CONSIDERACIONES ACERCA DE LA ENSAYÍSTICA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX: ORTEGA Y SUS CRÍTICOS

Acometer un estudio teórico preliminar del ensayo en la España de los dos últimos siglos es una tarea harto difícil, pero se revela  imprescindible en tanto en cuanto se trata sin duda del género que se enfrenta a mayores dificultades de deslinde y definición (una indefinición que podemos calificar como histórica, en la medida en que está presente ya desde los textos seminales de Montaigne), y en ese sentido, es preceptivo clarificar, antes de entrar a considerar corrientes, autores… qué debe ser aquello que entendamos por ensayo en la actualidad.

En efecto, pese a que han transcurrido más de cuatrocientos años desde que el autor francés publicara sus Ensayos, la definición de los rasgos caracterizadores del ensayo como género literario sigue siendo aún un tema relativamente candente en la Teoría de la Literatura, y el público no avezado a menudo lo asimila de manera intuitiva a ese cajón de sastre que los suplementos literarios, librerías y las propias editoriales llaman no ficción (una categoría importada del mundo anglosajón, a partir de las novelas testimoniales que en los años 60 del siglo pasado publicaron autores del Nuevo Periodismo norteamericano): parece evidente que, por  muy sagaz que parezca este principio clasificatorio, es del todo inexacto, en la medida en que la no ficción engloba textos de carácter biográfico, histórico, económico, científico…  que tienen poco que ver con el ensayo; y aún más, en tanto en cuanto que el ensayo incluye con frecuencia relatos de ficción entreverados y ejemplos en los que la imaginación juega un papel fundamental, lo que convertiría al género que analizamos en la parte más literaria de la no ficción.

Ya desde el Prólogo a la obra fundacional de Montaigne, el ensayo aparece como un género asistemático y de prosa fluida y no solemne; un género que discurre, pues, al margen de la corriente principal de la modernidad científica y filosófica que alcanza su mayor impulso con Descartes.  Es así  definido como un género de carácter privado, que rehúye cualquier pretensión de objetividad y en el que no importa demasiado el provecho gnoseológico del lector, sino más bien la libertad del autor para reflexionar sobre temas humanísticos  o de interés general por medio de una prosa líquida, alejada del método. Una definición primaria que ha sido complementada  a lo largo de los siglos, y de modo especialmente pormenorizado por Adorno en su texto “El ensayo como forma” (1958), en el que procede mediante la negación sistemática de las Reglas para la dirección del Espíritu cartesianas (1628). Es quizá esta última la definición genérica más influyente y aceptada en la actualidad por su  rigor analítico, pero es preciso señalar que se trata en todo caso de una definición muy compleja y en último término, demasiado restringida, que pone de manifiesto que la caracterización del  ensayo es quizá un problema que no tenga una solución definitiva y unívoca (pero ¿qué género literario la tiene?).

No viene al caso ahora estudiar cada una de las reglas de definición que contiene el texto de Adorno, pues dicha tarea sobrepasa con mucho las intenciones de este blog y mis propios conocimientos, pero lo dicho en el párrafo anterior es interesante para poner de relieve una nota característica del ensayo moderno frente a su definición clásica: a saber, que con el paso de los siglos el ensayo se presenta como un vehículo  prioritario para la reflexión filosófica, frente a la idea degradada que del género habían tenido los pensadores vinculados a la tradición cartesiana, que asimilan la reflexión filosófica a la ciencia y al pensamiento lógico-matemático.

Centrándonos ya en el caso de nuestro país, es necesario dejar clara una premisa que condicionará de modo crucial la evolución del género ensayístico contemporáneo: España es un país con una tradición filosófica muy débil, sobre todo si la comparamos con la robustez de otras tradiciones europeas como la alemana o la italiana. Esta desventaja comparativa explicará la escasez de autores españoles  de ensayos con renombre e influencia en el continente, así como la escasa difusión en el propio territorio de las principales corrientes de pensamiento de la época, que acabarán por convertirse en muchos casos en patrimonio exclusivo de élites académicas o universitarias.  Es muy llamativo, además, que alguna de las corrientes filosóficas más arraigadas en estos ámbitos, como lo fue el krausismo durante buena parte del siglo XIX y principios del XX, apenas tuvieran importancia en sus países de origen, lo que solo se puede explicar por el pírrico número de especialistas en filosofía europea en la universidad española decimonónica, que sobredimensionaron la importancia de los pocos autores que llegaron a conocer con cierto nivel de detalle (una sobredimensión paralela a la que se ha operado en la actualidad en algunas facultades de Humanidades con autores del XVIII como Feijoo o Jovellanos, que aunque sean valorables en su rol de precursores nacionales, no tienen parangón alguno con su coetáneos franceses o anglosajones, ni en lo literario, ni por supuesto en lo filosófico) .

Todo este panorama cambiará con la llegada de José Ortega y Gasset (1883-1955), una figura absolutamente clave para el asentamiento en España de un sistema filosófico cosmopolita, y por lo tanto, el autor de referencia indiscutible en la España del XX.  Hombre de enorme cultura, conocedor de  las tradiciones de pensamiento más vigorosas y de las corrientes más vanguardistas de  la Europa de su tiempo (especialmente de la filosofía alemana),  Ortega fue  capaz de construir un edifico teórico renovador (publicó muchísimo y sobre todo tipo de temas, aunque su contribución fundamental fue el Raciovitalismo, que aunó los últimos coletazos teóricos relevantes de la  ya gastada escuela racionalista con el vitalismo filosófico nietzscheano)  de suficiente amplitud y trascendencia como para convertirse marco teórico fundamental en el ámbito de la Metafísica para la práctica totalidad de filósofos españoles durante décadas.  Así,  desde la tercera década del siglo XX nos encontramos con una amplísima nómina de autores  (estos sí, muy relevantes en el panorama filosófico de nuestro país)  que consideran al filósofo  madrileño su maestro y mentor y que dedican en buena medida sus esfuerzos intelectuales a complementar y matizar las líneas de pensamiento iniciadas por él: María Zambrano,  Xavier Zubiri, José Gaos, Julián Marías, etc., de manera que todos ellos serán incluidos a posteriori en el discutido marbete de la Escuela de Madrid.

Vinculando a Ortega con el tema inicial de la entrada, hay que admitir que el filósofo es el gran ensayista de su siglo: en efecto, su pensamiento  ha llegado hasta nosotros  sobre todo a través de artículos,  textos ensayísticos breves y publicaciones en revistas (fundamental en este sentido fue la Revista de Occidente, que el propio filosofo fundó en 1923) y no tanto de profusos tratados metódicos de vocación totalizadora.  Este mosaico (por lo demás, amplísimo)  de textos hace de la ausencia de sistema y cerrazón una de las características esenciales del gran  edificio teórico orteguiano, que prefiere escribir para el gran público sobre temas, sí, altamente especulativos, pero en los que el rastro de la personalidad y parcialidad del autor son siempre patentes. Se sirve, pues, Ortega del género ensayístico tal como género esencialmente alejado de la exhaustividad metódica y definido por su temática humanística y su  carácter parcial y subjetivo.

Será precisamente la omnipresencia presencia subyugante no ya del filósofo, sino de la persona (o más bien, del figurón, un tanto ególatra y paternalista) no solo en sus textos sino también en el mundo académico, político y en la vida pública en general durante la primera mitad del siglo XX, el primer factor que condicionará la aparición de una corriente de autores extremadamente crítica con Ortega, una corriente que con el paso del tiempo ha cobrado cada vez más vigor  y ha acabado por reducir al filósofo a una caricatura  pedante, burguesa y  apoltronada . Muy célebre es, por ejemplo, el retrato que del filósofo madrileño traza Luis Martín Santos en Tiempo de Silencio  (1961, Seix Barral), parodia feroz de un predicador intelectualmente agotado que toma ventaja de una sociedad burguesa que asiente ciegamente a los discursos vacíos que este pronuncia en reuniones banales durante la posguerra. Una imagen satírica la que se irán sumando progresivamente connotaciones deformantes (mujeriego, cursi, políticamente vendido) y  que pasará por  la mano de autores como Goytisolo y llegará hasta nuestros días (así aparece un Ortega lujurioso y adúltero en Fabulosas narraciones por historias de Orejudo, cuyo contenido ya vimos de manera sucinta la semana pasada).

Especialmente relevantes, son, sin embargo, los ácidos ataques e invectivas dirigidos al filósofo por Rafael Sánchez Ferlosio , dado el papel destacadísimo  de este en el ensayo español contemporáneo, y sobre todo, porque sin dejar de ser feroz en ningún momento aporta muchos matices a la sátira ad hominem  un tanto simplista que ha enterrado al pensador y su influencia , hasta tal punto que si bien es cierto que existen múltiples estudios y traducciones de la obra de Ortega, no hay una escuela filosófica hoy en día que pueda considerarse propiamente orteguiana.

Abordaremos con más detalle la figura de este escritor fundamental en las siguientes entradas, a propósito del análisis que vamos a acometer de su texto “La señal de Caín” (publicado en el número 64 de la revista Claves de Razón Práctica en 1996), pero ahora procederemos a explicar el porqué de su animadversión al legado de Ortega:

En efecto, Sánchez Ferlosio no ha dejado pasar la oportunidad en sus textos  y entrevistas para atacar al que considera un vendedor de humo teórico, de prosa afectada  y construcciones lingüísticas vacías y estereotipadas.  Se trata en el fondo,   de un desprecio heredado de su padre, el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas,  sobre el que Javier Cercas basó su novela-testimonio (un ejemplo prototípico de lo que llamábamos literatura de no ficción) como confiesa  en esta entrevista :  “A lo mejor yo estaba en mi cuarto y él [mi padre] entraba sin llamar a la puerta diciéndome: “Rafaelito, ¿tú crees que se puede escribir gémula iridiscente?”. Se refería a Ortega. La manía a Ortega me la transmitió él. Claro que yo luego he detectado cosas muchos peores.  “

Valga esta anecdótica respuesta y otras en la misma línea para entender que, además de la crítica de fondo a determinados constructos teóricos muy discutibles (como la presunta construcción del Estado por medio del ideal  de la Cohesión nacional que desarrolló en su España invertebrada, o la concepción proyectiva de la historia que a juicio de Sánchez Ferlosio ha servido para justificar todo tipo de injusticias a lo largo de los siglos), lo que de verdad existe es una crítica esencialmente lingüística y literaria a un estilo prosístico que destila paternalismo divulgativo por los cuatro costados y que a día de hoy sería manifiestamente impracticable. En efecto, en la obra de Rafael Sánchez Ferlosio existe una preocupación absolutamente primordial por la depuración conceptual del lenguaje, por la eliminación de entelequias expresivas y epítetos vacíos, así como de pretendidos conceptos que bajo su apariencia de profundidad esconden todo un catálogo de causas justificativas de la barbarie. Por ello, sin atreverse a negar su cultura filosófica, le tacha de “periodista” y “frívolo”, subrayando intencionadamente la debilidad de unos cimientos teóricos recubiertos de pompa y amaneramiento conceptual.

Veremos, pues, en las próximas semanas cómo Rafael Sánchez Ferlosio procede en reflexiones sobre cuestiones políticas, morales o históricas a través  sobre todo de la reflexión lingüística, de modo que el estudio etimológico y la aplicación de categorías procedentes de la Filosofía del Lenguaje van a ser una constante tanto en su obra ensayística como en algunos de sus relatos (caracterizados, además de por su enjundia,  por una precisión terminológica modélica)  Sirvan, pues, estas consideraciones iníciales sobre el ensayo en general y sobre los precedentes fundamentales para poder desarrollar en adelante este análisis de la obra del célebre autor de El Jarama (novela de la que el autor reniega en la actualidad, a pesar de ser la causa fundamental de su inclusión en las Historias de la literatura española del siglo XX).

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