar algún nombre entre las filas afectas al régimen franquista que destaque en las Historias de la Literatura (y allí donde ha habido un cierto reconocimiento, siempre se ha visto tamizado por un sesgo ideológico bastante claro por parte de la crítica, como en el caso de Manuel Machado o Torrente Ballester). Este nuevo relato, en el que se funden  las diferentes corrientes estéticas de época contemporánea con los datos de la investigación histórica que se ha visto impulsada con la democracia, tiene, pues, un evidente afán político, que busca la dignificación de las izquierdas que la Historia oficialista del fascismo borró del mapa.

Es preciso señalar, sin embargo, que se trata en todo caso de un relato no unívoco, en la medida en que se ha ido conformando  a partir de  múltiples voces, experiencias y  posturas ideológicas; por ello convendría hablar más de relatos en plural, que recuperan la memoria de la intrahistoria de nuestro país en los años más negros con un tratamiento literario. Añadiremos, por otro lado, que si bien estos relatos han proliferado de manera especialmente notable (y con no poco oportunismo, a rebufo del éxito editorial que durante bastante tiempo ha tenido el tema)  a partir de los años 80 del siglo XX, no son en absoluto una novedad: ya el propio Baroja, con su nada maniquea obra póstuma Miserias de la guerra ,  había dejado un testimonio literario de primera magnitud sobre las  atrocidades de la contienda; pero serán principalmente escritores en el exilio los que pondrán las bases de esta lucha contra el olvido a través de obras de marcado carácter trágico y documental:  Arturo Barea con La forja de un rebelde, Max Aub con los desgarradores Campos  que componen la saga El Laberinto Mágico, o Ramón J. Sender con su célebre Réquiem por un campesino  español.

Centrándonos en la prosa actual, especialmente en la de las dos primeras década del nuevo siglo, lo primero que salta a la vista es que en el mundo de la ficción la Guerra Civil sigue ocupando un lugar absolutamente preferente, frente a los años de la posguerra o el franquismo (en el género ensayístico este contraste existe, pero no es tan acusado). Tratar de insertar aquí  un listado aproximado de autores y novelas  que han adoptado el conflicto como tema central o como contexto determinante (al modo naturalista), resultaría un esfuerzo inútil y siempre inexacto:  podríamos citar algunas muy destacadas por su éxito editorial y de crítica, como El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas (1999, Alfaguara); La voz dormida, de Dulce Chacón (2002, Alfaguara); Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez  (2004, Anagrama); o Soldados de Salamina, de Javier cercas (2009, Tusquets) (estas tres últimas han tenido incluso versión cinematográfica); pero teniendo bien claro que no son necesariamente las de mejor calidad desde el punto de vista narrativo.

La memoria del franquismo (quizá por ser una época sobre la que ya escribieron de manera velada los más destacados autores de la Generación de los 50 y  la de los 60) y  sobre todo, de sus secuelas posteriores  parece a simple vista mucho más limitada en la literatura contemporánea: han profundizado esta línea Chirbes (La caída de Madrid, Los disparos del cazador, La larga marcha) o Almudena Grandes, pero lo cierto es que no resulta fácil encontrar novelas destacadas en este ámbito.

Por ello, nos parece interesante traer aquí a colación una de la lecturas obligatorias del curso del máster, que aunque en apariencia aborda la época franquista de modo colateral y puramente contextual, encierra dentro de sí una interpretación en clave política que resulta absolutamente pertinente para la cuestión que ha vertebrado esta entrada: la brillante y más celebrada novela de Javier Marías, Corazón tan blanco (1992, Alfaguara).

Obviando el análisis de la técnica narrativa, del explícito diálogo intertextual con el Macbeth de Shakespeare y del intrincado atlas de psicología humana que la obra dibuja (cuestiones que quizá vuelvan a salir a la luz en este blog en un futuro), nos interesa la alegoría política que se puede extraer de las  oscilantes y complejas relaciones de Juan Ranz y su padre sobre la historia de España en la segunda mitad del siglo XX.

Tenemos aquí perfectamente perfilados dos caracteres entre los que media un secreto (ese “fantasma” shakesperiano que es la clave de la novela): a medida que este secreto se va abriendo paso gracias a la intervención de terceros, la visión que tiene el protagonista sobre su padre va cambiando dramáticamente, hasta llegar al descubrimiento de la verdad esencial, que revelará la responsabilidad de Ranz padre de este sobre un hecho terrible que condiciona el presente de Juan (no solo su sistema de valores e ideas en torno al matrimonio, sino su misma existencia, que sin ese hecho no podría darse). Una vez que Juan, testigo oculto de las palabras de su padre, afirma “ver” el secreto, cobra sentido una de las preguntas que encontramos desde el inicio: “¿y ahora qué?”. La respuesta que da el protagonista es, en todo caso, vaga y errante, a medio camino entre el incipiente rencor y la voluntad de olvido.

El paralelismo con la situación que hemos explicado al inicio es más que evidente: Ranz padre es un personaje que ha medrado en y gracias a la dictadura  y sus corruptelas, y podría simbolizar por lo tanto a parte de esa generación (hoy anciana o ya desaparecida) de personas afectas al régimen que no solo toleraron, sino que pusieron su grano de arena en las tropelías del régimen. El asesinato de su primera esposa, aunque se trate  aquí de un hecho sin una vertiente social o política explícita, es un ejemplo manifiesto de la amoralidad interesada de dicho colectivo, que apenas duda en cometer un crimen por puro egoísmo y para mantener su estatus.  Nótese además (aunque esta interpretación pueda parecer demasiado forzada) que nos encontramos con dos episodios cruentos de los que Ranz es causante directo: en este sentido, el suicidio de su segunda esposa podría verse como el sacrificio del país al fanatismo y el terror del gobierno de Franco, tras el primer episodio que encontraría su correlato objetivo en la guerra civil española. Su actitud fría y distante en el acto de la confesión parece, además, casi una paráfrasis de los lugares comunes típicamente autoexculpatorios por los correligionarios del franquismo reconvertidos en rejuvenecidos demócratas.  Efectivamente, Ranz con su aparente pereza e indiferencia  parece  estar diciendo “eran  otros tiempos, estábamos en guerra” o “¿Qué importa eso ahora?”.

Ranz hijo, por su parte, simbolizaría aquí a la generación inmediatamente posterior de españoles que, ignorante de muchas de las claves de su pasado (pues ha mamado desde su infancia el discurso único familiar en torno a la muerte de su tía) se autoimpone una venda que le evite enfrentarse a los insoportables cimientos de su propia existencia. Se trata, pues, de un personaje contradictorio, que como Lady Macbeth, no participa directamente en el atroz crimen, pero sí que comparte  en cierto modo la culpa desde el mismo momento en que conoce el hecho que no ha querido saber, pero ha sabido, y no es capaz de ofrecer una respuesta. Confía en la fuerza devastadora del tiempo como motor de  un olvido que sabe que ya no podrá ser exculpatorio a sus propios ojos: la historia oficial de su padre, el discurso único familiar, se perderá en el paso de los años, que convierte los acontecimientos más graves en fútiles; sin embargo, en su interior Juan sabe que nunca podrá limpiar la ponzoña que envenena la memoria de lo que su respetado progenitor fue un día y nadie quiso saber.

No parece demasiado aventurado afirmar, a la vista de los vínculos señalados, que en su gran novela de los años 90 exista una crítica implícita de Marías a la actitud de la sociedad derivada del llamado “pacto de silencio” de la Transición. Una sociedad que aún hoy se empecina en desoír las indicaciones de los organismos internacionales y  sigue dando el mutis por respuesta, o en el peor de los casos, asiente positivamente a la punzante y nada inocente pregunta que cierra el multipremiado y muy interesante film de Alberto Rodríguez La isla mínima (2014): “Todo en orden ¿no?”.

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