VILLANCICOS DE LA GENERACIÓN SIN FUTURO: “SERÉ UN ANCIANO HERMOSO EN UN GRAN PAÍS”, DE MANUEL ASTUR

Leo estos días, a raíz de la recomendación del formidable Juan Soto Ivars, Seré un anciano hermoso en un gran país (2015, Sílex), el primer “ensayo emocional” de Manuel Astur, un autor muy poco conocido fuera de las tierras del rey Pelayo y cuya obra publicada se reduce, aparte de al libro citado, a la novela Quince días para acabar con el mundo (2014, Principal de los libros) y al poemario Y encima es mi cumpleaños (2013, Esto no es Berlín).

Y lo leo con detenimiento, fruición y  extraña fascinación, aunque sé que no me encuentro ante una obra magna, especialmente ambiciosa, formalmente renovadora o conceptualmente pretenciosa (a pesar de lo que parece indicar su rimbombante título): más bien al contrario, el libro de Manuel Astur, aunque dé voz a un sentimiento generacional, tiene una definitiva vocación minimalista, que se regodea conscientemente en su pequeñez y particularismo y que es capaz de forjar, sin embargo, con enorme amenidad y belleza, un maravilloso caos en el que se funde la narrativa lírica de Miró o Umbral, con el ensayo histórico o político,  el género biográfico, el artículo periodístico, el diario íntimo o la literatura de viajes.

Pero si hubiera que definirla con un solo adjetivo, debería decirse que es ante todo una obra oportuna: por un lado, porque llega justo a tiempo para dar fe de la entrada del autor en una madurez rehuida por largo tiempo, una madurez que no es sino una consecuencia forzosa de la supervivencia a los tiempos de éxtasis destructivo que han definido las tres últimas décadas, y en la que, para los que compartimos generación, inquietudes o incluso localización geográfica (la dependencia de su propio contexto es decisiva, lo que redunda en la dificultad para establecer vínculos emocionales con aquellos lectores que desconozcan los paisajes, formas de ser y costumbres del norte peninsular) resulta inevitable no reconocerse, como si se tratara de un espejo de nuestra propia vejez. El espejo de nuestros errores y nuestras inseguridades, a través de una revisión que corre a salto de mata por la infancia, adolescencia y juventud del autor, único protagonista y eje de la obra.

El pasado es la excusa de los cobardes y el futuro, la de los vengativos. La historia es una novela que reescribe cada generación. Pero siendo nada, siendo yo nadie, necesito dejar testimonio de esa guerra silenciosa que se ha librado en mi país y dentro de mí en los últimos treinta años.

Siendo un niño de posguerra, quiero mostrar mis solares abandonados, los escalones pisados, y, también, lo que hemos logrado salvar.

Tengo la voz, tengo las ganas y tengo el tiempo, tengo todo el tiempo; es el momento.

Se trata, de cualquier manera, de una revisión serena y nada maniquea, amable con los pecados de juventud y cruel con el conformismo ante una realidad alienante y cortoplacista, una reflexión alejada  de la melancolía autocompasiva o la frialdad del historicismo, que nace del interior de una sensibilidad excepcional para intentar explicar lo que nos está pasando a las generaciones de españoles nacidos en Democracia: españolitos (o mejor: asturianos, aragoneses, vascos, catalanes… pues “España siempre son los demás”) perdidos en una tierra de nadie, sin enemigos claros a los que culpar de nuestra desdicha y aquejados de un innato remordimiento obsesivo que nos mueve a abjurar de un mundo devastado, una vez agotadas sus mieles, y descarrilada Europa de los trenes del progreso (el Progreso como mal, una vez más, presente en este blog).

Por otro lado, se trata de una obra oportuna por el momento en el que, en mi caso personal,  llega a mis manos: y es que, involuntariamente, el ensayo de Manuel Astur resulta especialmente navideño (incluso en su estructuración temporal, que transita los fantasmas personales que definen la vida presente, pasada y futura del autor recuerda al clásico  Cuento de navidad de Dickens). En efecto, a partir de una prosa preciosista y cuidada,  de descripciones casi decimonónicas y de evocaciones afectadas de la vida bucólica en los pueblos a los que el abandono ha convertido  en auténticas reservas espirituales de nuestra nación, el ensayo acaba por ser, un canto apasionado y una puesta en valor las pequeñas cosas que dan sentido a nuestra vida, que adquieren aquí gracias a la sensibilidad y la perspicacia del autor una dimensión realmente poética y alejada de la sentimentalidad de todo a cien de Coelho y otras baratijas literarias de autoayuda. Pequeñas cosas que, una vez más, empiezan por un pequeño yo: el apasionamiento en la defensa de las opiniones e inquietudes de un ego omnipresente, que parecerían encubrir una cierta arrogancia propia la vejez prematura, de quien está vuelta de todo  una vez terminada la fiesta, no elimina (más bien al contrario) la capacidad del escritor asturiano para reírse de sí mismo sin rastro de cinismo, para autoparodiarse en aquellos momentos en los que lo intenso bordea el peligroso abismo de lo cursi.

Así pues, el ensayo acaba por ser, ante todo, además de un homenaje a un tiempo y un país imperfecto (la imperfección, el error, es, de hecho, el verdadero hecho diferencial español frente a la cuadriculada Europa central; la verdadera esencia de una España a menudo denostada por los motivos más peregrinos y sepultada bajo montañas de tópicos, banderas y prejuicios que tienen muy poca virtualidad en el presente), un canto dionisíaco a la esperanza, a la posibilidad de redención a través de la belleza, el amor (en todas sus formas: amor conyugal, familiar o amistad) y, la educación, el Arte. En definitiva, una reivindicación de la felicidad y de la necesidad de la fraternidad y la indulgencia sin las cuales nuestra existencia resultaría francamente insoportable.

Un mensaje simple y conciliador al que muchos podrían tacharse de condescendiente y buenista, y que parecería más propio de una homilía cristiana (el autor no solo reniega del legado ético y moral de la tradición católica, sino que lo reivindica como algo positivo para la vida en común, sin dejar de atizar, por ello a la fanática España de los “cuervos” residuales del nacionalcatolicismo) si no fuera porque al final de este sinuoso e incompleto camino el autor descubre que el único Dios posible, el único principio y fin, causa y consecuencia de nuestra razón vital, somos nosotros mismos y las experiencias que nos acompañan; experiencias se convierten en memoria y fuente de añoranza (una añoranza maravillosa no solo de lo que forma parte de nuestro pasado, sino también de lo que nos sucede en el ahora, cuando la magia se hace presente y nos permite atrapar otro instante de eternidad que sumar a nuestro camino).

En fechas como estas, en las que el aparato de marketing consumista funciona a pleno rendimiento, en que conceptos tan manoseados e infantilizados como fraternidadpaz parecen nombres vacíos, con menos valor que un cheque-regalo de El Corte inglés, un libro como este es como un oasis en el desierto, por su lucidez y por encontrar, por fin y desde dentro, algo que reivindicar para la generación perdida, la del precariado, la nuestra, la de los jóvenes aunque sobradamente preparados que en lugar de organizarse y establecer lazos, acabó entregada al abismo, borracha, cagándose encima en la Gran Vía. Y leer algo así sí que aporta verdadera paz. O eso, o que también las luces y los villancicos han hecho su efecto conmigo.  A ver si llega enero y podemos volver a temas más serios.

 

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