La distopía de la sociedad de consumo: “Agamenón”, de Rodrigo García

Terminamos esta semana con el repaso a algunos de los rasgos, autores y obras esenciales del teatro postmoderno con un comentario sobre el texto de Rodrigo García Agamenón.Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo (2003, editado en el año 2004 por la editorial Pliegos de Teatro y Danza), una obra irreverente y  muy peculiar en la que el polémico autor argentino  compone una homilía virulenta contra la estulticia e insolidaridad de los países desarrollados y la alienación que genera la sociedad de consumo. Estructurado como  un largo monólogo a base de oraciones de lirismo degradado y tono paremiológico, el texto original ofrece una libertad enorme a la hora de ser llevada a escena (esta libertad de interpretación y puesta en escena es casi otra de las condiciones inherentes del teatro postmoderno), como se puede comprobar en los fragmentos tomados los siguientes montajes, en los que el peso relativo de decorados, objetos, canciones y discursos es muy diferente (la existencia de montajes en distintos idiomas es buena prueba, a su vez, del relativo éxito de la obra en el panorama internacional): 1,2,3

En todo caso, lo que sí parece ser una contante en todos ellos (algo que, como sabemos, es muy habitual en todo el teatro postdramático) es el carácter confesional del soliloquio: una vez más, tenemos aquí un discurso en el que un solo personaje expone sus más bajas pasiones, instintos y pormenores de su intimidad con total explicitud; y lo hace ante un público que se ve violentado por esta confesión no pactada, procedente de un carácter desconocido pero que expresa con toda claridad realidades vergonzantes bien conocidas por todos. El teatro deja de ser así un mero producto de ocio, destinado circuitos comerciales adocenantes y burgueses, para adquirir trascendencia no ya por el lirismo o las calidades literarias intrínsecas del texto, sino también y sobre todo por las conexiones emocionales que se establecen entre los actores, objetos y el público, que pasan a formar parte de una dinámica común en la que la llamada cuarta pared se difumina hasta casi desaparecer (en esto consistiría, a grandes rasgos, el carácter relacional al que aludimos al referirnos al teatro postdramático).

Bien es cierto que en esta obra no encontramos interpelaciones al público tan explícitas como las que veíamos en las obras de Angélica Liddell (así ocurría con la pregunta  a bocajarro “¿Os parece gracioso?” durante su monólogo en La casa de la fuerza, o en la voluntad manifiesta de “hacer tragar un alambre al público” en Mi relación con la comida), pero también lo es que este monólogo ensimismado reúne tal cantidad de tópicos del paradigma cultural occidental (tópicos degradados, según la lógica de mercado que domina nuestros días) y referencias a empresas, objetos y clichés del imaginario neoliberal, que el espectador difícilmente puede evitar sentirse identificado con la distópica realidad que describe el personaje central en escena. La interpelación es, pues, indirecta, pero sigue siendo evidente.

Asimismo, podemos decir que la ruptura de los límites entre persona y personaje, tan clara en el caso de la dramaturga gerundense (al menos en los pasajes en los que esta habla en su propio nombre), aquí es mucho más relativa: parece evidente que, por mucho que existan pasajes que revelan una honestidad cruel, probablemente coincidente con el pensamiento de su autor, el emisor del soliloquio es un personaje que pertenece al mundo de la ficción; un mundo que además no trata de ser verosímil, sino que procede mediante la parodia violenta y surrealista del sistema depredador que habitamos y que nos habita.

Una parodia que, en todo caso, se hace presente desde el propio título de la obra, que toma un referente de la cultura occidental para automáticamente subvertirlo y presentar una visión deformada del mismo: la mención al héroe griego, así  como, durante la obra, a los demás personajes que conforman el esquema fundamental La Orestíada (Clitemnestra, Egisto, Orestes, Casandra…) es intencionadamente caricaturesca. Efectivamente, la historia  del rey de Micenas es, ya en lo que concierne a la Guerra de Troya, ya en su regreso al y posterior asesinato, una historia de relaciones familiares y políticas dominadas por la violencia y las pulsiones del tanáticas: sirve, pues, la ficción y el mito procedentes de los textos fundacionales de la cultura grecolatina para simbolizar la tragedia degradada y absurda del mundo contemporáneo.

A lo largo de sus páginas vemos, pues, como desfilan por el texto un sinnúmero de alusiones directas o metafóricas a personajes, episodios y símbolos del mundo clásico, pero cambiando la solemnidad ritual de la tragedia y la época por el expresionismo y la visceralidad del teatro postmoderno: los caracteres de La Orestíada se transmutan aquí en infames estadistas muy destacados en la geopolítica mundial del primer lustro del siglo (el símil de la familia de Agamenón con el trío de las Azores, Sadam Hussein y Bin laden, esconde, en este sentido, una   muy atinada crítica despiadada a la llamada Guerra contra el terror que ha asolado en la última  década países como Afganistán e Irak y ha tenido consecuencias nefastas para los propios países occidentales) o en personajes ínfimos del papel couché cuya fama es inexplicable desde una perspectiva racional. Asimismo, la pormenorizada diégesis que el actor realiza de la comida familiar en el Kentucky Fried Chicken de carretera no es sino una revisión esperpéntica de lo báquico (la referencia a las uvas y a la viña no es en absoluto baladí), entendido como una celebración disparatada del fracaso del hombre y el agotamiento del mundo que este ha construido a base de guerras, sangre y hambre a lo largo de los siglos.

Tenemos, así, un texto construido sobre múltiples capas, en el que las connotaciones derivadas de un humor negrísimo son constantes, pero en el que sin embargo la crítica al ocaso de los países que representan el progreso es más que evidente: la masa de los países civilizados  se ha ofuscado en la destrucción de su propio legado y en su sustitución progresiva por objetos fungibles sin valor ni memoria, metáfora perfecta del vacío existencial al que nos somete la implacable dinámica de la sociedad de consumo. El hombre occidental aparece así descrito como un ser inútil, cuya función es acumular desechos y aparatos cuyos mecanismos de funcionamiento desconoce, pero que resultan imprescindibles para dotar de un mínimo sentido a su vida. La Historia de los países civilizados se revela así como la historia de un hundimiento, una historia en la que los siglos de enfrentamiento armado y tiranía económica han desembocado en la más absoluta desesperanza (La esperanza, si existe en algún lugar, queda fuera de los límites del dinero y el –siempre presunto- desarrollo, quizá en el llamado Tercer mundo) y en la generación descontrolada de basura (basura tangible que anega nuestras casas y nuestros ecosistemas naturales; comida basura, con la que llenamos nuestros estómagos; pero también basura moral, la que lucimos orgullosos como un triunfo mientras medio mundo se ve sometido a la tiranía de los poderes del mundo global).

Esta última idea, la de una sociedad invadida por el detritus y movida por el puro afán de acumulación indiscriminada de desechos es clave en la representación: así,  todo aquello que el marketing estatal y la publicidad de las multinacionales nos vende  como garantía de felicidad se convierte en basura, sudor y desperdicio que va poco a poco conquistando el espacio escénico, que se convierte por lo tanto en un espacio orgánico repleto de huellas (aunque esto es algo que no está presente en el texto y depende, por lo tanto, del montaje que se lleve a cabo). La mugre y la violencia verbal lleva así aparejadas representaciones de las mismas que el espectador puede ver y oler, lo cual no hace sino potenciar la contundente denuncia que expone el personaje a partir de la sobreacumulación de elementos en escena, elementos que por supuesto tienen un valor semiológico.

Una denuncia que (aunque el título pudiera inducir a error) nada tiene que ver con el maltrato infantil o la violencia de género: la arrebatada crueldad del personaje contra su mujer o su hijo, habida cuenta del tono expresionista y excesivo del monólogo, no parece que pueda ser interpretada en un sentido literal; su conducta parece más bien una alegoría de la condición del hombre civilizado, que  nace en un mundo violento (una violencia latente, escondida bajo infinitas capas de hipocresía, pero que constituye su base y fundamento último) y solo sabe responder en consecuencia con más violencia cuando intenta rebelarse contra él y derribarlo. Efectivamente, tenemos aquí un personaje que despierta de la sedación moral inducida a través de los medios y toma conciencia de la absurdidad de nuestro modelo social: la paliza a su hijo y a su mujer representan la respuesta visceral ante el descubrimiento de la propia idiotez, es una paliza del personaje a sí mismo en un intento desesperado por la redención, pero también una paliza para despertar a una sociedad que no deja de forzar una sonrisa mientras recibe golpes diarios.

En conclusión, finalizamos nuestro repaso a las últimas tendencias del teatro hispánico con la que  es sin duda una obra rompedora, en la que a través de una mirada (auto)paródica Rodrigo García fustiga sin compasión los vicios de una sociedad que se consume a sí misma y condena al resto a la pobreza perpetua. Una obra que sin duda abandera una estética marcadamente posmoderna y transgresora, que se sirve de un lenguaje coloquial y directo para desenmascarar, como lo hace la música punk de corte político, el vacío y la soledad que se esconden tras el horror vacui publicitario y mediático de nuestros días.

 

Anuncios
La distopía de la sociedad de consumo: “Agamenón”, de Rodrigo García

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s