LA NEGACIÓN DEL DISCURSO OFICIAL: PESIMISMO HISTÓRICO Y HETERODOXIA EN RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Ahondando en el estudio de de la figura de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927), y antes de entrar a analizar un texto de tanta enjundia lingüística y conceptual como La señal de Caín (tarea  a la que dedicaremos la entrada de la próxima semana), nos centraremos ahora en el estudio  de uno de los rasgos más característicos  de su pensamiento y de su prosa (la correspondencia entre forma/expresión y fondo/contenido en Ferlosio está depurada hasta el extremo, en consonancia con el principio del pensamiento wittgensteiniano “Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”), a saber: su crítica implacable al poder en todas sus formas, así como al principal instrumento del que este se ha servido históricamente para justificar el sometimiento (a través de la violencia física, moral o ideológica) de las sociedades, la prosa o discurso oficial. Esta característica esencial de los textos de Ferlosio hace que sean casi siempre ensayos de enorme actualidad, aun teniendo en cuenta su vocación marcadamente minoritaria por su complejidad (a menudo se le acusa de ser un escritor deliberadamente barroco y confuso en sus larguísimos desarrollos expositivos, cimentados sobre un sinnúmero de estructuras hipotácticas encadenadas que apenas conceden tregua al lector más atento; una acusación en todo caso discutible, en la medida en que lo cierto es que este tipo de parágrafos se acercan  más a la expresión natural y espontánea de los hispanohablantes que las estructuras paratácticas simples que aparecen tan a menudo en textos expositivo-argumentativos con intención pedagógica).

En efecto, Ferlosio es ante todo un heterodoxo, un fustigador nato de la falaz y deformada idea de progreso y modernidad con que aquellos que ejercen el monopolio de la violencia (pues esta es,  siguiendo a Weber, la definición misma de poder) tratan de justificar sus ataques constantes a la dignidad de los hombre; ideas, pues, torticeras, que se infiltran en el lenguaje cotidiano y el imaginario mental de los pueblos sometidos, y que visten la sumisión con un traje racionalizador y triunfalista. El escritor detesta  todo este tipo de vocabulario  tan habitual en la prensa oficial, que encubre un optimismo  artificial e ingenuo que solo pretende generar conformismo con la distopía real que nos rodea. En sus ensayos no cabe, por lo tanto, bendición posible de la realidad, lo que acaba convirtiendo a Ferlosio en un pesimista irredento que subvierte y da la vuelta el célebre principio del Génesis: “Y vio Dios que esto era bueno”; de ahí su incómoda posición literaria y filosófica.

Estos feroces ataques no se limitan, como ya se ha dicho, a la crítica filosófico-conceptual: el  radical rechazo de la prosa oficial (difícil de definir, en todo caso, de modo exhaustivo; el profesor Antonio Valdecantos propone como modelo intuitivo y aproximado el lenguaje de los traductores y la publicidad) lleva al autor a adoptar una postura asimismo radical en la construcción lingüística de sus creaciones literarias. Así, el aparente rebuscamiento formal de sus ensayos sería una manifestación más de esta actitud enemiga de los discursos planos y vacíos de contenido  que las portavocías del poder repiten machaconamente (una crítica semejante a la que, como vimos la semana pasada, el autor dirigía a la prosa de Ortega; no en vano el filósofo es citado muy a menudo como principio de autoridad y modelo estilístico por buena parte de los autores afines a la corriente principal de pensamiento).

Frente a la prosa divulgativa y democratizadora típicamente orteguiana, plagada aquí y allá de ciertos cultismos y expresiones retorcidas (recordemos la anécdota de la “gémula iridiscente” que el propio autor contaba en una entrevista concedida a El Cultural), Ferlosio propone una prosa ensayística  construida a  base  de párrafos extensísimos (en los que quizá sea la ausencia de anacolutos el rasgo más artificial que podemos encontrar), cuyos principios rectores son la subordinación sintáctica (en Ferlosio hay una obsesión por  mostrar la hilazón causal, condicional, temporal, etc. entre los argumentos propuestos   sin interrumpir el discurso) y la precisión léxica, que huye de las expresiones y términos puramente decorativos.  Se trata, pues, de rasgos estilísticos que acercan en cierto modo su prosa a la de Xabier Zubiri, uno de los filósofos españoles del siglo XX más influyentes (sin que  tampoco pueda afirmarse de modo  categórico que este constituya un modelo para Ferlosio, pues sus intenciones son bien distintas), autor célebre por su escritura áspera, más cercana al tratado académico que al ensayo.

Volviendo a la crítica de fondo, nos parece relevante traer aquí a colación dos breves textos ensayísticos compilados en la antología El alma y la vergüenza (2000, Destino), cuyo análisis nos servirá para ejemplificar esta oposición radical al lenguaje del progreso: Las cajas vacías y Compulsión apologética y marketing de Estado, ambos del año 1992, que complementaremos con una breve mención a la conferencia “Esas Yndias equivocadas y malditas”, publicada en el periódico  El País  cuatro años antes.  La mención a la fecha de publicación no es baladí, en la medida en que los tres textos tienen relación directa con algunos de los acontecimientos y efemérides que se celebraron en España en el año 1992: en efecto, aquel fue un año clave en nuestra historia reciente, en la medida en que la presunta modernización del país y la equiparación con los países del entorno europeo se vio rubricada con la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla, o la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América. A tenor de lo ya dicho sobre la actitud profundamente crítica de Ferlosio contra la versión dogmática y unívoca de los discursos oficiales, es fácil prever cuál es su visión sobre tales acontecimientos:

En Las cajas vacías, Ferlosio acomete un profundo y clarificador análisis de la ética del liberalismo (la ideología oficial de la España moderna) para construir una invectiva consistentemente argumentada contra la justificación  que los poderes públicos dieron a las millonarias inversiones en infraestructuras con ocasión de la Exposición Universal de Sevilla.

Así, frente a la tradicional concepción de la ética liberal como una ética del individualismo posesivo, el ensayista propone una versión alternativa, la de la ética del individualismo adquisitivo, basándose en el principio marxista de la contraposición entre  el être y el avoir, esto es, entre el ser y tener. Tales éticas, a juicio de Ferlosio, no son más que dos visiones matizadas de una misma detestable estética: aquella que propone la producción y la adquisición como principios directores de la moral propia, sin tener en cuenta el qué se produce, esto es, el fin al que se dirige la acción. El liberalismo procede así proclamando   la perfectibilidad del hombre y la sociedad a través del riesgo y del beneficio como fines en sí mismos (una concepción “deportiva” de la moral), lo que de hecho acaba por convertir los verbos adquirir o producir, típicamente ligados a la ideología del capital, en verbos intransitivos. Especialmente elocuente resulta para comprender esta idea la cita tomada de una novela negra (en opinión del autor la literatura barata, es la que mejor refleja la ideología dominante en una sociedad dada) en la que se sustancia esa filosofía: “No importa en qué seas bueno; lo que importa es el hecho mismo de que seas bueno en algo”.

Sobre ese qué vacío o fin sin contenido dibuja Ferlosio la metáfora de las cajas vacías, en la medida en que estas tienen existencia en sí misma con independencia de aquello que vaya a llenarlas. Se trata, pues, de objetos que mantienen una relación apriorística con su propia funcionalidad: el continente es anterior al contenido y es independiente a él. Los responsables de la previsión y edificación de los auditorios, pabellones, y recursos tecnológicos de la Expo de Sevilla habrían,  pues,  diseñado una suerte de cajas vacías, en las que solo se contempla el teórico número de espectadores o el tiempo de apertura, pero no su fin real, que se intenta justificar con la referencia genérica y equívoca a “actos culturales” no especificados.

En el segundo de los textos, por su parte, el escritor trata de desenmascarar la terrible e injusta  realidad histórica que se esconde tras los fastos de celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, fastos que se sirvieron del lenguaje laudatorio de los publicistas para glorificar de la idea de Nación, o incluso de la Humanidad,  y que se desentendieron por completo de los abusos que la conquista y civilización de los territorios de ultramar llevó consigo.  Nos encontramos aquí con la visión radicalmente pesimista de la Historia a la que nos referíamos arriba, una visión que sin embargo, difícilmente puede ser tachada de fanática, pues está perfectamente argumentada y resulta plenamente coherente con la ética que define al autor.

Ferlosio, aunque no cita expresamente al filósofo, censura nuevamente la concepción proyectiva de la historia que tiene Ortega, una concepción eufórica  y determinista que falsea los datos y oculta los atropellos que podrían obstaculizar la aceptación de un relato oficial basado en las ideas de progreso, civilización y victoria de la Humanidad. Nada resulta más rechazable para el ensayista que el recurso indiscriminado a tales términos, que la política y medios afines han vaciado de toda significación cabal en pos de una visión infantil y feliz de los acontecimientos que han dado forma a nuestro presente. La perversión del lenguaje opera, pues, como un instrumento de marketing de Estado, una herramienta de autobombo que sigue una lógica puramente publicitaria: se trata de vender a toda costa un producto, en este caso, una idea de país, apelando a las emociones identitarias (tenemos, por lo tanto, una crítica que resulta igualmente aplicable al caso de la Exposición Universal) y tapando las miserias evidentes que el progreso connota.

Se trata, en efecto, de un texto enormemente vigente aún hoy en día, como puede comprobarse a la luz del cíclico debate que  se genera a propósito de la conmemoración anual del Día de la Hispanidad. Una mirada que tiene pleno sentido si en efecto, se ve tal celebración como una exaltación del patriotismo barato y del nacionalismo de bandera, pero que puede resultar francamente exagerada si se adopta un punto de vista más sereno: a menudo se aduce que no se trata de glorificar el genocidio étnico y cultural de los indígenas, sino de celebrar los lazos culturales y lingüísticos  entre la península y los territorios que un día fueron considerados provincias de ultramar.  Ferlosio, sin embargo, no admite matices: en ambos casos nos encontraríamos con un lenguaje laudatorio y falso propio de las sociedades liberales, con el que se pretende comprar la adhesión de los individuos a un ideal social o antropológico, un lenguaje paralelo del que  se sirven los nacionalismos para insuflar entusiasmo identitario a partir de presupuestos históricos  tergiversados  y  absolutamente parciales (no en vano el escritor dedica grandes esfuerzos a hostigar los discursos patrióticos que anulan la libertad del individuo y  que se han venido utilizando a lo largo de la historia  a modo de acicate para excitar sus pasiones más bajas y violentas. Sirva de ejemplo la solemne afirmación que encabeza esta entrevista concedida por el autor al periódico ABC, a propósito del ímpetu patriótico envolvió la vengativa campaña militar contra el régimen talibán afgano tras el 11-S: “La patria es la criatura congénita de la guerra”; o bien la sentencia demoledora que encabeza esta entrevista posterior: “La ostentación de la españolez me da náuseas”).

Las ideas presentes en estos ensayos aparecían ya esbozadas en la conferencia pronunciada en el Aula de Cultura Mare Nostrum en 1988 (publicada en cuatro entregas en El País), que anuncia la postura del escritor ante “el indigno festival” en que consistía a su juicio el V Centenario:  en “Esas Yndias malditas y equivocadas” ya está bien presente la crítica a la Historia escrita desde la perspectiva de los vencedores, a los que se ha exonerado sistemáticamente de responsabilidad en la tragedia que fue realmente la conquista. Se trata, en todo caso, de un texto singular en la producción ferlosiana, en tanto que se basa   primordialmente en el análisis metodológico de documentos y crónicas de los propios personajes que protagonizaron el proceso, al que se añaden algunas consideraciones filosóficas de raíz weberiana y otra serie de reflexiones muy relevantes sobre  la utilización de la religión como arma de sometimiento (no es, en definitiva, más que otra vertiente del discurso oficialista).

Una vez explicados, pues, algunos presupuestos esenciales sobre la concepción ferlosiana de la Historia, del poder y de sus relaciones con el hombre, procederemos en la siguiente entrada a desentrañar, partiendo de su ensayo La señal de Caín,  la genuina visión del autor acerca de la moral del hombre y la problemática relación de esta con el aparato institucional de la Justicia Penal, que a menudo castiga al individuo de modo determinista y apriorístico, sin atender a la responsabilidad individual sobre los hechos  que se juzgan (el paralelismo con lo explicado en esta entrada es más que evidente).

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