VILLANCICOS DE LA GENERACIÓN SIN FUTURO: “SERÉ UN ANCIANO HERMOSO EN UN GRAN PAÍS”, DE MANUEL ASTUR

Leo estos días, a raíz de la recomendación del formidable Juan Soto Ivars, Seré un anciano hermoso en un gran país (2015, Sílex), el primer “ensayo emocional” de Manuel Astur, un autor muy poco conocido fuera de las tierras del rey Pelayo y cuya obra publicada se reduce, aparte de al libro citado, a la novela Quince días para acabar con el mundo (2014, Principal de los libros) y al poemario Y encima es mi cumpleaños (2013, Esto no es Berlín).

Y lo leo con detenimiento, fruición y  extraña fascinación, aunque sé que no me encuentro ante una obra magna, especialmente ambiciosa, formalmente renovadora o conceptualmente pretenciosa (a pesar de lo que parece indicar su rimbombante título): más bien al contrario, el libro de Manuel Astur, aunque dé voz a un sentimiento generacional, tiene una definitiva vocación minimalista, que se regodea conscientemente en su pequeñez y particularismo y que es capaz de forjar, sin embargo, con enorme amenidad y belleza, un maravilloso caos en el que se funde la narrativa lírica de Miró o Umbral, con el ensayo histórico o político,  el género biográfico, el artículo periodístico, el diario íntimo o la literatura de viajes.

Pero si hubiera que definirla con un solo adjetivo, debería decirse que es ante todo una obra oportuna: por un lado, porque llega justo a tiempo para dar fe de la entrada del autor en una madurez rehuida por largo tiempo, una madurez que no es sino una consecuencia forzosa de la supervivencia a los tiempos de éxtasis destructivo que han definido las tres últimas décadas, y en la que, para los que compartimos generación, inquietudes o incluso localización geográfica (la dependencia de su propio contexto es decisiva, lo que redunda en la dificultad para establecer vínculos emocionales con aquellos lectores que desconozcan los paisajes, formas de ser y costumbres del norte peninsular) resulta inevitable no reconocerse, como si se tratara de un espejo de nuestra propia vejez. El espejo de nuestros errores y nuestras inseguridades, a través de una revisión que corre a salto de mata por la infancia, adolescencia y juventud del autor, único protagonista y eje de la obra.

El pasado es la excusa de los cobardes y el futuro, la de los vengativos. La historia es una novela que reescribe cada generación. Pero siendo nada, siendo yo nadie, necesito dejar testimonio de esa guerra silenciosa que se ha librado en mi país y dentro de mí en los últimos treinta años.

Siendo un niño de posguerra, quiero mostrar mis solares abandonados, los escalones pisados, y, también, lo que hemos logrado salvar.

Tengo la voz, tengo las ganas y tengo el tiempo, tengo todo el tiempo; es el momento.

Se trata, de cualquier manera, de una revisión serena y nada maniquea, amable con los pecados de juventud y cruel con el conformismo ante una realidad alienante y cortoplacista, una reflexión alejada  de la melancolía autocompasiva o la frialdad del historicismo, que nace del interior de una sensibilidad excepcional para intentar explicar lo que nos está pasando a las generaciones de españoles nacidos en Democracia: españolitos (o mejor: asturianos, aragoneses, vascos, catalanes… pues “España siempre son los demás”) perdidos en una tierra de nadie, sin enemigos claros a los que culpar de nuestra desdicha y aquejados de un innato remordimiento obsesivo que nos mueve a abjurar de un mundo devastado, una vez agotadas sus mieles, y descarrilada Europa de los trenes del progreso (el Progreso como mal, una vez más, presente en este blog).

Por otro lado, se trata de una obra oportuna por el momento en el que, en mi caso personal,  llega a mis manos: y es que, involuntariamente, el ensayo de Manuel Astur resulta especialmente navideño (incluso en su estructuración temporal, que transita los fantasmas personales que definen la vida presente, pasada y futura del autor recuerda al clásico  Cuento de navidad de Dickens). En efecto, a partir de una prosa preciosista y cuidada,  de descripciones casi decimonónicas y de evocaciones afectadas de la vida bucólica en los pueblos a los que el abandono ha convertido  en auténticas reservas espirituales de nuestra nación, el ensayo acaba por ser, un canto apasionado y una puesta en valor las pequeñas cosas que dan sentido a nuestra vida, que adquieren aquí gracias a la sensibilidad y la perspicacia del autor una dimensión realmente poética y alejada de la sentimentalidad de todo a cien de Coelho y otras baratijas literarias de autoayuda. Pequeñas cosas que, una vez más, empiezan por un pequeño yo: el apasionamiento en la defensa de las opiniones e inquietudes de un ego omnipresente, que parecerían encubrir una cierta arrogancia propia la vejez prematura, de quien está vuelta de todo  una vez terminada la fiesta, no elimina (más bien al contrario) la capacidad del escritor asturiano para reírse de sí mismo sin rastro de cinismo, para autoparodiarse en aquellos momentos en los que lo intenso bordea el peligroso abismo de lo cursi.

Así pues, el ensayo acaba por ser, ante todo, además de un homenaje a un tiempo y un país imperfecto (la imperfección, el error, es, de hecho, el verdadero hecho diferencial español frente a la cuadriculada Europa central; la verdadera esencia de una España a menudo denostada por los motivos más peregrinos y sepultada bajo montañas de tópicos, banderas y prejuicios que tienen muy poca virtualidad en el presente), un canto dionisíaco a la esperanza, a la posibilidad de redención a través de la belleza, el amor (en todas sus formas: amor conyugal, familiar o amistad) y, la educación, el Arte. En definitiva, una reivindicación de la felicidad y de la necesidad de la fraternidad y la indulgencia sin las cuales nuestra existencia resultaría francamente insoportable.

Un mensaje simple y conciliador al que muchos podrían tacharse de condescendiente y buenista, y que parecería más propio de una homilía cristiana (el autor no solo reniega del legado ético y moral de la tradición católica, sino que lo reivindica como algo positivo para la vida en común, sin dejar de atizar, por ello a la fanática España de los “cuervos” residuales del nacionalcatolicismo) si no fuera porque al final de este sinuoso e incompleto camino el autor descubre que el único Dios posible, el único principio y fin, causa y consecuencia de nuestra razón vital, somos nosotros mismos y las experiencias que nos acompañan; experiencias se convierten en memoria y fuente de añoranza (una añoranza maravillosa no solo de lo que forma parte de nuestro pasado, sino también de lo que nos sucede en el ahora, cuando la magia se hace presente y nos permite atrapar otro instante de eternidad que sumar a nuestro camino).

En fechas como estas, en las que el aparato de marketing consumista funciona a pleno rendimiento, en que conceptos tan manoseados e infantilizados como fraternidadpaz parecen nombres vacíos, con menos valor que un cheque-regalo de El Corte inglés, un libro como este es como un oasis en el desierto, por su lucidez y por encontrar, por fin y desde dentro, algo que reivindicar para la generación perdida, la del precariado, la nuestra, la de los jóvenes aunque sobradamente preparados que en lugar de organizarse y establecer lazos, acabó entregada al abismo, borracha, cagándose encima en la Gran Vía. Y leer algo así sí que aporta verdadera paz. O eso, o que también las luces y los villancicos han hecho su efecto conmigo.  A ver si llega enero y podemos volver a temas más serios.

 

VILLANCICOS DE LA GENERACIÓN SIN FUTURO: “SERÉ UN ANCIANO HERMOSO EN UN GRAN PAÍS”, DE MANUEL ASTUR

REALISMO SUCIO Y RELATOS DE JUVENTUD: LA “GENERACIÓN X” EN ESPAÑA

En las últimas décadas, España ha asistido a una progresiva pérdida de lectores, un hecho que (junto a otros factores, como  la difusión de copias “piratas” en los nuevos formatos electrónicos, o la infrafinanciación de bibliotecas públicas para la adquisición de nuevos ejemplares) ha puesto en jaque al mercado editorial y de la venta de libros; así como ha cambiado enormemente la percepción general acerca de los profesionales de la literatura, que en la mayoría de los casos han de compatibilizar su labor creadora con otras profesiones docentes, periodísticas, etc. (incluso ha modificado la orientación de los suplementos literarios  de los principales periódicos de la prensa nacional y de revistas de tirada nacional, que muchas veces parecen haberse convertido -con más o menos disimulo- en catálogos de grupos editoriales específicos). Son, así, en el nuevo siglo, muy excepcionales los casos de escritores  españoles “de éxito” que pueden ganarse la vida con su creación literaria, si exceptuamos, claro está, a algunos considerados “mediáticos”, que cuentan con jugosos contratos en grandes grupos editoriales (ya citamos algunos la semana pasada:  Cercas, Marías, Grandes, Caso,  por supuesto el todólogo Pérez- Reverte…), o determinados novelistas que participan del (aquí muy restringido) fenómeno del best-seller, que saltan a la palestra cíclicamente y que logran, con obras que por lo general no tienen demasiadas pretensiones artísticas, suplir la demanda de ficción de un público al que se saca del ignorante prejuicio que el repetido “no me gusta leer” esconde: valga aquí la mención de superéxitos de ventas como La sombra del viento (2001, Planeta), de Carlos Ruiz- Zafón, La catedral del mar (2006, Grijalbo), de Ildefonso Falcones, o El tiempo entre costuras (2009, Temas de hoy), de María Dueñas, auténticos fenómenos de masas sin apenas parangón en el mundo editorial y en cuyo éxito (es necesario admitirlo), al menos en una primera fase, el boca-oreja jugó un papel fundamental.

¿Qué nos ha llevado a esta situación, que anuncia un futuro tan negro para aquellos escritores noveles que se incorporan a un mercado en franca decadencia, salvo para la literatura de puro consumo? Evidentemente, la respuesta a esta pregunta es compleja y aquí no podemos más que apuntar algunas de las causas de la crisis del mundo editorial, entre las cuales pueden citarse, en primer lugar, la poca valoración que las Humanidades en general, y la literatura en particular, tienen en el mundo global dominado por la tecnocracia y el pensamiento neoliberal, en el que todo se tasa según criterios económicos de coste/beneficio y utilidad (quizá en esta cuestión debamos ser especialmente autocríticos, dado que no hemos sido capaces de convencer de la radical necesidad que tiene el hombre de la (re)creación estética para lograr cierta trascendencia); en segundo lugar, una educación literaria claramente deficiente, por los motivos que acabamos de señalar, pero también por un enfoque demasiado academicista y muy poco flexible en la Educación Secundaria; y por último, por la progresiva sustitución de las letras como refugio de ficción y ocio por  el cine, la televisión o los videojuegos, algo que se hace especialmente evidente en los últimos tiempos con el éxito descomunal de las series de televisión anglosajonas (algunas francamente excelentes, también a nivel narrativo) entre la población joven y adulta, que han acabado cumpliendo un papel muy similar al que cumplían las novelas por entregas entre los lectores del siglo XIX.

La constatación de esta situación no trata de ser una mera excusa para la autocompasión de los que amamos la literatura, pues como necesidad que nace de las entrañas del escritor, de quien tiene algo que decir y sabe plasmarlo con una intencionalidad estética determinada, la creación literaria no tiene visos de desaparecer, y la era tecnológica a abierto puertas desconocidas e implanteables hace apenas dos décadas para dar a conocer las creaciones propias: autoedición, fanzines, blogs, revistas de creación literaria online (aunque se trata, por lo general, de medios muy precarios, con poca difusión y ajenos a cualquier intento de compensación económica)… En cambio, sí nos sirve lo dicho para compararlo con uno de los últimos fenómenos editoriales más vigorosos de nuestra historia  literaria reciente, no tanto por el número de escritores implicados sino más bien por el enorme éxito que cosechó entre el público lector entre los años 90 y primeros 2000, el fenómeno de los escritores la llamada Generación X.

Hemos hablado de fenómeno editorial y no estrictamente literario intencionadamente, en la medida en que frecuentemente los especialistas  señalan que la nómina de escritores incluidos en ese marbete cumplen vagamente los criterios cronológicos, pero no comparten lazos literarios demasiado estrechos ni su origen, tópicos o técnicas narrativas. En efecto, la propia denominación de esta presunta generación de escritores ya resulta difícilmente aplicable al panorama literario de nuestro país, en la medida en que es un calco de la expresión inventada por Douglas Coupland en su primera novela (por ello, en España algunos prefirieron usar la alternativa Generación JASP, que no ha tenido demasiado éxito a nivel crítico) y que en el ámbito de la cultura sirvió para referirse a aquellos escritores (el propio Coupland, Bret Easton Ellis, David Foster Wallace),músicos  y artistas en general que, nacidos entre los años 60 y los 80, sí compartieron una filosofía común de hastío y rebeldía ante  el sistema dominante y las tradiciones heredadas, una filosofía que instituyó como referentes a los padres de la contracultura y la literatura marginal, como Bukowski, Carver o Burroughs, y ha pasado a la Historia sintetizada en el himno grunge  que más fama dio al grupo Nirvana: Smell like teen spirit.

Es evidente que esta afinidad (en todo caso, muy matizable)  en torno a una filosofía y unas referencias culturales comunes no  es apreciable entre los autores incluidos en el que a día es considerado casi un canon de escritores de la Generación X española: la antología de relatos Páginas amarillas, publicada por Lengua de Trapo en 1997, un fantástica muestra de los autores más destacados de la narrativa en los años 90,  que cuenta además con un valiosísimo prólogo de Sabas Martín en el que se acomete un breve pero riguroso estudio de las características esenciales de dichos escritores. El crítico analiza así sus similitudes y diferencias, distingue subgrupos dentro del conjunto de los treinta y ocho escritores en torno a núcleos temáticos comunes, y  por último, y no menos importante (he aquí el nexo con los párrafos introductorios de esta entrada), de la relevancia del marketing en el enorme éxito de ventas de algunos de estos prosistas.

En efecto, buena parte de los autores de los relatos incluidos en Páginas amarillas (la mayoría de los cuales eran conocidos por sus novelas y no tanto por su narrativa breve, lo que explica la muy desigual calidad de los textos que componen el conjunto) alcanzaron un éxito enorme entre los lectores de los años 90, un reconocimiento que se tradujo en ventas millonarias y que  ha coleado hasta la primera década de los 2000; y ello sin que dichos autores hayan terminado cayendo en el cajón de sastre de la literatura de consumo o del best-seller, aunque la crítica más ortodoxa manifestara inicialmente grandes reticencias hacia algunos de los más populares. De todos ellos, nos interesa tratar aquí el caso de aquellos a los que Sabas Martín engloba en su prólogo en  el subgrupo de “La cofradía del cuero”, entre los cuales destacan Ray Loriga, José Ángel Mañas o Benjamín Prado. Como no puede ser de otra manera, la clasificación del ensayista es discutible y los criterios en que se basa son demasiado laxos (porque ¿no son claros los vínculos temáticos de sus novelas con los “universos juveniles” en los cuales se incluye a Luisa Maestre o Nicolás Casariego? ¿No podría incluirse a posteriori a la autora de Deseo de ser punk (Anagrama, 2009), Belén Gopegui, un ejercicio literario obviamente inspirado – y bastante impostado- en la narrativa de Loriga? ), pero el caso de estos escritores es especialmente interesante por tres motivos: en primer lugar, porque ellos fueron quizá fueron los que mejor representaron  en las letras hispánicas el espíritu de lo que en la cultura anglosajona se llamó Generación X; en segundo lugar, porque a pesar de su escaso reconocimiento por parte de la crítica (en este sentido, la mención a José Ángel Mañas como finalista del premio Nadal por  Historias del Kronen [1994, Destino] ya generó polémica), también fueron los que consiguieron de modo más claro conectar con una nueva sensibilidad generacional, lo que les convirtió en auténticos superventas (especialmente a Loriga y Mañas); y en tercer lugar, porque  tras el éxito fulgurante, sufrieron una rápida caída en el anonimato literario, lo cual es una paradoja  muy representativa de la oscilante realidad cultural de nuestros tiempos.

En efecto, estos tres autores encarnaron con sus primeras creaciones (con obras tan representativas como Lo peor de todo , Héroes, o Caídos del cielo, de Ray Loriga; la ya mencionada Historias del Kronen de José Ángel Mañas; o Raro, de Benjamín Prado) la nueva manera de ver y sentirse en el mundo de la generación posterior al baby boom; una nueva perspectiva marcadamente generacional  y fuertemente influenciada por el  mundo del rock, el punk (Bowie, Iggy and the Stooges, los Rollimg Stones, Los Ramones, Dylan, etc.), por la cultura cinematográfica de los 80 (así, una novela como  Caídos del cielo se construye sin tapujos como una road movie,  Tokio ya no nos quiere parece inspirada en la distópica y oscura Blade Runner…), y por los nuevos referentes literarios que, procedentes de los márgenes del mercado editorial americano, empiezan a ser difundidos y conocidos en nuestro país (principalmente autores de la Generación Beat y otros del llamado Realismo Sucio). Una perspectiva que corre paralela a la evolución de la poesía de la experiencia  en el género lírico y que se caracteriza asimismo por el desencanto y la abulia,  que ya no se expresan a través de concienzudas reflexiones existencialistas sino de novelas breves y fácilmente inteligibles en los que lo básico no es la representación de  acciones, sino la vivencia interior, experiencial, de esas acciones. La tristeza y el desapasionamiento vital se transforman aquí, en el mejor de los casos, en rebeldía individualista y hedonismo evasivo (la presencia de las drogas y el alcohol es, en  este universo juvenil, tan explícita como en Bukowski y mucho menos críptica que en Burroughs), que son la respuesta airada de las nuevas generaciones ante el vacío que la sociedad de consumo ofrece en los felices años 90. En el peor, dan pie a una autodestructiva bajada a los infiernos, a la negación de toda posibilidad de futuro, una perspectiva que encuentra su epítome generacional en el suicidio de Kurt Cobain en 1994.

Es evidente que el aparato de marketing  de los principales grupos editoriales, con su control sobre premios literarios, su peso accionarial sobre grupos televisivos y el descubrimiento de un nicho de mercado de lectores jóvenes (lo que llevó, por ejemplo, en el caso de Loriga, a potenciar la presencia pública del autor, haciendo hincapié en una relativa e impostada condición maldita, de enfant terrible partícipe de un mundo marginal de drogas y desenfreno) jugaron un papel que ha de ser tenido en cuenta en el enorme alcance que llegaron a tener en el panorama editorial de su tiempo (y así se suele considerar uno de los factores clave por todos los estudiosos que han puesto su mirada en esta época, lo que desemboca en no pocas ocasiones en la minusvaloración de estos novelistas, a los que se tacha de mero producto); pero a mi juicio, explicar su enorme éxito  tomando como base exclusivamente el apoyo mediático y publicitario es demasiado reduccionista e injusto: probablemente estos (entonces jóvenes) escritores supieron leer mejor que nadie esa desazón existencial que caracterizó a la generación de futuros mileuristas, atrapados en el páramo moral de la sociedad de consumo y muy beligerantes con los valores biempensantes de sus mayores, cegados por el triunfo vacío del progreso. Una filosofía posmoderna llena de contradicciones, y por lo tanto, fuente de autorrechazo, nihilismo e introspección individualista que encontró, también en España, reflejo en otras expresiones artísticas, principalmente a través de la música: el grunge americano de grupos como Pearl Jam, Nirvana o Soundgarden tuvo su correlato en España en la música indie de músicos como Australian Blonde, Los Planetas o Nacho Vegas (un mundo que tampoco se ha librado del feroz revisionismo de cierta crítica musical, especialmente de aquella que es confesamente conversa e incluso de algunos de sus representantes, volcados ahora en la reflexión sobre lo social).

Es su esencial vínculo con el estado emocional de la juventud, esto es, su carácter marcadamente generacional, a mi parecer, lo que explica su caducidad y la desaparición casi por completo de la obra de estos novelistas en el panorama editorial de los últimos tiempos; o bien, su incursión en géneros, tópicos o estilos radicalmente opuestos al que les llevó a la fama (Loriga buscó fortuna con la literatura juvenil y con obras de madurez muy poco leídas; Mañas, aunque ha acabado volviendo cíclicamente al neorrealismo de Mensaka o Historias del Kronen, fue virando paulatinamente hacia la narrativa más experimental, que lo pone  en íntima conexión con los autores de la llamada “Generación Nocilla”;  Prado, que continúa publicando poesía –a pesar del agotamiento de su corriente-, es paradójicamente el más mediático: ha hecho sus pinitos como hagiógrafo de la vida y milagros del omnipresente Sabina  – incluso llegó a colaborar con él en su último disco de estudio- y,  últimamente, aparece reconvertido en tertuliano y comentarista de la actualidad política tanto en televisión como en radio). Sin embargo, la dependencia de su contexto y la irrelevancia editorial de sus autores  en la actualidad no nos deben impidir reivindicar novelas tan audaces como la brillante Héroes (1993, Plaza y Janés), que anticiparon una mirada nada complaciente o ingenua hacia una generación joven, que  desorientada, hubo de batallar contra el enemigo difuso de su propio ser; novelas que rubricaron con perspicacia (y sirviéndose de un lenguaje y recursos narrativos propios de su tiempo) la crónica de la muerte anunciada de un mundo que, finalmente, ha acabado por derrumbarse.

 

 

REALISMO SUCIO Y RELATOS DE JUVENTUD: LA “GENERACIÓN X” EN ESPAÑA

LOS PERROS CALLEJEROS DE JAVIER CERCAS: “LAS LEYES DE LA FRONTERA”

Retomando el hilo de la narrativa española contemporánea, hablaremos en esta ocasión de la interesante y muy entretenida novela Las leyes de la frontera (2012, Mondadori), de Javier Cercas, uno de los escritores más destacados de la actualidad en España, y probablemente, uno de los casos más  excepcionales en lo que a sintonía entre el éxito de crítica y el éxito de ventas se refiere (la publicación en el año 2001 de la célebre Soldados de Salamina le convirtió en uno de los pocos  novelistas que pueden dedicarse en exclusiva a la creación literaria – considerando como tal también su labor como articulista en El País Semanal- sin acabar condenado al ostracismo   crítico de los autores  de best-seller).  En efecto, Cercas ha sido capaz de lograr un relativo consenso positivo por parte de la crítica, a pesar de formar parte de ese grupo de escritores que conforman una cierta “casta” (por utilizar uno de los términos más connotados en la actualidad política y social) editorial, a la que el revisionismo crítico tacha habitualmente (y de manera bastante injusta, pues se trata de una crítica que suele tener poco que ver con la calidad literaria de estos autores, y mucho con los grupos editoriales que les pagan) de pesebrera y apoltronada:  frente a los Marías,  Grandes,  Millás o Revertes, el escritor extremeño ha conseguido salir más o menos airoso de esa quema, lo cual es insólito si tenemos  en cuenta el cainismo imperante en nuestro país.

Esto no implica, sin embargo, que el escritor se  haya mantenido en una posición cómoda: ya sea por su labor periodística, ya por su obra narrativa (y en el caso de Cercas ambas vertientes están estrechamente unidas), o simplemente, por las posiciones políticas (siempre lejanas al dogmatismo maniqueo) que manifiesta en entrevistas y charlas, el novelista se ha visto envuelto en frecuentes polémicas periodísticas e ideológicas. No es, pues, raro, ver al escritor convertido en el objetivo de ataques feroces y acusaciones por parte de sus detractores, entre los cuales se incluyen compañero de profesión (muy sonados son sus encontronazos con Arcadi Espada ); personajes destacadas del nacionalismo catalán, con el que el autor (afincado en Cataluña desde su infancia) es especialmente beligerante; o incluso figuras señeras de la izquierda (en este sentido, la revisión histórica que llevó a cabo en Soldados de Salamina, y especialmente, el ejercicio intencionado de la narrativa de  no-ficción sobre el 23-F que acomete en Anatomía de un instante han sido a menudo tachados de manipuladores e indulgentes con el discurso oficialista), algo paradójico si se advierte la adscripción ideológica del autor, meridianamente progresista.

Todo lo dicho sobre la persona del escritor  resulta útil para contextualizar el análisis de la obra, en la medida en que esta es un fiel reflejo de algunas de las obsesiones y e inquietudes más recurrentes en su producción narrativa. En primer lugar, porque  en Las leyes de la frontera evidencia, como en la mayor parte de su obra de creación, está presente la obsesión por la revisión de nuestra historia reciente: el tiempo histórico del relato se inicia aquí durante los últimos coletazos del franquismo, cuando salen a la palestra mediática algunos de los célebres delincuentes juveniles que, desde la más absoluta marginalidad de los suburbios de las grandes ciudades, acaban conformando un relato dotado de tintes heroicos de los desheredados,  esto es, de aquellos  que viven al otro lado de la frontera, física y legal, misma la que separa la historia oficial del progreso de la miseria y la precariedad silenciadas. Son así bien conocidas las historias de delincuencia, drogas, fugas, idas y venidas mediáticas de personajes como el Lute, el Jaro, el Torete o el Vaquilla.

En esa línea, es preciso  señalar que aunque la técnica narrativa y el enfoque temático  de Cercas sí son bastante originales, la utilización de aventuras delictivas de estos personajes al margen como materia de ficción fue una constante desde los primeros años la Transición: no fue sin embargo la literatura, sino el cine (a medida que el mundo audiovisual desplaza a las letras como epicentro de la cultura popular) el instrumento para narrar la vida y milagros de estos antihéroes. Tan fructífera fue esta temática, que el cine quinqui de los 70 y 80 se ha convertido por derecho propio en un auténtico subgénero dentro de la historia cinematográfica patria, dotada de unas características técnicas, narrativas y temáticas  inconfundibles: en este ámbito destacan por encima de todos  José Antonio de la Loma con su saga de Perros callejeros (películas de muy dudosa calidad, pero valiosas como testimonio directo de una época) y Eloy de la Iglesia , con películas mucho más valorables, pero lejanamente inspiradas en casos de quinquis reales (El Pico, Navajeros, o la inolvidable versión cinematográfica de la obra teatral de José Luis Alonso de Santos La estanquera de Vallecas).

La lista es amplísima y resulta muy difícil establecer unos criterios firmes y definidos para la categorización de una obra fílmica como película de género (cabría añadir, como hitos de este tipo de cine Deprisa, Deprisa, de Antonio Saura, o Camina o Revienta), pero lo que acabamos de referir es importante porque contribuirá a construcción y difusión de una gran cantidad de  mitos y leyendas que convirtieron a personajes de este estilo en una suerte de justicieros degradados, una tarea en la que acabará poniendo su grano de arena también la música popular (especialmente el mundo de la rumba flamenca, con grupos como los Chichos y los Chunguitos, copartícipes de este mundo de marginación y droga) y sobre todo, determinados grupos mediáticos, que viven la democracia como la oportunidad para instituir un periodismo por y para el morbo; un periodismo  amarillista que a día de hoy es, más que nunca, una penosa realidad.

Enmarcada, pues, en este universo de nuevos pícaros, de esta canalla marginal convertida en modelo degradado de la lucha contra el sistema, la novela de Cercas somete a profunda revisión la mirada condescendiente que  de la misma  ha venido ofreciendo la cultura popular en las últimas décadas: fiel a su perenne beligerancia, el novelista dispara contra la literaturización acrítica de la rebeldía de un grupo social que representó, más que la lucha contra la opresión y los desmanes  autoritarios del sistema (primero  los de la dictadura, después los derivados de las guerras sucias y excesos de las fuerzas policiales de la democracia, sistemáticamente silenciados ante una opinión pública cada vez más sensibilizada con un sistema penitenciario y penal garantista y humanizado), su cara más penosa, la de las víctimas de una brecha social  nunca se cerró, y  que el aparato de marketing de los poderes públicos falseó a través de la idealización del pasado reciente.

Hay que aclarar, no obstante, que la negación de esta memoria indulgente  no procede aplicando una lógica de contrarios, esto es, convirtiendo la realidad sublimada en una realidad sucia y ruin;  muy al contrario, Cercas humaniza a sus personajes y los llena de los matices de los que la narración oficialista los despojó: los protagonistas de estas vidas al margen dejan de ser, pues, simples guiñoles reducidos a clichés y sometidos a la manipulación interesada de sus apologetas para convertirse en caracteres complejos y verosímiles (una verosimilitud obligada en este caso, si tenemos en cuenta que pese a ser  puramente ficcional, la obra es fiel a los principios de la novela de no ficción o novela testimonio, en la que  Cercas ya  reveló su maestría con su tercera novela) que precisamente por esta complejidad resultan mucho más atractivos y seductores para el lector.

Esta última idea, la de la seducción, es muy relevante porque es quizás la que mejor define estructuralmente la narración: la historia de el Gafitas, el Zarco y Tere es, además de un ejercicio de ficción histórica y periodística, la historia de una atracción poderosa e irreprimible; la atracción por una vida llena de peligro y adrenalina, pero también por unos personajes desbordantes de sexualidad y carisma, que logran salir airosos de los riesgos más extremos sin perder su gracia. El lector se ve así atrapado, como  el personaje de el Gafitas, por el encanto de dos personajes siempre equívocos e imprevisibles (características que corren pareja al carácter versátil de la novela). La novela consigue, pues, llevarnos al borde de una frontera en la que se nos invita a cruzar y a liberarnos de prejuicios: la frontera física que separa la vida burguesa del centro urbano de los suburbios, pero también la emocional, que separa la razón de los instintos. Una frontera que, sin embargo, también guarda al otro lado un sinnúmero de trampas  estratégicamente dispuestas para hacernos caer en espirales autodestructivas. El triunfo de esta vida fugitiva está, pues, en conseguir sortear los peligros  que la  propia  condición humana impone.

Una novela sobre bandoleros desclasados, llena de aventuras y guiños (creemos que este es sin duda uno de los enormes méritos de la novela, su gran amenidad, que no se conforma con trazar recreación histórica plana y aséptica, sino que opta por un relato vibrante y proteico) que asimismo es un homenaje al amor de juventud, el amor primerizo y desesperado que queda intacto en la memoria y nos marca de por vida; el amor más ingenuo, pero también por ello el amor más auténtico e íntegro.  El amor aparece así  representado como pasión ardiente, móvil irracional y  felizmente devastador, pero también como ternura y pureza, en el amor adulto, mediatizado por la experiencia y la memoria idealizada. El amor, por último, como eterno enigma  que obsesiona a los hombres y  que tiene su razón de ser en su sentido impenetrable: Las leyes de la frontera  es la historia del misterio  que se esconde detrás de una mujer, un misterio que se renueva cíclicamente y persigue al protagonista aunque trate de rehuirlo.

La técnica narrativa de Cercas  sigue de cerca la que ya utilizó en Soldados de Salamina: el modelo de novela testimonio, en la que la persona del escritor- periodista aparece inserta como parte de la narración, en este caso  como testigo y notario de los testimonios  de algunos de los personajes implicados en esta fascinante historia de vidas cruzadas. El argumento se construye, pues, sobre relatos fragmentarios, múltiples y a menudo contradictorios, relatos que el periodista-autor del libro (ente ficticio y con muy poca presencia narrativa) transcribe a partir de entrevistas enjundiosas y directas. La diferencia fundamental con la novela sobre Sánchez Mazas es que en Las leyes de la frontera, aunque la ambientación espaciotemporal sea plenamente realista y documental, los personajes y hechos que se narran son totalmente ficcionales, aun cuando son más que evidentes algunas reminiscencias al famosísimo “alegre bandolero” al que cantaron los Chichos, Juan José Moreno Cuenca, alias “El Vaquilla”.

La muy lograda contextualización histórica de la novela  sirve, a su vez, para introducir una denuncia sutil pero manifiesta de la desigualdad y el desinterés por la integración social de los excluidos tras la Transición: a través el reflejo objetivista de la vida de El Zarco asistimos al sino prefijado de los que nacen con la marca de la pobreza en su frente, que parecen condenados desde el nacimiento a ver cambiar ante sus ojos el nombre de su desgracia (llámese violencia, drogas, prisión o SIDA). Una denuncia que, en cualquier caso, no se basa en una filosofía determinista ni despoja de libre albedrío a sus personajes, pero que sí nos recuerda audazmente que la desigualdad de oportunidades es un factor fundamental de la falta de cohesión y las conductas antisociales. La localización en los suburbios de la ciudad de Girona, da pie, de igual modo, a una incipiente y sutil reflexión sobre la cuestión identitaria y lingüístico-cultural en la Cataluña de las últimas décadas: se nos presenta así la evolución de los prejuicios y el enfrentamiento latente entre los charnegos de los suburbios deprimidos y la burguesía catalana urbanita (una representación recuerda enormemente a la Barcelona de las novelas Marsé) y tiene connotaciones plenamente vigentes en el análisis sociológico de la Cataluña actual.

Es esta, en definitiva, una brillante novela, en la que Cercas se consagra como alumno aventajado de Capote  y Mailer y desmonta los tópicos sobre los que se asienta la idea triunfalista del milagro español, poniendo un foco nada cómodo sobre esa carne de cañón que no fue invitada a la fiesta del progreso. Una novela que respira vida y humanidad y nos pone frente al espejo de nuestros miedos: el miedo a pasear por el lado salvaje, a poner en juego lo que nos viene dado por un instante de eternidad, aún a riesgo de conocer los demonios que se esconden tras todo deseo inalcanzable.

LOS PERROS CALLEJEROS DE JAVIER CERCAS: “LAS LEYES DE LA FRONTERA”