POÉTICAS DEL SUBURBIO: “LAS AFUERAS” (1997), DE PABLO GARCÍA CASADO

Comenzamos esta semana a abordar el estado actual de la poesía hispánica contemporánea, un género cuyo éxito es cada vez más limitado entre el lector medio, pero que, sin embargo, sigue estando muy bien ponderado entre lectores expertos y  especialistas de la literatura: ello explica, que pese a la raquítica demanda (con la excepción de algunos recientes “superventas” con un mercado joven muy definido, como Marwan o Luna Miguel), las grandes editoriales todavía  publiquen algunos poemarios, así como que sigan naciendo pequeñas editoriales periféricas que apuestan decididamente por el género (Noviembre Libros, Frida, El Gaviero, La bella Varosvia) y se hayan consolidado otras de mayor recorrido (Hiperión o, por supuesto, Visor). A ello habría que sumar el impulso que han supuesto para la difusión y la creación poética los avances de la comunicación en la era tecnológica, principalmente blogs y páginas de divulgación literaria como amediavoz.com, que realizan una labor impagable para todo aquel que esté interesado mínimamente en el género.

Pese a todo, lo cierto es que la lírica en el panorama literario actual  es un género al margen, de lectores expertos y podría decirse que (muy a pesar de muchos de sus cultivadores) casi elitista; una situación que contrasta enormemente (y aun admitiendo su tradicional carácter minoritario en relación con la novela o el teatro) con el enorme auge de la poesía social en los años 70, con la admiración de las élites cultas hacia los novísimos discípulos de de Jaime Gil de Biedma (Félix de Azúa, Ana María Moix, o el mejor de todos, el recientemente fallecido y “loco” oficial de las letras españolas, Leopoldo María Panero)  o con el tirón (incluso comercial) de la agotada y hoy tan discutida y vilipendiada Poesía de la experiencia, con Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes o Benjamín Prado al frente como figuras más destacadas; además de  con el éxito de algunos autores transversales como Luis Alberto de Cuenca o Luis Antonio de Villena, que se han acabado por en verdaderas vacas sagradas, gracias, entre otros motivos, a su gran presencia mediática. Esta situación de declive, si bien se explica en parte (aunque parezca contradictorio) por el empuje de internet (que a la vez que favorece  la iniciativa creadora particular genera una dificultad enorme para establecer una criba fiable, y contribuye en la misma medida a la difusión de una visión muy degradada y naif del género -las redes sociales están ahí para comprobarlo, junto a memes de Coelho y frases de Albert Espinosa sobre fotografías de cielos nubosos-) y  por el escaso marketing que las casas editoriales dedican para dar a conocer a los nuevos poetas, tiene, a mi parecer, dos causas principales:

En primer lugar, una causa que es a la vez un problema endémico de nuestro país, que no es otro que el déficit educativo y cultural de las nuevas generaciones. Se trata, en efecto, de un problema estructural y general, pero que se manifiesta con especial virulencia en el ámbito de las Humanidades (la Cultura Clásica, la Filosofía, la Historia del Arte, por supuesto la Literatura), cada vez más maltratadas por las leyes educativas y desplazadas a “cajón de sastre” de lo cultural” (o en lenguaje neoliberal, lo “no rentable”, nido de subvenciones donde vagos, extravagantes y pesebreros campan a sus anchas –perdón por el sarcasmo maniqueo-). En efecto, la enseñanza de la Lengua y la Literatura parece haber ido dejando de lado la educación literaria en favor del desarrollo de competencias de lectoescritura que se perciben  más urgentes y funcionales. No me atrevería a poner en duda la relevancia o incluso la prioridad de estas cuestiones frente al desarrollo de la competencia literaria (una vez más, las redes son una buena radiografía del estado lingüístico de las nuevas generaciones), pero la preterición de esta supone condenar un valiosísimo patrimonio histórico-cultural como es el de la poesía al ostracismo más absoluto, de suerte que muchos de los grandes autores del siglo XX (no digamos los de época contemporánea) son hoy papel mojado incluso para aquellos que se declaran aficionados a lectura. Una educación literaria que necesariamente tiene que renovarse y adaptarse a los tiempos (no estaría de más  la  introducción en el currículo de autores posteriores a los años 50,  que aborden desde una sensibilidad actual problemas íntimos o sociales asimismo actuales, a menudo olvidados incluso en el ámbito universitario) y que recupere la poesía para sus lectores, despojándola de la pátina de prejuicios (“rara”, “difícil”, etc.) que la cubren.

La segunda causa no es otra que el carácter absolutamente fragmentado, múltiple y caótico del panorama lírico actual: son tantas las corrientes, tantos los centros neurálgicos de creación y proyectos de escritura colectiva, tantos los puntos de contacto y tan difusas las fronteras formales y conceptuales entre autores, tantos los intentos de renovación (el más evidente, el  que se ha producido a través de la videopoesía, pero también en el mundo de la música con el desarrollo del género del spoken Word, u otros como los proyectos urbanos de acción poética), tan incierta la definición de poeta (a menudo las fronteras son difusas  con el crítico, el ensayista, el pensador, incluso con el diseñador gráfico), tantos los premios literarios (otro de los factores clave en la supervivencia del género a nivel editorial)… que a día de hoy resulta casi imposible tener una idea siquiera aproximada del estado actual de las distintas corrientes poéticas vigentes, de su adscripción generacional y temática, o de cuáles son los nombres clave cuya obra resulta ha sido revolucionaria para la lírica contemporánea. En este panorama proteico y caleidoscópico, es mucho más costoso para los escritores alcanzar difusión y reconocimiento, más allá del posible padrinazgo que los pesos pesados de la crítica literaria puedan otorgarles.

Por  eso mismo, porque proponerse esbozar un panorama general de la lírica contemporánea resulta un objetivo inútil e inabarcable, dedicaré esta entrada a uno de los autores más influyentes y que mayor reconocimiento ha logrado los últimos tiempos entre críticos y lectores: el cordobés Pablo García Casado (1972), que en 2013  publicó todos sus poemarios reunidos bajo el título Fuera de campo (Visor), obra completa que ha encontrado continuación  en el reciente García (2015, Visor). Es este un breve pero intenso librito  compuesto a base textos de prosa poética, que anuncia desde su título mismo su carácter profundamente personal, que se asienta sobre los pilares de la realidad cotidiana e informativa que vive el autor: las problemáticas sociales (“Futuro pavoroso”) o la crónica judicial o de sucesos (“Saturno”, “Baile”) se introducen en las composiciones  en la medida en que son fenómenos sentidos e interiorizados por el poeta, que acaban por convertirse por lo tanto en condicionantes de su  compromiso estético, político y en suma, de sus actitud ante la vida; no se trata, pues, de circunstancias externas sobre los que este decida plantear una reflexión más o menos crítica. Así, lo social, que está siempre presente (y de modo más evidente desde El mapa de América [2001] y Dinero [2007]), se funde con experiencias íntimas como la paternidad o la infancia conformando un todo indisoluble: frente a la mirada política y erudita ajena al hecho, la mirada  política (política en tanto propia de un individuo que vive en la polis) del  que lo vive cotidianamente y no puede sustraerse a él.

Sigue siendo, no obstante,  su profundo, visceral y brillante poemario  Las afueras (1997) el más conocido y celebrado de toda su producción: un libro que ha inspirado a un gran número de autores jóvenes que lo citan entre sus referentes ineludibles (baste echar un vistazo al interesante proyecto web Las afinidades electivas, o al emocionante y marciano experimento videopoético de Mercedes Díaz Villarías con El poema de Jack (1) y (2), incluido en su versión textual en This is your home now [2012, autoeditado], el cual mantiene una relación especular con “El poema de Jane” de Las afueras) y que, junto a la obra de  David González o Roger Wolfe, inauguró una corriente poética que se vino a identificar con el Realismo Sucio americano de autor como Bukowski o Carver (autor al que cita expresamente en el encabezamiento del citado “Poema de Jane”), lo que resulta plenamente coherente con la evolución que el género narrativo está teniendo en los mismos años 90 con autores como Loriga o José Ángel Mañas: en efecto, se ha dicho  que hay un interés en estos autores por reflejar la marginalidad, la vida de los suburbios, una vida gris, donde el leitmotiv son las drogas, la pobreza (simbolizada aquí  a través de la chatarra, los automóviles de mala calidad, los descampados o las botellas vacías), el sexo sucio y animal, las relaciones disfuncionales… temas que se abordan desde una perspectiva siempre pesimista, oscura y desencantada y a través de una forma en la que prima la narrativo sobre lo lírico, el lenguaje coloquial sobre la depuración artificiosa, la descripción y el concepto sobre el ritmo.

Una descripción que sin duda vale para los otros dos autores citados, pero que en el caso de García Casado se queda muy corta: es cierto que aparecen representados en sus poemas (en el propio sintagma que da nombre al conjunto) las afueras de la ciudad, donde se confunden chabolas y pisos de baja factura, donde confluyen las clases más depauperadas a las que se asocian problemáticas como  el consumo de drogas, la enfermedad psicológica o la delincuencia, pero también lo es que frente a la vocación marcadamente feísta, intencionalmente desesperanzada de Wolfe o González, aquí se perfila, tras una travesía por la tristeza, el sufrimiento  y la lucha por la supervivencia cotidiana, un lugar para la redención a través del amor  o la solidaridad. Es de hecho, este el verdadero leitmotiv vertebrador de las estampas que integran el poemario: la esperanza que nace del beso, del abrazo, del sexo con amor, pequeños actos que nos salvan de la desesperación en la que el sistema sume a los excluidos, a los fracasados, una idea de la cual el urbanismo de las grandes ciudades contemporáneas es alegoría perfecta.

La misma idea, por cierto, que subyace a la maravillosa película de Wim Wenders París, Texas (1984), intertexto explícito citado en “1972” (quizá el más personal de sus poemas, aquel en el que sobre el por qué de su propia existencia, retrotrayéndose hasta el momento mismo de su concepción).  Una visión nada ingenua y que no abandona el hiperrealismo que caracteriza a su autor, pero que deja entrever el optimismo, la expectativa de felicidad que acaba floreciendo, tal como  amanecen “los restos del amor en las afueras”.

 

 

 

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