RECUPERANDO LAS FORMAS: LA POESÍA DE BEATRIZ RUSSO

Esta semana me despido del blog con una  obligada entrada dedicada a la poeta Beatriz Russo (Madrid, 1971), quien nos visitó el pasado lunes para realizar un recital comentado de una selección personal de poemas representativos de toda su trayectoria literaria. Una cita realmente interesante no  solo por la indiscutible calidad de su poesía o por el privilegio que supone siempre escuchar la obra recitada de un autor  de su propia boca, sino también y sobre todo porque nos permitió a los allí presentes contextualizar sus poemarios y conocer así las motivaciones, referentes y condicionantes de su labor como escritora.

Confieso (insistiendo en la idea que apuntaba en la entrada anterior sobre las dificultades para estar al día de las novedades y autores clave en el panorama de la lírica actual) que desconocía  absolutamente la obra de la escritora madrileña hasta apenas unos días antes del recital, por lo que aunque había leído los poemas antologados para la asignatura, así como algunas entrevistas y artículos sobre su figura, acudía a la lectura con muy pocos condicionantes previos; una circunstancia que, en este caso, creo que fue algo positivo. Y lo fue porque, como creo que se intuye desde la primera entrada de este blog (y de modo más claro con el elogio de la obra de García Casado o la elección de la poesía de la conciencia crítica de Mercedes Cebrián como tema de mi trabajo final), aparentemente el estilo poético de Russo, un estilo esteticista, de “altas cumbres”, culturalista y evasivo (matizaré esta afirmación a continuación) no es, en principio el que me despierte mayor atracción o interés, lo que podría haber derivado en  el tipo de prejuicios infundados y a menudo injustos en que caemos a menudo los lectores (un fenómeno que, paradójicamente, es especialmente acusado en el mundo de la poesía, en el cual existen verdaderos “bandos” estilísticos enfrentados, a veces con saña y crueldad: hoy es la llamada Poesía de la experiencia la que porta sin duda la diana de la mayor parte de los ataques, ya sea por motivos puramente estilísticos, por su hegemonía absoluta a nivel comercial, por la inevitable presencia de sus más destacados representantes en los jurados  de los principales galardones literarios, o por sus estrechísimas relaciones con la crítica literaria mejor posicionada; y como prueba de ello, el recado que a este corriente la propia Russo dejó -sin dar nombres, aunque la comparación con Sabina es elocuente- durante la charla posterior a la lectura de su obra).

Así pues, casi virgen, como hay que acercarse a veces a determinados autores, pude escuchar  a la poeta recitar un largo número de poemas que ella misma fue explicando de manera nítida, sin rehuir opiniones personales que pudieran resultar políticamente incorrectas (por ejemplo, sus notas al pie sobre el “bestiario” de tipos de género masculino que  pueblan su obra, que raras veces salen bien parados) ni detalles de su vida personal, que, aunque sean circunstancias que no añaden o quitan valor al texto final, sí que aportan claves de lectura que dan respuesta al porqué de su gusto por la poesía narrativa o por el uso (nunca gratuito) de referencias y ambientaciones difíciles de reconocer para el lector no demasiado versado en Historia del Arte y la Literatura: desde curiosidades como sus primeros pasos literarios en el mundo de la narrativa corta para atraer la atención de un compañero (probablemente convertido en uno de los seres que dibuja en Nocturno insecto), pasando por el accidente que marcó sus años de universidad y la convirtió en una lectora insaciable (un hecho que explica en parte el vastísimo acervo cultural que denotan ya los poemas que integran En la salud y en la enfermedad, un título especialmente adecuado; así como el carácter ciertamente evasivo o fabulatorio de su poemario más preciado, La prisión delicada,  ambientado en la Inglaterra victoriana de mediados del siglo XIX y en la que desfilan los más  célebres personajes de la hermandad prerrafaelita), hasta su fascinación por la lengua y la cultura china, coincidente en el tiempo con su  primera maternidad (con lo que ello implica en la toma de conciencia sobre el futuro y la  muerte), que explica el lenguaje llano y accesible de su improvisado poemario Aprendizaje, una verdadera rareza estilística en su producción (y quizá por ello, el que me resulta más atrayente, dada su ternura y sencillez formal).

En cualquier caso,  durante el recital quedó claro que, pese la solemnidad y la pompa que caracteriza su poesía, a la densidad de referencias histórico-culturales, a la erudición de los que la autora hace orgullosamente gala (y que recuerdan en buena medida a la corriente de los novísimos); y a pesar del marcado simbolismo  de sus versos e imágenes poéticas (un simbolismo etéreo, que apuesta por la polisemia casi surrealista, muy en la línea de  precursores como Baudelaire o Rimbaud), que convierten sus composiciones en verdaderos enigmas que exigen una lectura detenida y morosa, un  bagaje literario suficiente e incluso cierta labor de investigación previa, así, como por supuesto, imaginación para interpretar las imágenes y representaciones más ambiguas que van saliendo aquí y allá en sus  textos (de manera muy evidente en su última obra, Nocturno insecto, libro plagado de imágenes oníricas y de fuerte inspiración surrealista); pues bien, pese a todo ello, sus poemas esconden un fondo filosófico que elimina todo rastro de esteticismo vacuo y retoricismo gratuito, así como una honda reflexión no solo existencial (sobre las relaciones amorosas y la infidelidad en En la salud y en la enfermedad, sobre las relaciones materno-filiales en Aprendizaje, o sobre el paso del tiempo,  el sexo o la violencia conformando un continuum en Nocturno insecto ) sino también social  (así,  en La prisión delicada, en la que se vuelva de lleno en una poesía ficcional –desmontando  de este modo la “falacia autobiográfica” del género lírico como lo hacían Pessoa o Gil de Biedma- que da voz a distintos personajes y perspectivas del siglo XIX que le sirve para formular una denuncia perfectamente vigente de la desigualdad, sea económica o de género).

Así pues, hay una preocupación evidente por la forma, pero sin renunciar en ningún caso al contenido: una vez más, se demuestra que se demuestra que ambas son dos caras de una misma moneda, pues la complejidad formal no es sino un reflejo de la envergadura conceptual de sus poemas. De hecho, aunque la construcción de las historias que se esconden entre sus estrofas sea oscura y nunca resulte enteramente evidente (más aún si la selección de poemas que se leen se separan del conjunto al que pertenecen), la toma de partido por una poesía narrativa que no renuncie al lirismo, al uso de abundante lenguaje figurado o a  preciosistas descripciones de la naturaleza supone asumir una actitud valiente, tanto por la dificultad que entraña esta tarea de mantener el equilibrio entre lo épico y lo lírico, como porque implica un posicionamiento estético que si por algo sobresale es sobre todo por su vocación minoritaria en el panorama literario contemporáneo.

Tal  vocación no nace, sin embargo, de un impulso  arrogante y elitista, sino del encuentro con un modo de expresión propio y personalísimo al que no se puede renunciar, y que no tiene por qué coincidir (no coincide, de hecho)  con el lenguaje empleado para la escritura de otros géneros: la autora confesó que la novela erótica  que verá la luz este año tendrá un estilo mucho más llano, cristalino, incluso “crudo”.

Y esta osadía lo es por partida doble: también  por lo que comporta de recuperación y vindicación  referentes creativos y patrones estilísticos bastante alejados en el tiempo y que a priori casan muy poco con la sensibilidad artística actual: desde los románticos ingleses (Shelley, Keats, Colleridge) hasta clásicos atemporales como Shakespeare u Ovidio (de  los que se considera devota, algo que explica la abundancia de intertextos del dramaturgo y de la cultura grecolatina). Una actitud, en todo caso, bajo la cual no subyace un afán conservador ni una pretensión puramente mimética de  dichos modelos, sino que implica, por el contrario, la voluntad de desviejarlos y fundirlos de manera natural con el mundo que rodea a su autora y que, como “observadora nata de la realidad”(así se define ella misma), no puede obviar.

 

 

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