REALISMO SUCIO Y RELATOS DE JUVENTUD: LA “GENERACIÓN X” EN ESPAÑA

En las últimas décadas, España ha asistido a una progresiva pérdida de lectores, un hecho que (junto a otros factores, como  la difusión de copias “piratas” en los nuevos formatos electrónicos, o la infrafinanciación de bibliotecas públicas para la adquisición de nuevos ejemplares) ha puesto en jaque al mercado editorial y de la venta de libros; así como ha cambiado enormemente la percepción general acerca de los profesionales de la literatura, que en la mayoría de los casos han de compatibilizar su labor creadora con otras profesiones docentes, periodísticas, etc. (incluso ha modificado la orientación de los suplementos literarios  de los principales periódicos de la prensa nacional y de revistas de tirada nacional, que muchas veces parecen haberse convertido -con más o menos disimulo- en catálogos de grupos editoriales específicos). Son, así, en el nuevo siglo, muy excepcionales los casos de escritores  españoles “de éxito” que pueden ganarse la vida con su creación literaria, si exceptuamos, claro está, a algunos considerados “mediáticos”, que cuentan con jugosos contratos en grandes grupos editoriales (ya citamos algunos la semana pasada:  Cercas, Marías, Grandes, Caso,  por supuesto el todólogo Pérez- Reverte…), o determinados novelistas que participan del (aquí muy restringido) fenómeno del best-seller, que saltan a la palestra cíclicamente y que logran, con obras que por lo general no tienen demasiadas pretensiones artísticas, suplir la demanda de ficción de un público al que se saca del ignorante prejuicio que el repetido “no me gusta leer” esconde: valga aquí la mención de superéxitos de ventas como La sombra del viento (2001, Planeta), de Carlos Ruiz- Zafón, La catedral del mar (2006, Grijalbo), de Ildefonso Falcones, o El tiempo entre costuras (2009, Temas de hoy), de María Dueñas, auténticos fenómenos de masas sin apenas parangón en el mundo editorial y en cuyo éxito (es necesario admitirlo), al menos en una primera fase, el boca-oreja jugó un papel fundamental.

¿Qué nos ha llevado a esta situación, que anuncia un futuro tan negro para aquellos escritores noveles que se incorporan a un mercado en franca decadencia, salvo para la literatura de puro consumo? Evidentemente, la respuesta a esta pregunta es compleja y aquí no podemos más que apuntar algunas de las causas de la crisis del mundo editorial, entre las cuales pueden citarse, en primer lugar, la poca valoración que las Humanidades en general, y la literatura en particular, tienen en el mundo global dominado por la tecnocracia y el pensamiento neoliberal, en el que todo se tasa según criterios económicos de coste/beneficio y utilidad (quizá en esta cuestión debamos ser especialmente autocríticos, dado que no hemos sido capaces de convencer de la radical necesidad que tiene el hombre de la (re)creación estética para lograr cierta trascendencia); en segundo lugar, una educación literaria claramente deficiente, por los motivos que acabamos de señalar, pero también por un enfoque demasiado academicista y muy poco flexible en la Educación Secundaria; y por último, por la progresiva sustitución de las letras como refugio de ficción y ocio por  el cine, la televisión o los videojuegos, algo que se hace especialmente evidente en los últimos tiempos con el éxito descomunal de las series de televisión anglosajonas (algunas francamente excelentes, también a nivel narrativo) entre la población joven y adulta, que han acabado cumpliendo un papel muy similar al que cumplían las novelas por entregas entre los lectores del siglo XIX.

La constatación de esta situación no trata de ser una mera excusa para la autocompasión de los que amamos la literatura, pues como necesidad que nace de las entrañas del escritor, de quien tiene algo que decir y sabe plasmarlo con una intencionalidad estética determinada, la creación literaria no tiene visos de desaparecer, y la era tecnológica a abierto puertas desconocidas e implanteables hace apenas dos décadas para dar a conocer las creaciones propias: autoedición, fanzines, blogs, revistas de creación literaria online (aunque se trata, por lo general, de medios muy precarios, con poca difusión y ajenos a cualquier intento de compensación económica)… En cambio, sí nos sirve lo dicho para compararlo con uno de los últimos fenómenos editoriales más vigorosos de nuestra historia  literaria reciente, no tanto por el número de escritores implicados sino más bien por el enorme éxito que cosechó entre el público lector entre los años 90 y primeros 2000, el fenómeno de los escritores la llamada Generación X.

Hemos hablado de fenómeno editorial y no estrictamente literario intencionadamente, en la medida en que frecuentemente los especialistas  señalan que la nómina de escritores incluidos en ese marbete cumplen vagamente los criterios cronológicos, pero no comparten lazos literarios demasiado estrechos ni su origen, tópicos o técnicas narrativas. En efecto, la propia denominación de esta presunta generación de escritores ya resulta difícilmente aplicable al panorama literario de nuestro país, en la medida en que es un calco de la expresión inventada por Douglas Coupland en su primera novela (por ello, en España algunos prefirieron usar la alternativa Generación JASP, que no ha tenido demasiado éxito a nivel crítico) y que en el ámbito de la cultura sirvió para referirse a aquellos escritores (el propio Coupland, Bret Easton Ellis, David Foster Wallace),músicos  y artistas en general que, nacidos entre los años 60 y los 80, sí compartieron una filosofía común de hastío y rebeldía ante  el sistema dominante y las tradiciones heredadas, una filosofía que instituyó como referentes a los padres de la contracultura y la literatura marginal, como Bukowski, Carver o Burroughs, y ha pasado a la Historia sintetizada en el himno grunge  que más fama dio al grupo Nirvana: Smell like teen spirit.

Es evidente que esta afinidad (en todo caso, muy matizable)  en torno a una filosofía y unas referencias culturales comunes no  es apreciable entre los autores incluidos en el que a día es considerado casi un canon de escritores de la Generación X española: la antología de relatos Páginas amarillas, publicada por Lengua de Trapo en 1997, un fantástica muestra de los autores más destacados de la narrativa en los años 90,  que cuenta además con un valiosísimo prólogo de Sabas Martín en el que se acomete un breve pero riguroso estudio de las características esenciales de dichos escritores. El crítico analiza así sus similitudes y diferencias, distingue subgrupos dentro del conjunto de los treinta y ocho escritores en torno a núcleos temáticos comunes, y  por último, y no menos importante (he aquí el nexo con los párrafos introductorios de esta entrada), de la relevancia del marketing en el enorme éxito de ventas de algunos de estos prosistas.

En efecto, buena parte de los autores de los relatos incluidos en Páginas amarillas (la mayoría de los cuales eran conocidos por sus novelas y no tanto por su narrativa breve, lo que explica la muy desigual calidad de los textos que componen el conjunto) alcanzaron un éxito enorme entre los lectores de los años 90, un reconocimiento que se tradujo en ventas millonarias y que  ha coleado hasta la primera década de los 2000; y ello sin que dichos autores hayan terminado cayendo en el cajón de sastre de la literatura de consumo o del best-seller, aunque la crítica más ortodoxa manifestara inicialmente grandes reticencias hacia algunos de los más populares. De todos ellos, nos interesa tratar aquí el caso de aquellos a los que Sabas Martín engloba en su prólogo en  el subgrupo de “La cofradía del cuero”, entre los cuales destacan Ray Loriga, José Ángel Mañas o Benjamín Prado. Como no puede ser de otra manera, la clasificación del ensayista es discutible y los criterios en que se basa son demasiado laxos (porque ¿no son claros los vínculos temáticos de sus novelas con los “universos juveniles” en los cuales se incluye a Luisa Maestre o Nicolás Casariego? ¿No podría incluirse a posteriori a la autora de Deseo de ser punk (Anagrama, 2009), Belén Gopegui, un ejercicio literario obviamente inspirado – y bastante impostado- en la narrativa de Loriga? ), pero el caso de estos escritores es especialmente interesante por tres motivos: en primer lugar, porque ellos fueron quizá fueron los que mejor representaron  en las letras hispánicas el espíritu de lo que en la cultura anglosajona se llamó Generación X; en segundo lugar, porque a pesar de su escaso reconocimiento por parte de la crítica (en este sentido, la mención a José Ángel Mañas como finalista del premio Nadal por  Historias del Kronen [1994, Destino] ya generó polémica), también fueron los que consiguieron de modo más claro conectar con una nueva sensibilidad generacional, lo que les convirtió en auténticos superventas (especialmente a Loriga y Mañas); y en tercer lugar, porque  tras el éxito fulgurante, sufrieron una rápida caída en el anonimato literario, lo cual es una paradoja  muy representativa de la oscilante realidad cultural de nuestros tiempos.

En efecto, estos tres autores encarnaron con sus primeras creaciones (con obras tan representativas como Lo peor de todo , Héroes, o Caídos del cielo, de Ray Loriga; la ya mencionada Historias del Kronen de José Ángel Mañas; o Raro, de Benjamín Prado) la nueva manera de ver y sentirse en el mundo de la generación posterior al baby boom; una nueva perspectiva marcadamente generacional  y fuertemente influenciada por el  mundo del rock, el punk (Bowie, Iggy and the Stooges, los Rollimg Stones, Los Ramones, Dylan, etc.), por la cultura cinematográfica de los 80 (así, una novela como  Caídos del cielo se construye sin tapujos como una road movie,  Tokio ya no nos quiere parece inspirada en la distópica y oscura Blade Runner…), y por los nuevos referentes literarios que, procedentes de los márgenes del mercado editorial americano, empiezan a ser difundidos y conocidos en nuestro país (principalmente autores de la Generación Beat y otros del llamado Realismo Sucio). Una perspectiva que corre paralela a la evolución de la poesía de la experiencia  en el género lírico y que se caracteriza asimismo por el desencanto y la abulia,  que ya no se expresan a través de concienzudas reflexiones existencialistas sino de novelas breves y fácilmente inteligibles en los que lo básico no es la representación de  acciones, sino la vivencia interior, experiencial, de esas acciones. La tristeza y el desapasionamiento vital se transforman aquí, en el mejor de los casos, en rebeldía individualista y hedonismo evasivo (la presencia de las drogas y el alcohol es, en  este universo juvenil, tan explícita como en Bukowski y mucho menos críptica que en Burroughs), que son la respuesta airada de las nuevas generaciones ante el vacío que la sociedad de consumo ofrece en los felices años 90. En el peor, dan pie a una autodestructiva bajada a los infiernos, a la negación de toda posibilidad de futuro, una perspectiva que encuentra su epítome generacional en el suicidio de Kurt Cobain en 1994.

Es evidente que el aparato de marketing  de los principales grupos editoriales, con su control sobre premios literarios, su peso accionarial sobre grupos televisivos y el descubrimiento de un nicho de mercado de lectores jóvenes (lo que llevó, por ejemplo, en el caso de Loriga, a potenciar la presencia pública del autor, haciendo hincapié en una relativa e impostada condición maldita, de enfant terrible partícipe de un mundo marginal de drogas y desenfreno) jugaron un papel que ha de ser tenido en cuenta en el enorme alcance que llegaron a tener en el panorama editorial de su tiempo (y así se suele considerar uno de los factores clave por todos los estudiosos que han puesto su mirada en esta época, lo que desemboca en no pocas ocasiones en la minusvaloración de estos novelistas, a los que se tacha de mero producto); pero a mi juicio, explicar su enorme éxito  tomando como base exclusivamente el apoyo mediático y publicitario es demasiado reduccionista e injusto: probablemente estos (entonces jóvenes) escritores supieron leer mejor que nadie esa desazón existencial que caracterizó a la generación de futuros mileuristas, atrapados en el páramo moral de la sociedad de consumo y muy beligerantes con los valores biempensantes de sus mayores, cegados por el triunfo vacío del progreso. Una filosofía posmoderna llena de contradicciones, y por lo tanto, fuente de autorrechazo, nihilismo e introspección individualista que encontró, también en España, reflejo en otras expresiones artísticas, principalmente a través de la música: el grunge americano de grupos como Pearl Jam, Nirvana o Soundgarden tuvo su correlato en España en la música indie de músicos como Australian Blonde, Los Planetas o Nacho Vegas (un mundo que tampoco se ha librado del feroz revisionismo de cierta crítica musical, especialmente de aquella que es confesamente conversa e incluso de algunos de sus representantes, volcados ahora en la reflexión sobre lo social).

Es su esencial vínculo con el estado emocional de la juventud, esto es, su carácter marcadamente generacional, a mi parecer, lo que explica su caducidad y la desaparición casi por completo de la obra de estos novelistas en el panorama editorial de los últimos tiempos; o bien, su incursión en géneros, tópicos o estilos radicalmente opuestos al que les llevó a la fama (Loriga buscó fortuna con la literatura juvenil y con obras de madurez muy poco leídas; Mañas, aunque ha acabado volviendo cíclicamente al neorrealismo de Mensaka o Historias del Kronen, fue virando paulatinamente hacia la narrativa más experimental, que lo pone  en íntima conexión con los autores de la llamada “Generación Nocilla”;  Prado, que continúa publicando poesía –a pesar del agotamiento de su corriente-, es paradójicamente el más mediático: ha hecho sus pinitos como hagiógrafo de la vida y milagros del omnipresente Sabina  – incluso llegó a colaborar con él en su último disco de estudio- y,  últimamente, aparece reconvertido en tertuliano y comentarista de la actualidad política tanto en televisión como en radio). Sin embargo, la dependencia de su contexto y la irrelevancia editorial de sus autores  en la actualidad no nos deben impidir reivindicar novelas tan audaces como la brillante Héroes (1993, Plaza y Janés), que anticiparon una mirada nada complaciente o ingenua hacia una generación joven, que  desorientada, hubo de batallar contra el enemigo difuso de su propio ser; novelas que rubricaron con perspicacia (y sirviéndose de un lenguaje y recursos narrativos propios de su tiempo) la crónica de la muerte anunciada de un mundo que, finalmente, ha acabado por derrumbarse.

 

 

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