LOS PERROS CALLEJEROS DE JAVIER CERCAS: “LAS LEYES DE LA FRONTERA”

Retomando el hilo de la narrativa española contemporánea, hablaremos en esta ocasión de la interesante y muy entretenida novela Las leyes de la frontera (2012, Mondadori), de Javier Cercas, uno de los escritores más destacados de la actualidad en España, y probablemente, uno de los casos más  excepcionales en lo que a sintonía entre el éxito de crítica y el éxito de ventas se refiere (la publicación en el año 2001 de la célebre Soldados de Salamina le convirtió en uno de los pocos  novelistas que pueden dedicarse en exclusiva a la creación literaria – considerando como tal también su labor como articulista en El País Semanal- sin acabar condenado al ostracismo   crítico de los autores  de best-seller).  En efecto, Cercas ha sido capaz de lograr un relativo consenso positivo por parte de la crítica, a pesar de formar parte de ese grupo de escritores que conforman una cierta “casta” (por utilizar uno de los términos más connotados en la actualidad política y social) editorial, a la que el revisionismo crítico tacha habitualmente (y de manera bastante injusta, pues se trata de una crítica que suele tener poco que ver con la calidad literaria de estos autores, y mucho con los grupos editoriales que les pagan) de pesebrera y apoltronada:  frente a los Marías,  Grandes,  Millás o Revertes, el escritor extremeño ha conseguido salir más o menos airoso de esa quema, lo cual es insólito si tenemos  en cuenta el cainismo imperante en nuestro país.

Esto no implica, sin embargo, que el escritor se  haya mantenido en una posición cómoda: ya sea por su labor periodística, ya por su obra narrativa (y en el caso de Cercas ambas vertientes están estrechamente unidas), o simplemente, por las posiciones políticas (siempre lejanas al dogmatismo maniqueo) que manifiesta en entrevistas y charlas, el novelista se ha visto envuelto en frecuentes polémicas periodísticas e ideológicas. No es, pues, raro, ver al escritor convertido en el objetivo de ataques feroces y acusaciones por parte de sus detractores, entre los cuales se incluyen compañero de profesión (muy sonados son sus encontronazos con Arcadi Espada ); personajes destacadas del nacionalismo catalán, con el que el autor (afincado en Cataluña desde su infancia) es especialmente beligerante; o incluso figuras señeras de la izquierda (en este sentido, la revisión histórica que llevó a cabo en Soldados de Salamina, y especialmente, el ejercicio intencionado de la narrativa de  no-ficción sobre el 23-F que acomete en Anatomía de un instante han sido a menudo tachados de manipuladores e indulgentes con el discurso oficialista), algo paradójico si se advierte la adscripción ideológica del autor, meridianamente progresista.

Todo lo dicho sobre la persona del escritor  resulta útil para contextualizar el análisis de la obra, en la medida en que esta es un fiel reflejo de algunas de las obsesiones y e inquietudes más recurrentes en su producción narrativa. En primer lugar, porque  en Las leyes de la frontera evidencia, como en la mayor parte de su obra de creación, está presente la obsesión por la revisión de nuestra historia reciente: el tiempo histórico del relato se inicia aquí durante los últimos coletazos del franquismo, cuando salen a la palestra mediática algunos de los célebres delincuentes juveniles que, desde la más absoluta marginalidad de los suburbios de las grandes ciudades, acaban conformando un relato dotado de tintes heroicos de los desheredados,  esto es, de aquellos  que viven al otro lado de la frontera, física y legal, misma la que separa la historia oficial del progreso de la miseria y la precariedad silenciadas. Son así bien conocidas las historias de delincuencia, drogas, fugas, idas y venidas mediáticas de personajes como el Lute, el Jaro, el Torete o el Vaquilla.

En esa línea, es preciso  señalar que aunque la técnica narrativa y el enfoque temático  de Cercas sí son bastante originales, la utilización de aventuras delictivas de estos personajes al margen como materia de ficción fue una constante desde los primeros años la Transición: no fue sin embargo la literatura, sino el cine (a medida que el mundo audiovisual desplaza a las letras como epicentro de la cultura popular) el instrumento para narrar la vida y milagros de estos antihéroes. Tan fructífera fue esta temática, que el cine quinqui de los 70 y 80 se ha convertido por derecho propio en un auténtico subgénero dentro de la historia cinematográfica patria, dotada de unas características técnicas, narrativas y temáticas  inconfundibles: en este ámbito destacan por encima de todos  José Antonio de la Loma con su saga de Perros callejeros (películas de muy dudosa calidad, pero valiosas como testimonio directo de una época) y Eloy de la Iglesia , con películas mucho más valorables, pero lejanamente inspiradas en casos de quinquis reales (El Pico, Navajeros, o la inolvidable versión cinematográfica de la obra teatral de José Luis Alonso de Santos La estanquera de Vallecas).

La lista es amplísima y resulta muy difícil establecer unos criterios firmes y definidos para la categorización de una obra fílmica como película de género (cabría añadir, como hitos de este tipo de cine Deprisa, Deprisa, de Antonio Saura, o Camina o Revienta), pero lo que acabamos de referir es importante porque contribuirá a construcción y difusión de una gran cantidad de  mitos y leyendas que convirtieron a personajes de este estilo en una suerte de justicieros degradados, una tarea en la que acabará poniendo su grano de arena también la música popular (especialmente el mundo de la rumba flamenca, con grupos como los Chichos y los Chunguitos, copartícipes de este mundo de marginación y droga) y sobre todo, determinados grupos mediáticos, que viven la democracia como la oportunidad para instituir un periodismo por y para el morbo; un periodismo  amarillista que a día de hoy es, más que nunca, una penosa realidad.

Enmarcada, pues, en este universo de nuevos pícaros, de esta canalla marginal convertida en modelo degradado de la lucha contra el sistema, la novela de Cercas somete a profunda revisión la mirada condescendiente que  de la misma  ha venido ofreciendo la cultura popular en las últimas décadas: fiel a su perenne beligerancia, el novelista dispara contra la literaturización acrítica de la rebeldía de un grupo social que representó, más que la lucha contra la opresión y los desmanes  autoritarios del sistema (primero  los de la dictadura, después los derivados de las guerras sucias y excesos de las fuerzas policiales de la democracia, sistemáticamente silenciados ante una opinión pública cada vez más sensibilizada con un sistema penitenciario y penal garantista y humanizado), su cara más penosa, la de las víctimas de una brecha social  nunca se cerró, y  que el aparato de marketing de los poderes públicos falseó a través de la idealización del pasado reciente.

Hay que aclarar, no obstante, que la negación de esta memoria indulgente  no procede aplicando una lógica de contrarios, esto es, convirtiendo la realidad sublimada en una realidad sucia y ruin;  muy al contrario, Cercas humaniza a sus personajes y los llena de los matices de los que la narración oficialista los despojó: los protagonistas de estas vidas al margen dejan de ser, pues, simples guiñoles reducidos a clichés y sometidos a la manipulación interesada de sus apologetas para convertirse en caracteres complejos y verosímiles (una verosimilitud obligada en este caso, si tenemos en cuenta que pese a ser  puramente ficcional, la obra es fiel a los principios de la novela de no ficción o novela testimonio, en la que  Cercas ya  reveló su maestría con su tercera novela) que precisamente por esta complejidad resultan mucho más atractivos y seductores para el lector.

Esta última idea, la de la seducción, es muy relevante porque es quizás la que mejor define estructuralmente la narración: la historia de el Gafitas, el Zarco y Tere es, además de un ejercicio de ficción histórica y periodística, la historia de una atracción poderosa e irreprimible; la atracción por una vida llena de peligro y adrenalina, pero también por unos personajes desbordantes de sexualidad y carisma, que logran salir airosos de los riesgos más extremos sin perder su gracia. El lector se ve así atrapado, como  el personaje de el Gafitas, por el encanto de dos personajes siempre equívocos e imprevisibles (características que corren pareja al carácter versátil de la novela). La novela consigue, pues, llevarnos al borde de una frontera en la que se nos invita a cruzar y a liberarnos de prejuicios: la frontera física que separa la vida burguesa del centro urbano de los suburbios, pero también la emocional, que separa la razón de los instintos. Una frontera que, sin embargo, también guarda al otro lado un sinnúmero de trampas  estratégicamente dispuestas para hacernos caer en espirales autodestructivas. El triunfo de esta vida fugitiva está, pues, en conseguir sortear los peligros  que la  propia  condición humana impone.

Una novela sobre bandoleros desclasados, llena de aventuras y guiños (creemos que este es sin duda uno de los enormes méritos de la novela, su gran amenidad, que no se conforma con trazar recreación histórica plana y aséptica, sino que opta por un relato vibrante y proteico) que asimismo es un homenaje al amor de juventud, el amor primerizo y desesperado que queda intacto en la memoria y nos marca de por vida; el amor más ingenuo, pero también por ello el amor más auténtico e íntegro.  El amor aparece así  representado como pasión ardiente, móvil irracional y  felizmente devastador, pero también como ternura y pureza, en el amor adulto, mediatizado por la experiencia y la memoria idealizada. El amor, por último, como eterno enigma  que obsesiona a los hombres y  que tiene su razón de ser en su sentido impenetrable: Las leyes de la frontera  es la historia del misterio  que se esconde detrás de una mujer, un misterio que se renueva cíclicamente y persigue al protagonista aunque trate de rehuirlo.

La técnica narrativa de Cercas  sigue de cerca la que ya utilizó en Soldados de Salamina: el modelo de novela testimonio, en la que la persona del escritor- periodista aparece inserta como parte de la narración, en este caso  como testigo y notario de los testimonios  de algunos de los personajes implicados en esta fascinante historia de vidas cruzadas. El argumento se construye, pues, sobre relatos fragmentarios, múltiples y a menudo contradictorios, relatos que el periodista-autor del libro (ente ficticio y con muy poca presencia narrativa) transcribe a partir de entrevistas enjundiosas y directas. La diferencia fundamental con la novela sobre Sánchez Mazas es que en Las leyes de la frontera, aunque la ambientación espaciotemporal sea plenamente realista y documental, los personajes y hechos que se narran son totalmente ficcionales, aun cuando son más que evidentes algunas reminiscencias al famosísimo “alegre bandolero” al que cantaron los Chichos, Juan José Moreno Cuenca, alias “El Vaquilla”.

La muy lograda contextualización histórica de la novela  sirve, a su vez, para introducir una denuncia sutil pero manifiesta de la desigualdad y el desinterés por la integración social de los excluidos tras la Transición: a través el reflejo objetivista de la vida de El Zarco asistimos al sino prefijado de los que nacen con la marca de la pobreza en su frente, que parecen condenados desde el nacimiento a ver cambiar ante sus ojos el nombre de su desgracia (llámese violencia, drogas, prisión o SIDA). Una denuncia que, en cualquier caso, no se basa en una filosofía determinista ni despoja de libre albedrío a sus personajes, pero que sí nos recuerda audazmente que la desigualdad de oportunidades es un factor fundamental de la falta de cohesión y las conductas antisociales. La localización en los suburbios de la ciudad de Girona, da pie, de igual modo, a una incipiente y sutil reflexión sobre la cuestión identitaria y lingüístico-cultural en la Cataluña de las últimas décadas: se nos presenta así la evolución de los prejuicios y el enfrentamiento latente entre los charnegos de los suburbios deprimidos y la burguesía catalana urbanita (una representación recuerda enormemente a la Barcelona de las novelas Marsé) y tiene connotaciones plenamente vigentes en el análisis sociológico de la Cataluña actual.

Es esta, en definitiva, una brillante novela, en la que Cercas se consagra como alumno aventajado de Capote  y Mailer y desmonta los tópicos sobre los que se asienta la idea triunfalista del milagro español, poniendo un foco nada cómodo sobre esa carne de cañón que no fue invitada a la fiesta del progreso. Una novela que respira vida y humanidad y nos pone frente al espejo de nuestros miedos: el miedo a pasear por el lado salvaje, a poner en juego lo que nos viene dado por un instante de eternidad, aún a riesgo de conocer los demonios que se esconden tras todo deseo inalcanzable.

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