DERECHO Y MORAL EN EL PENSAMIENTO DE FERLOSIO: LA SEÑAL DE CAÍN Y OTROS TEXTOS

En la tercera y última entrada relativa al género ensayístico y, más concretamente, a la destacada labor de Rafael Sánchez Ferlosio en dicho campo,  nos proponemos realizar una reflexión analítica sobre uno de sus textos más relevantes, La señal de Caín (1996, publicado originalmente en el Nº 64 de la revista Claves de razón práctica y recopilado posteriormente en el volumen El alma y la vergüenza, publicado en el año 2000 en la editorial Destino).  A este análisis añadiremos algunas notas sobre los temas  principales del ensayo, basándonos en relatos breves del  mismo autor (pues aunque abandonó hace casi tres décadas el cultivo de género que le dio mayor éxito editorial, la novela, no ocurrió lo mismo con su labor en el ámbito de la narrativa corta, caracterizada por un gran poso filosófico y muy valorada por la crítica, una narrativa corta que se ha ido publicando  aquí y allá hasta que fuera reunida en recopilaciones posteriores): “El reincidente” (1987) y “Plata y Ónix” (1993), ambos  reunidos en El Geco (2004, Destino), primero, y en el reciente volumen  de cuentos reunidos El escudo de Jotán (2015, Destino), después.

Lo primero que se puede subrayar en el texto tiene que ver con su configuración estilística y formal: como señalábamos en la entrada anterior, Ferlosio opta  en sus ensayos por una prosa realmente enrevesada, cuyo principal rasgo definitorio es la concatenación de oraciones en estructuras hipotáticas larguísimas y raramente interrumpidas por pausas, que obligan al lector a hacer un sobreesfuerzo interpretativo y memorístico para comprenderlas en toda su extensión.  Pero no solo la configuración sintáctica del discurso es compleja,  también lo es el tratamiento del léxico, y no precisamente porque el autor abuse de un vocabulario recargado o barroquizante, sino por su enorme preocupación por la precisión lingüística y la depuración de los usos impropios o manipulados de los términos del español, lo que le lleva a especificar y reiterar todas las posibles acepciones y connotaciones de aquellos que resultan más relevantes en el tema sobre el que plantea sus escritos (los problemas éticos, políticos o antropológicos acaban convirtiéndose a menudo en problemas de uso del lenguaje, de ahí su batalla sin tregua contra prosa oficial).

El rebuscamiento estilístico no es, pues, gratuito, sino que viene demandado por la propia materia y por los principios filosóficos inquebrantables del ensayista:  en realidad, de lo que huye es de la escritura tratadística y de las estructura discursiva lógica y divulgativa de la que adolecen buena parte de las obras que llamábamos de no ficción; aquí se trata de imitar el discurso fluido  del habla espontánea, en la que los temas se van encadenando de manera libre y no planificada, sin que haya una tesis explicitada desde el inicio que podría hacer innecesario cualquier avance posterior en la lectura. Ferlosio espera, pues que el lector acceda con él a sus extensos desarrollos argumentativos, como si le fuera siguiendo en el devenir de sus razonamientos, un intento siempre frustrado  y  que no deja de parecer nunca lo que es, una ficción: parece más que claro que aunque el pensamiento del autor pueda parece hasta cierto punto anárquico, se basa en fuertes pilares téoricos sobre los que existe una profunda labor reflexiva e investigadora previa, labor que aporta coherencia y orden a lo que de otro modo no sería más que un conjunto de ocurrencias e ideas deslavazadas. Ferlosio huye así de la sistematicidad, en consonancia con el primitivo carácter anticanónico del género que cultiva, pero eso no implica que desconozca qué es lo que quiere decir y cómo va decirlo.

Las dificultades  de comprensión por parte del lector no se limitan, sin embargo, a la interpretación de los laberínticos razonamientos  propios de su autor, sino que también surgen a propósito de la extensa nómina de autores, conceptos filosóficos y religiosos y referencias culturales que el autor suele citar (que exigen, consecuentemente, disponer de un acervo humanístico de cierta envergadura): en esto, como en casi todo lo demás, hay que admitir que el escritor no es nada ortodoxo, pues, por ejemplo, en un caso como la señal de Caín encontramos desde la obligada referencia al episodio bíblico que da nombre al ensayo, pasando por referencias a  mitos grecolatinos (el mito de Casandra) o históricos (la campaña de Napoleón por Europa), conceptos lógicos tomados de la Escolástica medieval, citas literales de clásicos de la filosofía del Derecho (Beccaria, Kelsen) de a aquellos autores que son  fundamentales en su pensamiento (Walter Benjamin, Weber)… Ferlosio introduce así, un sinnúmero de referencias culturales  que denotan un saber humanístico abrumador, ya sea parafraseándolas o mediante menciones literales de extensión muy variable (algunas llegan a ocupar más de una cara), lo que enriquece y complica a un tiempo la lectura del texto.

Todo lo dicho en relación a este estilo aparentemente caótico y desordenado es relevante porque tiene mucha relación con una de las ideas más recurrentes en la creación literaria de Ferlosio, presente también en el ensayo elegido: la irreversibilidad de los hechos del pasado, la imposibilidad del retorno. En efecto, el género del ensayo es una especie de intento frustrado por recuperar el proceso de razonamiento que lleva al autor de unas premisas a unas conclusiones,  un proceso irrecuperable y que por lo tanto solo se podrá reconstruir de modo aproximado:

En el caso de la Señal de Caín, Ferlosio  llama inicialmente “Tesis” a lo que no es más que la excusa para plantear una honda reflexión sobre la necesidad de separar la moral del Derecho, reflexión que asimismo tomará como base el famoso episodio del  capítulo 4 del Génesis (la muerte de Abel a manos de Caín y el posterior castigo de Dios a través de una marca o señal indeleble, símbolo de la culpabilidad eterna): el escritor dice querer discriminar la significación de los sustantivos arrepentimiento y remordimiento, a partir de un análisis que abarca dieciséis epígrafes y va desde lo puramente etimológico al análisis de los contextos oracionales en que se suelen usar, pasando por la estructura argumental de esos verbos.  De todo este profuso examen de la significación de ambos términos importan dos principios que serán fundamentales en todo el razonamiento posterior: primero, que el arrepentimiento puede darse respecto de hechos cometidos o propósitos, pero el remordimiento solo cabe en los primeros; y segundo, que mientras que el arrepentimiento serviría al individuo para expiar un pecado, un acto antijurídico o malo y eliminaría así cualquier percepción de culpa posterior, el remordimiento es algo que sobrevive eternamente y que se adhiere al responsable del acto sin que exista posibilidad de redención.  Dicho de otra manera: si el remordimiento tiene “cura” no es en realidad tal, sino arrepentimiento.

Retomando  la idea que señalábamos dos párrafos antes, el arrepentimiento sería el instrumento que convencionalmente se adopta para explicar un proceso de expiación de culpa o responsabilidad, un proceso que supone de algún modo un retorno al pasado: quien se arrepiente y expía su pecado o crimen (pues en esta cuestión la religión se rige por los mismos criterios que el Derecho)  consigue “borrar” lo acontecido y quedar libre de culpa o responsabilidad. Como  es obvio, hasta que no se invente una máquina del tiempo eliminar los hechos acaecidos es imposible, por lo que el arrepentimiento de tipo jurídico, esto es, el del delincuente que cumple su pena u obtiene el perdón, será siempre producto de una convención un arbitraria y ficcional.  Frente a aquel, el remordimiento es la pena que queda “clavada en la enternidad”  y que recuerda al individuo para siempre su responsabilidad  perenne en el acto ya sucedido.

Como puede intuirse, el paralelismo de lo dicho con el mito de Caín es bastante obvio: cuando Caín mata a su hermano Abel, Dios condena al hijo de Adán y Eva a que no pueda ser matado por nadie (pues su muerte supondría una manera de redención mediante la venganza) y por ello le marca con una señal imborrable que le recordará su culpa hasta el fin de sus días. Del episodio bíblico derivaríamos pues que el homicidio es un crimen o pecado no resarcible mediante el arrepentimiento o el perdón, sino que encuentra su culpa más solemne en el arrepentimiento que persigue a Caín allá donde pisa.

Planteada la discusión terminológica y  puesta de relieve su relación con la historia bíblica, Ferlosio ahonda en la que es la cuestión de fondo que verdaderamente vertebra el ensayo, a saber: la necesaria separación entre la moral (ámbito al cual pertenecería el remordimiento) y el Derecho (ámbito al cual pertenecería el arrepentimiento), en relación ambos con la responsabilidad del individuo sobre el hecho cometido. Para el escritor, la  moral tiene una clara  primacía sobre el Derecho, en la medida en que no ofrece posibilidad de enmienda a quien infringe sus preceptos, pues se basa en daños objetivos que permanecen. Frente a esta, el Ordenamiento Jurídico (o la ley religiosa) establece un sistema de penas resultantes de la pura convención y arbitrariedad del legislador que se presentan como el castigo “proporcional y racional” al hecho antijurídico. A juicio de Ferlosio, la proporcionalidad de la Justicia Penal  es una quimera, pues ni siquiera la anacrónica Ley del Talión cumple con dicho objetivo (la única pena posible idéntica al hecho cometido sería la de enmendar el pasado).  La expiación impuesta por el castigo judicial sería, además, puramente subjetiva, porque solo permitiría al infractor redimirse a sí mismo frente al daño causado, pero en el ámbito de la moral tal daño es indeleble y objetivo y no tiene marcha atrás.

La irreversibilidad del retorno es, en efecto, una idea muy reiterativa en la creación literaria de Ferlosio: ya en el breve cuento de 1993 “Plata y ónix” narraba el autor la historia trágica y obsesiva de un pescador  que, ofuscado con el recuerdo de un salmón preciadísimo que logró huir de su anzuelo, es seducido por el Demonio para conseguirlo de nuevo.  Así, ante la tentadora oferta de intercambiar el salmón por su propia alma, el pescador acaba por dar su negativa a la misma, pues en ese momento percibe que el recuerdo que le zahiere es el del momento en que pensó haberlo atrapado, y no el del animal mismo.

Y algo parecido podemos decir respecto de aquellos ensayos en los que ofrece su particular visión de la Historia, algunos de los cuales fueron comentados la semana pasada a propósito de la efeméride del Descubrimiento de América: si por algo le merece un rechazo frontal la visión optimista de este hecho es porque trata de reelaborar un pasado terrible cubriéndolo con la pátina artificial de un presunto progreso que relativiza el daño objetivo, y que  siempre será por lo tanto reprobable. Para Ferlosio, pues, los historiadores afines a la corriente oficialista serían algo así como una suerte de jueces o dioses que perdonan los pecados de los ancestros y les exoneran de toda responsabilidad, pues  el proceso civilizador de las tribus indígenas justificaría cualquier acto de crueldad contra las mismas.

Hay una última idea en La señal de Caín que resulta sumamente interesante por su originalidad y por la aparente paradoja que a que da lugar: frente a la creencia común, la particular concepción que Ferlosio tiene de la moralidad presupondría la existencia de un orden jurídico basado en infracciones y castigos. Así, el estado prejurídico quela tradición filosófica ha consignado a lo largo de los siglos como un a priori para explicar las normas legales, sería también un estado amoral, o reformulándolo de modo negativo, la infracción moral solo puede darse allí donde existe la posibilidad de infracción jurídica.

Para explicar esto, el ensayista  entiende que Caín,  en su respuesta a Dios tras su destierro (“cualquiera que me encuentre me matará”), está dando a entender que valora su acto en términos jurídicos y no morales (siempre entendiendo tales términos como los entiende Ferlosio): Caín, en efecto parece temer el castigo (su propia muerte) que le redimiría, pero Dios le libera de dicha posibilidad de redención y le impone una señal que ejercerá de dedo acusatorio ad aeternum. La idea, aunque siga una lógica perfecta si seguimos al pie de la letra el mito bíblico, resulta más que discutible en un plano más general, pues ¿cómo es posible implantar un sistema de normas y castigos asociados a su infracción si no existe una moral previa que establezca lo que ha de ser considerado socialmente “bueno” o “malo”?

Recapitulando las explicaciones sobre el texto, es importante que quede claro ante todo la intencionalidad del autor, siempre oculta discretamente tras la compleja maraña de razonamientos, citas y análisis terminológicos (no en vano sitúa esta conclusión en el epígrafe con el que concluye su texto): lo que Ferlosio pretende es ante todo denunciar lo que llama “la contaminación jurídica de la moral, que ha penetrado tan hondamente nuestras concepciones que […] ha convertido la moral en una especie de derecho inerme, y el derecho, a su vez, y como de reflejo, en una especie de moral armada”.  Evidentemente, la separación radical por la que aboga no es sino una manera de criticar cualquier sistema de penas propiamente jurídico, por ser arbitrario y siempre injusto, en tanto que no es posible borrar un acto antijurídico que ya ha sido cometido (en el caso que aquí vemos, un homicidio): la única pena “justa” sería a su juicio el remordimiento.

Está claro que esta es una postura un tanto extrema, que llevada a sus últimas consecuencias en el orden social podría resultar en un caos alegal, pues ¿qué se puede hacer con el homicida, con el violador que no siente remordimiento alguno? Ante esta previsible crítica, el autor se defiende afirmando que solo  pretende discriminar lingüísticamente términos que pertenecen a campos conceptuales distintos. Esta explicación, sin embargo, adolece de cierta corrección política (tan denostada por su parte), pues la crítica a la condición perversa de la justicia no es tampoco ninguna novedad en la obra del escritor. Ya en su célebre relato “El reincidente”  representaba por medio de una fábula certera  la hipocresía esencial de una justicia que condena por adelantado y aplica como culpabilidad (o responsabilidad) al acusado lo que en realidad es su destino:  tras dos intentos sin éxito por entrar en los cielos, al lobo le es negado el descanso eterno no por asesino, ni por ladrón, sino por lobo. La justicia institucional (en este caso, la de la institución divina) opera, pues, como un rodillo implacable que castiga en base a la condición personal de los individuos y no por los hechos que estos cometen.

Cerramos, pues, nuestra reflexión sobre el género ensayístico con un texto muy erudito y especulativo que acaba fundamentando una postura combativa y transgresora. Quizá por eso es uno de los ensayos más representativos que  podemos encontrar de un autor, que a sus 87 años, y tras haber recibido los más importantes reconocimientos (como el Premio Cervantes o el Premio Nacional de las Letras Españolas), sigue aún hoy publicando sus reflexiones, valoradísimas por críticos y filósofos.

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