ANTONIO OREJUDO: LA FÁBULA CONTRA EL DOGMA

Posmoderno pero cervantino, rabiosamente punk  y a la vez decididamente culturalista, explícito hasta la nausea pero alejado de la cohorte de autores que citan cansinamente a Bukowski como modelo totémico de transgresión e incorrección política, profundamente beligerante pero alejado de cualquier posible encasillamiento ideológico. Así se nos muestra (o así lo interpretamos, a la luz de lo que se puede leer en sus múltiples entrevistas, enjundiosos artículos, y sobre todo, en sus novelas, la verdadera razón de su reconocimiento en la literatura española actual) Antonio Orejudo (Madrid, 1963), uno de los grandes nombres de la narrativa hispánica del nuevo siglo.

Crítico con todo y con todos (sin caer nunca en el cinismo autocomplaciente),  orgulloso portador de la infravalorada condición de humorista, su obra es un auténtico torpedo en la línea de flotación de buena parte de los dogmas sobre los que se asienta la crítica canónica, una crítica con la que comparte espacio vital en su doble condición de agitador columnista ( 1 y 2 ) y profesor universitario en la Universidad de Almería, y a la que lleva atizando sin contemplaciones desde su primer gran éxito  editorial, la desternillante Fabulosas narraciones por historias (Lengua de Trapo, 1996). Pero no solo la crítica más inmovilista es objetivo directo de sus dardos envenenados, también lo es en igual medida el esnobismo y la actitud despreciativa de la posmodernidad literaria  hacia los grandes referentes literarios patrios, de los que el autor madrileño es especialista y apasionado. Todo ello convierte al escritor, antes de formular cualquier juicio de valor sobre su (aún corta) obra, en un caso digno de atención y estudio para todo amante de la buena literatura.

Mi primer encuentro con la literatura de Orejudo se produjo de manera casual hace apenas tres años, sin saber casi nada de su producción literaria (tiempo antes había oído opiniones muy positivas sobre su ya mencionado debut novelístico, pero mi memoria borró el vínculo con el autor de la novela que entonces llegaba a mis manos), a través de la que hoy es considerada por buena parte de la crítica como su obra más lograda, Ventajas de viajar en tren (Alfaguara, 2000). El flechazo fue instantáneo: en sus pocas páginas descubrí  una  “novela de novelas”  fascinante, de una complejidad temática asombrosa (en ella se abordan, partiendo del clásico tópico de la delicada frontera entre realidad y ficción, cuestiones que van desde las más elevadas teorías narratológicas hasta los trastornos de personalidad y su tratamiento, pasando por otros como la violencia o las parafilias sexuales, retratadas con tal crudeza y realismo que resultan imborrables a pesar de demostrarse luego falsas en la propia ficción; y todo ello  enriquecido  con una gran profusión de claves en tono irónico y connotaciones semánticas que revelan, en definitiva la gran broma que el autor implícito nos está gastando), complejidad temática que corre pareja a una  libérrima e intrincada superposición de planos narrativos  y subtextos, que hacen que la obra sea todo un modelo  de narrativa caleidoscópica. Cada elemento argumental desempeña, pues, más de una función y depende radicalmente del conjunto (esta es, a mi juicio, una diferencia clave con otros novelitas de su generación, en los que la experimentación narrativa suele desembocar en un fragmentarismo que rompe cualquier eje argumental, y por lo tanto, la narratividad del conjunto, como  en el caso de Fernández Mallo y sus acólitos).

Pero si este mosaico de historias es valioso por su carácter múltiple en tópicos y técnicas, lo es mucho más por la agilidad de su prosa, por el dominio perfecto de un lenguaje que suena renovado y huye de la afectación y el abigarramiento: en efecto, nos encontramos con un verdadero experto en literatura barroca que, sin embargo, escribe en un castellano perfectamente reconocible para casi cualquier lector del siglo XXI, un lenguaje contemporáneo cuya nota definitoria  es( y esto es quizá lo más difícil) la naturalidad. Orejudo huye así de la arrogancia intelectual de la que podría hacer gala y pone todo su empeño en acercar su novela  al lector de su época; un objetivo que en ningún caso implica empobrecer  o degradar el lenguaje (la inclusión en Ventajas de una descacharrante “crítica literaria” escrita al modo de un estudiante de Secundaria  poco brillante es una buena prueba de ello), sino más bien depurarlo de los dejes manieristas a los que muchos narradores de época actual nos tienen acostumbrados.

El mayor mérito de Orejudo (no solo de Ventajas, sino también de sus otras novelas) radica, por lo tanto, en esa aparente naturalidad y sencillez, en la que se cuelan multitud de referentes literarios sin que apenas nos demos cuenta , sin que el autor tenga necesidad de subrayarlos (un poco al contrario de lo que sucede a menudo con autores coetáneos muy dados a los juegos intertextuales, como Vila-Matas o Luis Mateo Díez): en sus páginas se cuelan la genialidad de Cervantes o del Nabokov de Pálido Fuego (obviamente, el más cervantino), pero también rasgos de otros  autores menos apreciados por el canon, como Mihura o el Mendoza más cómico, a los que no duda en reivindicar siempre que la prensa le da la oportunidad.

Y hablando no ya de referentes sino propiamente de referencias literarias, es muy pertinente el comentario sobre Fabulosas narraciones por historias,  la novel a galardonada con el Premio Tigre Juan a la mejor  primera novela del año 1997 (aunque su mayor éxito comercial se produjo a partir de la reedición por parte de Tusquets en el año 2007); una obra que devoré a carcajada limpia y que me  sirvió para confirmar un talento e ingenio inconfundibles, así como una capacidad rompedora para la desacralización  de ciertas vacas sagradas de la literatura a través de un sarcasmo cruel.

Con esta obra, el novelista  persigue dinamitar la Historia oficial de la Edad de Plata por medio de la ficción grotesca y paródica, que transforma a personajes conocidos reales a la Residencia de Estudiantes (Lorca, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Unamuno…) en seres ficticios fascinantes y siempre cómicos. Orejudo se convierte así, por medio de una imaginación desbordante en una suerte de terrorista infiltrado dentro del ámbito de la historiografía literaria, y exactamente así reza la contraportada de la primera edición del libro: “un atentado en la historia de la literatura”.  De este  modo, a través de una trama absolutamente disparatada y carnavalesca pero siempre verosímil, en la que la que se puede percibir la alargada sombra de Rabelais (en la el humor escatológico presente en las extravagantes historias eróticas entreveradas en la novela),  la más obvia del Mendoza de El misterio de la cripta embrujada, pero también la de autores menos de menos renombre como Manuel Talens y su Parábola de Carmen la Reina (un revisión genial, a medio camino entre lo cómico y lo trágico, de  la historia decimonónica de nuestro país, una novela que viene mereciendo una reedición desde hace tiempo), el autor madrileño construye una cosmovisión esperpéntica de la intelectualidad de la época, marcada por las luchas de egos  literarios y las rencillas personales ajenas a cualquier tipo de discusión académica.

Parece evidente, además, que la recreación de este universo de escritores frustrados, intelectuales de barra de bar y ridículos donjuanes esconde una crítica furibunda dirigida también y sobre todo al mundillo literario actual y sus aledaños editoriales y académicos, así como al clásico  y artificial enfrentamiento entre generaciones de creadores, resumido en el  simplista “vanguardia versus tradición”, que  acaba siempre reducido a un absurdo que en la novela alcanza tintes hilarantes (son inolvidables los pasajes en los que los estudiantes, con carácter anual, se reúnen para boicotear los actos de un presuntuoso, apoltronado y ya agotado Juan Ramón).

Tenemos, pues, una obra subversiva, que si bien reformula por medio del humor un tiempo y un lugar que habitualmente escapan del revisionismo  de los especialistas, no deja de lado, sin embargo, una rigurosísima labor de documentación a partir de fuentes de distinta procedencia (prensa, bandos municipales, anuncios oficiales de la Residencia de Estudiantes, panfletos políticos) que  no solo viste la trama y la dota de una gran verosimilitud, sino que también da pie a la reflexión histórica y política (un eje temático secundario, en tanto que los idearios a los que  los caracteres se muestran afines no son sino pantallas para camuflar los más bajos instintos y la hipocresía que motivan sus acciones).

Y precisamente es este último rasgo que acabamos de resaltar el que define de modo incuestionable la tercera y última de las novelas que  vamos a  analizar en esta entrada (aún tengo una cuenta pendiente con su  previsiblemente ácida visión del panorama universitario  en Un momento de descanso [2011, Tusquets]), la espléndida (y en mi opinión, la mejor de las tres, aunque calibrar esto es siempre una tarea difícil) Reconstrucción (2005, Tusquets):

A primera vista,  lo que encontramos en Reconstrucción es un acercamiento explícito del autor al siempre denostado subgénero de la novela histórica, un tipo de novela basada en datos históricos verificables y documentados que, en este caso, se refieren a la agitada vivencia del hecho religioso en la Europa del Siglo XVI, un siglo convulso en el que las guerras de religión entre la(s) Reforma(s) y la Contrarreforma, las revueltas y los cismas fueron una constante. Tenemos, pues, una aparente novela histórica que, sin embargo, se desenvuelve mediante el uso de técnicas narrativas comúnmente asociadas a la novela negra (el título mismo alude a una reconstrucción policial de los hechos que se narran), y que, finalmente, tiene una intencionalidad meridianamente política y filosófica, que no se limita al análisis externo (más menos divulgativo o erudito) de una época, sino que dibuja una alegoría terrible que resulta perfectamente extrapolable a nuestro presente.

Novela histórica, novela negra, novela de carácter político…la obra es todo eso al mismo tiempo  y nada en particular: un artefacto literario inclasificable, en la que una vez más interviene el brutal aguijón de su genial autor, que a través de una trama cuya nota más relevante es el dinamismo y la concentración de acciones, logra condensar una crítica radical a los extremismos (ya sea en su vertiente política, religiosa o simple y llanamente, ética) que sirven de fundamento a las utopías/distopías totalitarias, y a la respuesta igualmente fanática de los poderes fácticos más conservadores, representados aquí por  una jerarquía católica absolutamente podrida y corrupta (absténganse de su lectura las mentes biempensantes y los católicos acríticos, pues la novela  herirá de muerte su sensibilidad desde las primeras páginas).

En efecto, y aunque pueda parecer paradójico, la mayor verosimilitud histórica de lo narrado hace que en esta novela la incorrección política alcance cotas desconocidas en la obra previa del autor (y ya sabemos que la mirada benevolente y serena nunca ha sido un rasgo que caracterice su literatura); pero también motiva que la mirada satírica, que en ningún caso desaparece, adquiera matices  mucho más solemnes.

La fabulación, no obstante, sigue estando bien presente, por mucho que el telón de fondo y núcleos narrativos esenciales (el cisma religioso protagonizado por Bernd Rothmann en 1535, por un lado; y la persecución del teólogo y científico Miguel Servet de Villanueva por parte de la Inquisición española por la publicación un libro herético, por otro) hayan sido tomados de la investigación histórica. Si  decíamos que Fabulosas narraciones por historias era un atentado consciente contra la historiografía literaria, aquí nos encontramos con auténtica dinamita contra la interpretación aséptica  y  pretendidamente de la Historia en general.  Huye así el autor madrileño de cualquier compadreo con la novela histórica pseudodivulgativa y supuestamente “seria” que suele copar los puestos más altos de las listas de ventas del mercado editorial, y no renuncia a su inequívoca mirada imaginativa, que desemboca  en un feroz juicio condenatorio a una sociedad  enferma de dogmas.

Para concluir, he de decir que dada la libertad temática que me ofrecía esta semana el blog, me he sentido en la necesidad de reivindicar (consciente, lo admito, de mi escasa originalidad) a un fabulador ineludible en el panorama actual de las letras españolas, un creador con una capacidad única para subvertir  por medio del ingenio la realidad y presentarla en toda su absurdidad, en su estado originalmente deformado,    a partir de una máxima presente siempre en su pensamiento estético: “el realismo es también una manifestación de la imaginación.

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