RECUPERANDO LAS FORMAS: LA POESÍA DE BEATRIZ RUSSO

Esta semana me despido del blog con una  obligada entrada dedicada a la poeta Beatriz Russo (Madrid, 1971), quien nos visitó el pasado lunes para realizar un recital comentado de una selección personal de poemas representativos de toda su trayectoria literaria. Una cita realmente interesante no  solo por la indiscutible calidad de su poesía o por el privilegio que supone siempre escuchar la obra recitada de un autor  de su propia boca, sino también y sobre todo porque nos permitió a los allí presentes contextualizar sus poemarios y conocer así las motivaciones, referentes y condicionantes de su labor como escritora.

Confieso (insistiendo en la idea que apuntaba en la entrada anterior sobre las dificultades para estar al día de las novedades y autores clave en el panorama de la lírica actual) que desconocía  absolutamente la obra de la escritora madrileña hasta apenas unos días antes del recital, por lo que aunque había leído los poemas antologados para la asignatura, así como algunas entrevistas y artículos sobre su figura, acudía a la lectura con muy pocos condicionantes previos; una circunstancia que, en este caso, creo que fue algo positivo. Y lo fue porque, como creo que se intuye desde la primera entrada de este blog (y de modo más claro con el elogio de la obra de García Casado o la elección de la poesía de la conciencia crítica de Mercedes Cebrián como tema de mi trabajo final), aparentemente el estilo poético de Russo, un estilo esteticista, de “altas cumbres”, culturalista y evasivo (matizaré esta afirmación a continuación) no es, en principio el que me despierte mayor atracción o interés, lo que podría haber derivado en  el tipo de prejuicios infundados y a menudo injustos en que caemos a menudo los lectores (un fenómeno que, paradójicamente, es especialmente acusado en el mundo de la poesía, en el cual existen verdaderos “bandos” estilísticos enfrentados, a veces con saña y crueldad: hoy es la llamada Poesía de la experiencia la que porta sin duda la diana de la mayor parte de los ataques, ya sea por motivos puramente estilísticos, por su hegemonía absoluta a nivel comercial, por la inevitable presencia de sus más destacados representantes en los jurados  de los principales galardones literarios, o por sus estrechísimas relaciones con la crítica literaria mejor posicionada; y como prueba de ello, el recado que a este corriente la propia Russo dejó -sin dar nombres, aunque la comparación con Sabina es elocuente- durante la charla posterior a la lectura de su obra).

Así pues, casi virgen, como hay que acercarse a veces a determinados autores, pude escuchar  a la poeta recitar un largo número de poemas que ella misma fue explicando de manera nítida, sin rehuir opiniones personales que pudieran resultar políticamente incorrectas (por ejemplo, sus notas al pie sobre el “bestiario” de tipos de género masculino que  pueblan su obra, que raras veces salen bien parados) ni detalles de su vida personal, que, aunque sean circunstancias que no añaden o quitan valor al texto final, sí que aportan claves de lectura que dan respuesta al porqué de su gusto por la poesía narrativa o por el uso (nunca gratuito) de referencias y ambientaciones difíciles de reconocer para el lector no demasiado versado en Historia del Arte y la Literatura: desde curiosidades como sus primeros pasos literarios en el mundo de la narrativa corta para atraer la atención de un compañero (probablemente convertido en uno de los seres que dibuja en Nocturno insecto), pasando por el accidente que marcó sus años de universidad y la convirtió en una lectora insaciable (un hecho que explica en parte el vastísimo acervo cultural que denotan ya los poemas que integran En la salud y en la enfermedad, un título especialmente adecuado; así como el carácter ciertamente evasivo o fabulatorio de su poemario más preciado, La prisión delicada,  ambientado en la Inglaterra victoriana de mediados del siglo XIX y en la que desfilan los más  célebres personajes de la hermandad prerrafaelita), hasta su fascinación por la lengua y la cultura china, coincidente en el tiempo con su  primera maternidad (con lo que ello implica en la toma de conciencia sobre el futuro y la  muerte), que explica el lenguaje llano y accesible de su improvisado poemario Aprendizaje, una verdadera rareza estilística en su producción (y quizá por ello, el que me resulta más atrayente, dada su ternura y sencillez formal).

En cualquier caso,  durante el recital quedó claro que, pese la solemnidad y la pompa que caracteriza su poesía, a la densidad de referencias histórico-culturales, a la erudición de los que la autora hace orgullosamente gala (y que recuerdan en buena medida a la corriente de los novísimos); y a pesar del marcado simbolismo  de sus versos e imágenes poéticas (un simbolismo etéreo, que apuesta por la polisemia casi surrealista, muy en la línea de  precursores como Baudelaire o Rimbaud), que convierten sus composiciones en verdaderos enigmas que exigen una lectura detenida y morosa, un  bagaje literario suficiente e incluso cierta labor de investigación previa, así, como por supuesto, imaginación para interpretar las imágenes y representaciones más ambiguas que van saliendo aquí y allá en sus  textos (de manera muy evidente en su última obra, Nocturno insecto, libro plagado de imágenes oníricas y de fuerte inspiración surrealista); pues bien, pese a todo ello, sus poemas esconden un fondo filosófico que elimina todo rastro de esteticismo vacuo y retoricismo gratuito, así como una honda reflexión no solo existencial (sobre las relaciones amorosas y la infidelidad en En la salud y en la enfermedad, sobre las relaciones materno-filiales en Aprendizaje, o sobre el paso del tiempo,  el sexo o la violencia conformando un continuum en Nocturno insecto ) sino también social  (así,  en La prisión delicada, en la que se vuelva de lleno en una poesía ficcional –desmontando  de este modo la “falacia autobiográfica” del género lírico como lo hacían Pessoa o Gil de Biedma- que da voz a distintos personajes y perspectivas del siglo XIX que le sirve para formular una denuncia perfectamente vigente de la desigualdad, sea económica o de género).

Así pues, hay una preocupación evidente por la forma, pero sin renunciar en ningún caso al contenido: una vez más, se demuestra que se demuestra que ambas son dos caras de una misma moneda, pues la complejidad formal no es sino un reflejo de la envergadura conceptual de sus poemas. De hecho, aunque la construcción de las historias que se esconden entre sus estrofas sea oscura y nunca resulte enteramente evidente (más aún si la selección de poemas que se leen se separan del conjunto al que pertenecen), la toma de partido por una poesía narrativa que no renuncie al lirismo, al uso de abundante lenguaje figurado o a  preciosistas descripciones de la naturaleza supone asumir una actitud valiente, tanto por la dificultad que entraña esta tarea de mantener el equilibrio entre lo épico y lo lírico, como porque implica un posicionamiento estético que si por algo sobresale es sobre todo por su vocación minoritaria en el panorama literario contemporáneo.

Tal  vocación no nace, sin embargo, de un impulso  arrogante y elitista, sino del encuentro con un modo de expresión propio y personalísimo al que no se puede renunciar, y que no tiene por qué coincidir (no coincide, de hecho)  con el lenguaje empleado para la escritura de otros géneros: la autora confesó que la novela erótica  que verá la luz este año tendrá un estilo mucho más llano, cristalino, incluso “crudo”.

Y esta osadía lo es por partida doble: también  por lo que comporta de recuperación y vindicación  referentes creativos y patrones estilísticos bastante alejados en el tiempo y que a priori casan muy poco con la sensibilidad artística actual: desde los románticos ingleses (Shelley, Keats, Colleridge) hasta clásicos atemporales como Shakespeare u Ovidio (de  los que se considera devota, algo que explica la abundancia de intertextos del dramaturgo y de la cultura grecolatina). Una actitud, en todo caso, bajo la cual no subyace un afán conservador ni una pretensión puramente mimética de  dichos modelos, sino que implica, por el contrario, la voluntad de desviejarlos y fundirlos de manera natural con el mundo que rodea a su autora y que, como “observadora nata de la realidad”(así se define ella misma), no puede obviar.

 

 

RECUPERANDO LAS FORMAS: LA POESÍA DE BEATRIZ RUSSO

POÉTICAS DEL SUBURBIO: “LAS AFUERAS” (1997), DE PABLO GARCÍA CASADO

Comenzamos esta semana a abordar el estado actual de la poesía hispánica contemporánea, un género cuyo éxito es cada vez más limitado entre el lector medio, pero que, sin embargo, sigue estando muy bien ponderado entre lectores expertos y  especialistas de la literatura: ello explica, que pese a la raquítica demanda (con la excepción de algunos recientes “superventas” con un mercado joven muy definido, como Marwan o Luna Miguel), las grandes editoriales todavía  publiquen algunos poemarios, así como que sigan naciendo pequeñas editoriales periféricas que apuestan decididamente por el género (Noviembre Libros, Frida, El Gaviero, La bella Varosvia) y se hayan consolidado otras de mayor recorrido (Hiperión o, por supuesto, Visor). A ello habría que sumar el impulso que han supuesto para la difusión y la creación poética los avances de la comunicación en la era tecnológica, principalmente blogs y páginas de divulgación literaria como amediavoz.com, que realizan una labor impagable para todo aquel que esté interesado mínimamente en el género.

Pese a todo, lo cierto es que la lírica en el panorama literario actual  es un género al margen, de lectores expertos y podría decirse que (muy a pesar de muchos de sus cultivadores) casi elitista; una situación que contrasta enormemente (y aun admitiendo su tradicional carácter minoritario en relación con la novela o el teatro) con el enorme auge de la poesía social en los años 70, con la admiración de las élites cultas hacia los novísimos discípulos de de Jaime Gil de Biedma (Félix de Azúa, Ana María Moix, o el mejor de todos, el recientemente fallecido y “loco” oficial de las letras españolas, Leopoldo María Panero)  o con el tirón (incluso comercial) de la agotada y hoy tan discutida y vilipendiada Poesía de la experiencia, con Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes o Benjamín Prado al frente como figuras más destacadas; además de  con el éxito de algunos autores transversales como Luis Alberto de Cuenca o Luis Antonio de Villena, que se han acabado por en verdaderas vacas sagradas, gracias, entre otros motivos, a su gran presencia mediática. Esta situación de declive, si bien se explica en parte (aunque parezca contradictorio) por el empuje de internet (que a la vez que favorece  la iniciativa creadora particular genera una dificultad enorme para establecer una criba fiable, y contribuye en la misma medida a la difusión de una visión muy degradada y naif del género -las redes sociales están ahí para comprobarlo, junto a memes de Coelho y frases de Albert Espinosa sobre fotografías de cielos nubosos-) y  por el escaso marketing que las casas editoriales dedican para dar a conocer a los nuevos poetas, tiene, a mi parecer, dos causas principales:

En primer lugar, una causa que es a la vez un problema endémico de nuestro país, que no es otro que el déficit educativo y cultural de las nuevas generaciones. Se trata, en efecto, de un problema estructural y general, pero que se manifiesta con especial virulencia en el ámbito de las Humanidades (la Cultura Clásica, la Filosofía, la Historia del Arte, por supuesto la Literatura), cada vez más maltratadas por las leyes educativas y desplazadas a “cajón de sastre” de lo cultural” (o en lenguaje neoliberal, lo “no rentable”, nido de subvenciones donde vagos, extravagantes y pesebreros campan a sus anchas –perdón por el sarcasmo maniqueo-). En efecto, la enseñanza de la Lengua y la Literatura parece haber ido dejando de lado la educación literaria en favor del desarrollo de competencias de lectoescritura que se perciben  más urgentes y funcionales. No me atrevería a poner en duda la relevancia o incluso la prioridad de estas cuestiones frente al desarrollo de la competencia literaria (una vez más, las redes son una buena radiografía del estado lingüístico de las nuevas generaciones), pero la preterición de esta supone condenar un valiosísimo patrimonio histórico-cultural como es el de la poesía al ostracismo más absoluto, de suerte que muchos de los grandes autores del siglo XX (no digamos los de época contemporánea) son hoy papel mojado incluso para aquellos que se declaran aficionados a lectura. Una educación literaria que necesariamente tiene que renovarse y adaptarse a los tiempos (no estaría de más  la  introducción en el currículo de autores posteriores a los años 50,  que aborden desde una sensibilidad actual problemas íntimos o sociales asimismo actuales, a menudo olvidados incluso en el ámbito universitario) y que recupere la poesía para sus lectores, despojándola de la pátina de prejuicios (“rara”, “difícil”, etc.) que la cubren.

La segunda causa no es otra que el carácter absolutamente fragmentado, múltiple y caótico del panorama lírico actual: son tantas las corrientes, tantos los centros neurálgicos de creación y proyectos de escritura colectiva, tantos los puntos de contacto y tan difusas las fronteras formales y conceptuales entre autores, tantos los intentos de renovación (el más evidente, el  que se ha producido a través de la videopoesía, pero también en el mundo de la música con el desarrollo del género del spoken Word, u otros como los proyectos urbanos de acción poética), tan incierta la definición de poeta (a menudo las fronteras son difusas  con el crítico, el ensayista, el pensador, incluso con el diseñador gráfico), tantos los premios literarios (otro de los factores clave en la supervivencia del género a nivel editorial)… que a día de hoy resulta casi imposible tener una idea siquiera aproximada del estado actual de las distintas corrientes poéticas vigentes, de su adscripción generacional y temática, o de cuáles son los nombres clave cuya obra resulta ha sido revolucionaria para la lírica contemporánea. En este panorama proteico y caleidoscópico, es mucho más costoso para los escritores alcanzar difusión y reconocimiento, más allá del posible padrinazgo que los pesos pesados de la crítica literaria puedan otorgarles.

Por  eso mismo, porque proponerse esbozar un panorama general de la lírica contemporánea resulta un objetivo inútil e inabarcable, dedicaré esta entrada a uno de los autores más influyentes y que mayor reconocimiento ha logrado los últimos tiempos entre críticos y lectores: el cordobés Pablo García Casado (1972), que en 2013  publicó todos sus poemarios reunidos bajo el título Fuera de campo (Visor), obra completa que ha encontrado continuación  en el reciente García (2015, Visor). Es este un breve pero intenso librito  compuesto a base textos de prosa poética, que anuncia desde su título mismo su carácter profundamente personal, que se asienta sobre los pilares de la realidad cotidiana e informativa que vive el autor: las problemáticas sociales (“Futuro pavoroso”) o la crónica judicial o de sucesos (“Saturno”, “Baile”) se introducen en las composiciones  en la medida en que son fenómenos sentidos e interiorizados por el poeta, que acaban por convertirse por lo tanto en condicionantes de su  compromiso estético, político y en suma, de sus actitud ante la vida; no se trata, pues, de circunstancias externas sobre los que este decida plantear una reflexión más o menos crítica. Así, lo social, que está siempre presente (y de modo más evidente desde El mapa de América [2001] y Dinero [2007]), se funde con experiencias íntimas como la paternidad o la infancia conformando un todo indisoluble: frente a la mirada política y erudita ajena al hecho, la mirada  política (política en tanto propia de un individuo que vive en la polis) del  que lo vive cotidianamente y no puede sustraerse a él.

Sigue siendo, no obstante,  su profundo, visceral y brillante poemario  Las afueras (1997) el más conocido y celebrado de toda su producción: un libro que ha inspirado a un gran número de autores jóvenes que lo citan entre sus referentes ineludibles (baste echar un vistazo al interesante proyecto web Las afinidades electivas, o al emocionante y marciano experimento videopoético de Mercedes Díaz Villarías con El poema de Jack (1) y (2), incluido en su versión textual en This is your home now [2012, autoeditado], el cual mantiene una relación especular con “El poema de Jane” de Las afueras) y que, junto a la obra de  David González o Roger Wolfe, inauguró una corriente poética que se vino a identificar con el Realismo Sucio americano de autor como Bukowski o Carver (autor al que cita expresamente en el encabezamiento del citado “Poema de Jane”), lo que resulta plenamente coherente con la evolución que el género narrativo está teniendo en los mismos años 90 con autores como Loriga o José Ángel Mañas: en efecto, se ha dicho  que hay un interés en estos autores por reflejar la marginalidad, la vida de los suburbios, una vida gris, donde el leitmotiv son las drogas, la pobreza (simbolizada aquí  a través de la chatarra, los automóviles de mala calidad, los descampados o las botellas vacías), el sexo sucio y animal, las relaciones disfuncionales… temas que se abordan desde una perspectiva siempre pesimista, oscura y desencantada y a través de una forma en la que prima la narrativo sobre lo lírico, el lenguaje coloquial sobre la depuración artificiosa, la descripción y el concepto sobre el ritmo.

Una descripción que sin duda vale para los otros dos autores citados, pero que en el caso de García Casado se queda muy corta: es cierto que aparecen representados en sus poemas (en el propio sintagma que da nombre al conjunto) las afueras de la ciudad, donde se confunden chabolas y pisos de baja factura, donde confluyen las clases más depauperadas a las que se asocian problemáticas como  el consumo de drogas, la enfermedad psicológica o la delincuencia, pero también lo es que frente a la vocación marcadamente feísta, intencionalmente desesperanzada de Wolfe o González, aquí se perfila, tras una travesía por la tristeza, el sufrimiento  y la lucha por la supervivencia cotidiana, un lugar para la redención a través del amor  o la solidaridad. Es de hecho, este el verdadero leitmotiv vertebrador de las estampas que integran el poemario: la esperanza que nace del beso, del abrazo, del sexo con amor, pequeños actos que nos salvan de la desesperación en la que el sistema sume a los excluidos, a los fracasados, una idea de la cual el urbanismo de las grandes ciudades contemporáneas es alegoría perfecta.

La misma idea, por cierto, que subyace a la maravillosa película de Wim Wenders París, Texas (1984), intertexto explícito citado en “1972” (quizá el más personal de sus poemas, aquel en el que sobre el por qué de su propia existencia, retrotrayéndose hasta el momento mismo de su concepción).  Una visión nada ingenua y que no abandona el hiperrealismo que caracteriza a su autor, pero que deja entrever el optimismo, la expectativa de felicidad que acaba floreciendo, tal como  amanecen “los restos del amor en las afueras”.

 

 

 

POÉTICAS DEL SUBURBIO: “LAS AFUERAS” (1997), DE PABLO GARCÍA CASADO

RELATOS DEL DESENCANTO: “EL MALESTAR AL ALCANCE DE TODOS”, DE MERCEDES CEBRIÁN

Retomo la actividad en el blog tras el parón navideño para hablar de la narrativa corta de Mercedes Cebrián (1971),  joven autora madrileña cuya obra poética constituirá el tema central de mi trabajo final de la asignatura. Y lo haré centrándome en su brillante debut literario (debut desde un punto de vista editorial, pues la autora ya había publicado algunos relatos en revistas y medios de difusión limitada), la original e incisiva colección de cuentos y poemas El malestar al alcance de todos (2004, Caballo de Troya), por ser, además de la obra que mejor sintetiza la corrosiva mirada de su autora hacia la realidad idiotizada y alienante del mundo global, la obra que la consagró como una de las autoras más prometedoras de la narrativa corta española.

La obra transgénero de Cebrián obtuvo, desde el mismo momento de su publicación un gran reconocimiento crítico, y ello a pesar  que el  mayor peso conceptual e intencional del conjunto recae en los catorce relatos y no en los poemas: en efecto, el género de la narrativa corta suele ser un género menos estudiado que la poesía,  y a nivel crítico y editorial suele obtener una atención  e impulso para nada comparable con la de la novela extensa. Es un género, que, además, suele proliferar en los últimos tiempos a través de cauces alternativos a los del mercado editorial principal (en blogs, revistas literarias, fanzines, editoriales periféricas, a través de la autoedición…), y solo cuando sus creadores han  reunido  un volumen importante de cuentos y, sobre todo, cuando han alcanzado prestigio (ya sea crítico o comercial, cuando no ambos), las editoriales “grandes” se atreven a dar el paso de publicarlos; o bien, a incluir alguno de sus cuentos en antologías temáticas (de terror, de ciencia ficción…) o generacionales (como la citada en una entrada anterior del blog, Páginas amarillas). Parece, en todo caso, que son más bien razones comerciales las que motivan la poca visibilidad de los autores jóvenes que se dedican principalmente al género cuentístico: así, nombres  que han demostrado sobradamente su maestría en el campo de la narrativa breve como Juan Bonilla, Sergi Pamiès, Andrés Neuman, o la propia Cebrián, siguen siendo grandes desconocidos para una parte importante del público lector; un público que, sin embargo, no parece rechazar las colecciones de relatos firmadas por algún autor superventas (Galeano, Millás, Bolaño, o en el caso catalán, Monzó, por citar a algunos).

Por esta razón,  y aprovechando que actualmente estoy trabajando sobre esta y otras obras de la autora madrileña (especialmente sobre el poemario Mercado Común,  publicado por Caballo de Troya en 2006)  considero importante dedicar al menos una entrada del blog a este subgénero narrativo, en el que Cebrián se desenvuelve como pez en el agua (de hecho, en el caso de El malestar al alcance de todos la calidad de los poemas y los relatos es muy desigual, por lo que algunos críticos han llegado a considerar que aquellos son un “mero aliño” de estos últimos, con una función complementaria que sería “iluminar temas y trasfondos” de los cuentos). Su contrastada pericia narrativa, junto a criterios generacionales, técnicos y temáticos, ha llevado a algunos críticos a incluirla en la “Generación Nocilla”; ella misma, sin embargo, se ha desmarcado del movimiento, y tal categorización resultaría en todo caso incompleta, pues su obra poética se enmarca en la corriente de Poesía de la conciencia crítica, y bebe prácticamente de sus mismas fuentes estéticas e ideológicas.

Lo primero que se puede decir de la obra es que se trata, en conjunto, de una disección satírica y cruel (una crueldad serena y no airada) de algunos de los males del mundo desarrollado contemporáneo, de esa sociedad  de consumo que esconde, bajo el mantra machacón de conceptos grandilocuentes como Progreso o Bienestar, un sistema de relaciones inhumano y degradado, en el que los hombres y mujeres se relacionan movidos por el egoísmo e insolidaridad, esto es, por un puro instinto de conservación individual (he aquí la terrible paradoja: la sociedad de Bienestar, que aparentemente persigue el bien común y la felicidad colectiva, acaba por convertirse en la sociedad del “Sálvese quien pueda”). Una disección crítica que, en todo caso, no procede a través de una denuncia panfletaria y pretenciosa de los grandes problemas que nos aquejan, sino  través de una mirada irónica, llena de humor e ingenio,  que parodia y hace sarcasmo de las pequeñas tiranías pequeñoburguesas que denotan, sí, una deriva  global absurda, en la que lo único que importa es el valor de cambio de los objetos y personas y que uniformiza paradigmas culturales, formas de pensamiento y usos sociales (ideas que la autora compendia a la perfección la interesante novelita Cul-de-Sac [2009, Alpha Decay]).

Por ello, en lugar de optar por un realismo social canónico, como parecería exigir una crítica más solemne, Cebrián echa mano de las más variadas técnicas y recursos narrativos (lo que amplifica el carácter proteico y múltiple de la obra sin romper su unidad), pero huyendo del experimentalismo espurio y optando por la claridad, espontaneidad y ligereza de su discurso (poético y narrativo): todos los relatos están en primera persona, llenos de refranes, lenguaje coloquial, y  plagados referencias muy directas a elementos definitorios del mundo actual; el estilo es, pues, siempre inteligible, y su mensaje, pese a una constante e hiperbolizada ironía, muy claro, sin que eso suponga merma alguna de la calidad literaria.

Sí que resulta quizá más complicado para el lector no avezado desentrañar el amplísimo espectro de referencias metaliterarias e hipertextos que pueblan los relatos, que denotan un bagaje cultural envidiable; pero esta circunstancia quizá no importa tanto, pues el culturalismo que la autora insufla a sus cuentos no es nada abigarrado y sale a la luz de manera natural, sin exigir tediosas búsquedas enciclopédicas al lector. Un culturalismo que empieza ya desde el título mismo: El malestar al alcance de todos, además de encerrar una ironía evidente respecto a la sociedad de Bienestar, es una parodia de la famosa obra de Freud: el malestar en la cultura.

No podemos analizar aquí con todo detalle cada uno de los catorce relatos que forman parte la obra, pues cada uno de ellos se sirve de personajes, motivos y técnicas distintos y ello exigiría dedicarle un artículo mucho más extenso y especializado, pero si podemos dar una idea general de aquellos aspectos que son más recurrentes, pues son los que dan coherencia y unidad al conjunto:

En el aspecto temático, podemos resaltar en primer lugar la banalización del amor (“Aluminosis”) y la degradación del mismo por los complejos e inseguridades que nos infunde la sociedad de la apariencia (“Algo resentido de este pie”), que convierte  matrimonios y relaciones de pareja en entornos disfuncionales, hostiles a la conservación de la identidad propia (“Del verbo perder”) en los que la búsqueda de felicidad se ve sustituida por una estabilidad engañosa y vacía. Y dentro de este tipo de relaciones sale a  la superficie constantemente el machismo, como una lacra atávica que  se expresa a través de nuevas formas, más “amables” si se quiere, pero igualmente fundadas en la idea de la dominación tiránica de la mujer por el hombre.

Otro de los grandes temas es la reflexión sobre el lugar de la cultura y de la literatura en la sociedad de consumo: es aquí donde Cebrián despliega su vasto conocimiento del estado actual de la literatura de nuestro tiempo, del funcionamiento interno del mundillo editorial, así como de una crítica literaria cada vez más elitista y esnob (la propia autora, doctorada en Estudios Hispánicos por la Universidad de Pensilvania, se dedica regularmente a reseñar y estudiar obras de otros autores, por lo que el conocimiento de esta realidad tan parodiable es ante todo experiencial): pueden destacarse, en este sentido, los geniales “Retóricos anónimos” y “Libro de familia”.

Por último (aunque  podrían citarse muchos otros tópicos), es una constante la reflexión sobre el fracaso, sobre la pérdida de ambición y la ausencia de expectativas que define la actitud existencial del hombre. Una actitud de desencanto cotidiano, que no aboca a la reflexión existencialista desesperanzada, sino que es asumida con naturalidad y  resignación por el hombre. Será esta una idea central que unifica buena parte de los relatos, aunque los motivos y tópicos varíen: el fracaso en el plano laboral (“Material de oficina”), el fracaso de las ensoñaciones de la sociedad tecnológica (“Los cuatro jinetes”), o, una vez más, el fracaso afectivo (“El mueble auxiliar”).

Dese el punto de la actitud, ya hemos dicho que ante todo prima el humor, el sarcasmo y la mirada sardónica hacia una realidad de apariencia colorida pero terriblemente alienante, en la línea de autores americanos como Delillo o Foster Wallace, que aparecen como referentes ineludibles de la autora. Hay, por lo tanto, una voluntad expresa de atizar con el látigo a un mundo esquizofrénico, pero no a través de la crítica de trazo grueso, sino a través del ingenio y la risa.

Para terminar, desde el punto de vista de la técnica narrativa, hay que decir que, frente a obras posteriores como La nueva taxidermia (2011, Mondadori) o la ya citada Cul-de-sac (2009, Alpha Decay), en las que la autora toma partido por la nouvelle (novela corta-relato largo), en este caso  opta decididamente por el relatos muy breves, de tipo intensivo, cerrados (en cualquier caso, la autora huye por igual de la circularidad y de los finales abiertos; no así del tradicional recurso a la sorpresa final, al giro de la trama con el que logra que los relatos adquieran una entidad autónoma e independiente), y en los que se vale de  múltiples recursos tomados de los grandes renovadores de la narrativa del siglo XX (el monólogo interior es absolutamente predominante), pero también de la narrativa costumbrista decimonónica (la sombra de Larra es siempre alargada), de la ciencia-ficción, del género epistolar o del género fantástico.

En conclusión, podemos decir que pese a su brevedad, El malestar al alcance de todos es una obra que justifica por sí sola, por su enorme perspicacia, amenidad y calidad literaria, la inclusión de Cebrián entre la nómina de autores con más proyección en el panorama de la narrativa contemporánea. Una autora versátil que, asimismo,  debería ocupar un lugar más destacado entre los poetas españoles contemporáneos, pues  aunque su producción lírica, que alcanzó sus mayores cotas de calidad en Mercado común (2006), sea  aún muy corta, ocupa un lugar muy destacado el ámbito de la nueva poesía de corte social, por su carácter declaradamente anticanónico, personalísimo y  profundamente crítico con un sueño europeo que se ha derrumbado ante nuestros ojos.

RELATOS DEL DESENCANTO: “EL MALESTAR AL ALCANCE DE TODOS”, DE MERCEDES CEBRIÁN